Entre el amor y la hacienda

Capítulo 17: La boda que escondía una verdad

Capítulo 17: La boda que escondía una verdad

Daniel llevaba casi veinte minutos mirando el nombre que aparecía en el expediente.

No quería creerlo.

Había conocido a aquel hombre desde niño. Había compartido con él reuniones familiares, comidas de negocios y celebraciones importantes. Su padre confiaba en él lo suficiente como para permitirle participar en conversaciones delicadas.

Y ahora su nombre aparecía relacionado con una operación que su padre había decidido detener.

Mauricio Ferrer.

El mismo hombre que había sido asesor externo de varias empresas de la familia Valdés y que, después de la muerte del padre de Daniel, había mantenido una relación cordial con ellos.

Daniel recordó que Mauricio había asistido a la fiesta de compromiso de Isabella y Sebastián.

Incluso había brindado por la pareja.

En aquel momento, nadie había encontrado nada extraño en su presencia.

Ahora, aquella imagen le producía una inquietud difícil de explicar.

Daniel volvió a leer el mensaje recibido.

Ahora que sabe quién fue el intermediario, pregúntese por qué Sebastián eligió precisamente a su hermana.

—¿Qué estás haciendo, Mauricio? —murmuró.

No podía acusarlo basándose en un archivo cuya autenticidad aún debía verificarse. Tampoco podía ignorar la advertencia.

Guardó toda la información y llamó a su abogado.

—Necesito que revisemos el expediente completo y que verifiquemos la identidad de quien envió estos documentos. No quiero que nadie contacte a Mauricio hasta que tengamos una estrategia clara.

—Entendido —respondió el abogado—. También recomiendo que revisemos las comunicaciones relacionadas con la propuesta reciente y que confirmemos si hubo alguna utilización no autorizada de información personal.

—Hazlo.

Daniel terminó la llamada y tomó una decisión.

Tenía que hablar con Isabella.

Pero antes necesitaba asegurarse de que su hermana comprendiera que la investigación todavía estaba abierta y que no debía enfrentarse sola a ninguna persona involucrada.

En la Hacienda Los Olivos, Isabella disfrutaba de una mañana tranquila.

Había acompañado a Mercedes al jardín para recoger algunas flores y después había ayudado a Mateo a preparar una pequeña sorpresa para Alejandro.

El niño estaba convencido de que su padre necesitaba aprender a divertirse.

—¿Tú crees que le guste? —preguntó Mateo, mostrando una hoja llena de dibujos.

Isabella observó el papel.

Había dibujado a Alejandro montando un caballo, a Mateo sosteniendo una bandera y a ella misma junto a un árbol. Sobre las tres figuras había escrito:

DÍA OFICIAL DE NO TRABAJAR TANTO.

Isabella se echó a reír.

—Creo que le va a encantar.

—¿Aunque tenga que dejar el despacho?

—Especialmente por eso.

Mateo sonrió satisfecho.

—Entonces necesito que me ayudes con otra cosa.

—¿Con qué?

El niño bajó la voz.

—Quiero que papá vuelva a ser feliz.

La sonrisa de Isabella se desvaneció ligeramente.

—Mateo, tu papá ya tiene muchas cosas que lo hacen feliz. Te tiene a ti, a tu abuela, a tu tía y a toda su familia.

—Sí, pero a veces se queda mirando la fotografía de mi mamá y se pone triste.

Isabella se agachó para quedar a su altura.

—Es normal que la extrañe. Tu mamá fue una persona muy importante para él.

Mateo bajó la mirada.

—¿Y si nunca vuelve a enamorarse?

Isabella le acomodó el cuello de la camisa.

—Eso no significa que no pueda ser feliz. Y si algún día se enamora, tendrá que suceder porque encuentre a alguien a quien quiera de verdad, no porque tenga que hacerlo para que tú estés contento.

Mateo pareció reflexionar.

—¿Como cuando uno comparte sus juguetes porque quiere y no porque lo obligan?

—Exactamente.

El niño asintió con solemnidad.

—Entonces voy a dejar que mi papá decida.

Isabella sonrió.

—Me parece una buena idea.

Mateo la abrazó de repente.

—Pero me gusta cuando estás aquí.

Ella le devolvió el abrazo.

—A mí también me gusta estar aquí contigo.

No le dijo que, poco a poco, la hacienda se estaba convirtiendo en algo más que un refugio temporal.

Era el lugar donde estaba recuperando la confianza, donde podía reír sin sentirse culpable y donde había conocido a un hombre que no intentaba decidir por ella.

Alejandro comenzaba a ocupar un lugar especial en su corazón.

Y, aunque todavía no estaba preparada para llamarlo amor, ya no podía fingir que no sentía nada.

Poco después del mediodía, Daniel volvió a llamar.

—Isabella, necesito hablar contigo de algo importante.

Ella se apartó del jardín para poder escucharlo mejor.

—¿Qué pasó?

—Hemos encontrado una posible conexión entre la propuesta de Grupo Ardentia y un expediente antiguo de nuestro padre. Todavía estamos verificando la autenticidad de algunos documentos, pero aparece el nombre de Mauricio Ferrer.

Isabella frunció el ceño.

—¿Mauricio? ¿El hombre que conocía a papá?

—Sí.

—¿Y qué tiene que ver con Sebastián?

—Eso es precisamente lo que necesitamos averiguar. En los documentos aparece como intermediario en una operación anterior. No tenemos pruebas suficientes para afirmar que haya participado en algo ilegal, pero su nombre está relacionado con la investigación.

Isabella sintió que la inquietud le recorría el cuerpo.

—Mauricio estuvo en mi fiesta de compromiso.

—Lo sé.

—Y Sebastián lo conocía.

Daniel guardó silencio un instante.

—¿Estás segura?

Isabella cerró los ojos mientras intentaba recordar.

—Recuerdo que Sebastián lo saludó con mucha familiaridad. Pensé que se habían conocido por algún negocio, pero nunca le pregunté cómo.

—¿Recuerdas si hablaron a solas?

La memoria de Isabella comenzó a reconstruir escenas que hasta entonces no le habían parecido importantes.

La fiesta de compromiso.




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