Entre el amor y la hacienda

Capítulo extra: Una sorpresa en Los Olivos

Capítulo extra: Una sorpresa en Los Olivos

Habían pasado varios meses desde la boda cuando Mateo decidió que su familia necesitaba una reunión urgente.

La convocó un domingo por la mañana en el comedor principal.

Alejandro llegó primero, todavía con una taza de café en la mano. Isabella apareció unos minutos después y encontró a su hijastro sentado en la cabecera, con una libreta, un lápiz y una expresión de absoluta seriedad.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó ella.

Mateo señaló las sillas.

—Por favor, tomen asiento. Esta reunión es muy importante.

Alejandro se sentó junto a Isabella.

—Te escuchamos, señor presidente.

Mateo abrió la libreta.

—He estado observando a nuestra familia y encontré algunos problemas.

Isabella se llevó una mano a la boca para disimular la risa.

—¿Qué problemas, cariño?

—Primero, papá trabaja demasiado.

Alejandro suspiró.

—Eso ya lo hemos discutido.

—Segundo, Rafael sigue cocinando cosas que no deberían comerse.

Desde la cocina llegó un grito indignado.

—¡Estoy escuchando!

Mateo continuó como si nada.

—Tercero, Isabella todavía no me ha enseñado a hacer su pastel de chocolate.

Isabella levantó las manos.

—Eso tiene solución inmediata.

Mateo sonrió satisfecho y pasó a la siguiente página.

—Y cuarto, creo que necesitamos una mascota.

Alejandro dejó la taza sobre la mesa.

—¿Una mascota?

—Sí. Un perro.

—Mateo, tenemos caballos, vacas, gallinas y otros animales en la hacienda.

El niño lo miró con paciencia.

—Papá, ninguno de ellos puede dormir dentro de mi habitación.

Isabella soltó una carcajada.

—Tiene un argumento bastante sólido.

Alejandro la miró.

—No lo alientes.

—No lo estoy alentando. Estoy reconociendo su capacidad jurídica.

Mateo levantó el lápiz.

—¡Exactamente! Por eso voy a estudiar Derecho.

Alejandro negó con la cabeza, divertido.

—Está bien. Hablaremos de la mascota.

Mateo cerró la libreta con satisfacción.

—Excelente. La reunión ha terminado.

Se levantó, besó a Isabella en la mejilla y salió corriendo hacia el jardín.

Alejandro se volvió hacia su esposa.

—¿Te das cuenta de que ese niño dirige esta casa?

Isabella sonrió.

—No. Ese niño dirige esta hacienda.

Él rio y la abrazó por la cintura.

—¿Y tú? ¿También vas a presentar una lista de exigencias?

Isabella fingió pensarlo.

—Sí. Quiero que tengamos más domingos libres, que cenemos juntos sin hablar de trabajo y que me sigas llevando al arroyo.

Alejandro le besó la frente.

—Acepto todas las condiciones.

—¿Sin negociar?

—Sin negociar.

Ella lo miró con una sonrisa.

—Entonces tengo una última petición.

—¿Cuál?

Isabella tomó su mano y la colocó suavemente sobre su abdomen.

Alejandro frunció el ceño, confundido.

Ella no dijo nada al principio. Solo lo observó, con los ojos brillantes y una sonrisa que temblaba de emoción.

—Alejandro —susurró—, creo que nuestra familia está a punto de crecer.

Él se quedó inmóvil.

Miró la mano que descansaba sobre el abdomen de su esposa y después levantó los ojos hacia ella.

—¿Estás…?

Isabella asintió, con lágrimas de felicidad.

Alejandro soltó una risa entrecortada y la abrazó con cuidado, como si temiera que aquel instante pudiera desaparecer.

—¿De verdad?

—De verdad.

Él apoyó la frente contra la de ella.

—Te amo.

—Yo también te amo.

Alejandro la besó y después volvió a abrazarla.

En ese momento, Mateo apareció en la puerta.

—¿Qué pasó? ¿Por qué están llorando?

Isabella se agachó para quedar a su altura.

—Tenemos algo muy importante que contarte.

Mateo abrió los ojos.

—¿Adoptaremos un perro?

Alejandro soltó una carcajada.

—No exactamente, campeón.

Isabella tomó las manos del niño.

—Vas a tener un hermanito o una hermanita.

Mateo permaneció en silencio.

Miró a Isabella, después a Alejandro y finalmente volvió a mirar el vientre de su madrastra.

—¿Un bebé?

Ella asintió.

Mateo se acercó con cuidado y apoyó la cabeza contra su abdomen.

—Hola, bebé. Soy Mateo. Voy a enseñarte muchas cosas.

Alejandro se arrodilló junto a ellos.

—¿Qué cosas, campeón?

Mateo levantó la cabeza con una sonrisa traviesa.

—Primero, a hacer galletas. Después, a negociar con papá para que nos deje tener un perro.

Isabella rio mientras Alejandro lo abrazaba.

Y en aquella casa, que años atrás había conocido el silencio de la pérdida, volvieron a escucharse risas, planes y sueños.

Porque algunas historias no terminan cuando dos personas se casan.

A veces, apenas comienzan.




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