Daniel no había dormido bien.
La imagen seguía abierta en la pantalla de su computadora. Había ampliado la fotografía tantas veces que los bordes comenzaban a perder definición, pero el detalle del anillo continuaba siendo visible.
Una piedra oscura, rodeada por un borde plateado.
No era un anillo común. Tenía un diseño particular, una especie de espiral grabada en el metal.
Daniel estaba convencido de haberlo visto antes.
Lo que no lograba recordar era dónde.
Volvió a observar la fotografía completa. Su padre aparecía sentado a la cabecera de la mesa, con una expresión seria. Tomás Beltrán parecía estar explicando algo. Mauricio Ferrer escuchaba con los brazos cruzados, mientras Ernesto Salgado mantenía la mirada fija en una carpeta.
La cuarta persona permanecía fuera del encuadre.
Solo se distinguían una mano y parte de una manga oscura.
Daniel tomó su teléfono y llamó a Julián Ortega.
—Necesito que veas una fotografía.
—¿La que recibiste ayer?
—Sí. Quiero saber si recuerdas esa reunión.
Julián guardó silencio unos segundos.
—Recuerdo que tu padre tuvo varias reuniones con ellos, pero no estuve presente en todas.
—¿Reconoces este anillo?
Daniel le envió la imagen.
Pasaron casi dos minutos antes de que Julián respondiera.
—No puedo asegurarlo por una fotografía, pero el diseño me resulta familiar.
—¿De quién?
—De alguien que frecuentaba la oficina de tu padre. Alguien que tenía acceso a sus documentos y que conocía a tu familia desde hace muchos años.
Daniel sintió que la paciencia comenzaba a abandonarlo.
—Julián, necesito un nombre.
—No quiero darte uno sin estar seguro. Si me equivoco, podría perjudicar a una persona inocente.
Daniel respiró profundamente.
Tenía razón. Su padre le había enseñado a no confundir una sospecha con una certeza, y ahora necesitaba recordar esa lección más que nunca.
—Está bien. Voy a llevarte la fotografía para que la revisemos juntos.
—Hazlo. Y Daniel…
—¿Sí?
—Si el anillo pertenece a la persona que estoy pensando, no será fácil aceptar lo que encontremos.
La llamada terminó.
Daniel permaneció mirando la pantalla.
En aquella historia había demasiadas personas que decían querer a su familia. Lo difícil era descubrir quién había sido sincero y quién había utilizado esa confianza para conseguir algo.
La mujer que comenzaba a sanar
En la hacienda Los Olivos, Isabella había empezado a recuperar algunas de sus antiguas costumbres.
Aquella mañana decidió preparar el desayuno por su cuenta.
No era una gran hazaña culinaria, pero después de varias semanas de dejar que Mercedes la consintiera, quería demostrar que podía volver a ocuparse de las pequeñas cosas de su vida.
El problema comenzó cuando intentó preparar unas tortillas.
—¿Estás segura de que sabes hacerlas? —preguntó Mateo desde la puerta de la cocina.
Isabella lo miró con indignación fingida.
—Por supuesto.
—Porque las de mi abuela son redondas.
—Las mías también serán redondas.
Mateo observó la tortilla que acababa de colocar sobre el comal.
Tenía una forma parecida a un mapa.
—Isabella, creo que acabas de inventar un país.
Ella soltó una carcajada.
—¿Quieres desayunar o vas a seguir criticando mi trabajo?
—Quiero desayunar. Pero prefiero las que tienen forma de tortilla.
Mercedes entró justo a tiempo para escuchar el comentario.
—Mateo, si sigues hablando así, te pondré a hacerlas tú mismo.
El niño se quedó pensativo.
—Abuela, ¿puedo ser el encargado de probarlas?
—Puedes ser el encargado de poner la mesa.
Mateo suspiró como si acabaran de condenarlo a trabajos forzados.
—En esta casa nadie respeta a los empresarios jóvenes.
Isabella se rio y le revolvió el cabello.
—Vamos, director. Necesito ayuda.
Mientras Mateo colocaba los platos, Alejandro apareció en la cocina.
Se detuvo al observar la escena: su madre supervisando el desayuno, su hijo protestando por las responsabilidades domésticas e Isabella riéndose con una naturalidad que no había visto en ella cuando llegó a la hacienda.
Sintió una satisfacción profunda.
No porque creyera que Isabella tenía que quedarse allí para hacer feliz a su familia, sino porque comenzaba a verla recuperar la alegría que la traición le había arrebatado.
—¿Qué sucede aquí? —preguntó.
Mateo señaló el comal.
—Papá, tenemos un problema.
Alejandro observó la tortilla.
—¿Se quemó?
—No. Es que Isabella está intentando enseñarnos geografía.
Isabella le lanzó un paño de cocina.
Alejandro lo esquivó riéndose.
—No te preocupes —le dijo—. La primera vez que intenté preparar algo, Rafael terminó pidiendo comida a domicilio.
—¡Porque casi incendiaste la cocina! —gritó Rafael desde el comedor.
—Eso fue hace muchos años.
—¡Y todavía tengo la fotografía!
Mercedes negó con la cabeza.
—No sé qué voy a hacer con todos ustedes.
—Querernos mucho —respondió Mateo sin dudarlo.
La mujer sonrió y besó a su nieto en la frente.
Isabella contempló aquella familia y sintió una punzada de nostalgia.
Ella también había tenido una mesa llena de voces, bromas y discusiones sin importancia. Su padre solía sentarse en la cabecera y escuchar a todos con paciencia, incluso cuando Camila y Daniel discutían por cosas absurdas.
Durante un instante, el recuerdo le dolió.
Alejandro lo notó.
Cuando Mateo salió a buscar los cubiertos que faltaban, se acercó a Isabella.
—¿Estás bien?
Ella asintió, aunque sus ojos se habían humedecido.
—Extraño a mi padre.
Alejandro no intentó distraerla ni decirle que debía ser fuerte.
Simplemente la abrazó.
—Lo sé.
—A veces siento que, cuanto más descubro de su pasado, más cosas me quedan por preguntarle.