Entre el amor y la hacienda

Capítulo 9. Una promesa bajo las estrellas

Capítulo 9. Una promesa bajo las estrellas

La noche había caído por completo sobre la Hacienda Los Olivos.

El cielo estaba despejado y las estrellas brillaban con una intensidad que Isabella no recordaba haber visto en la ciudad. Desde el porche de su cabaña, podía escuchar el murmullo del arroyo, el canto lejano de los grillos y, de vez en cuando, el relincho de algún caballo en los establos.

Era una noche hermosa.

Sin embargo, ella apenas había conseguido dormir.

Después de hablar con Alejandro, había regresado al interior de la cabaña y se había quedado sentada en la cama, pensando en todo lo que había ocurrido durante las últimas horas.

No estaba acostumbrada a contar sus problemas. Desde pequeña, había sido la hija que intentaba mantener la calma cuando su madre se preocupaba, la hermana mayor que procuraba resolver las dificultades de Camila y la mujer que siempre parecía tener una respuesta para todo.

Pero aquella tarde, frente a Alejandro, había dejado de fingir.

Había llorado.

Y lo más sorprendente era que no se había sentido débil por hacerlo.

Se había sentido aliviada.

Isabella se levantó, se puso una bata ligera y salió al porche con una taza de té entre las manos.

Miró hacia el cielo.

—¿Qué estoy haciendo? —se preguntó en voz baja.

No se refería a estar en la hacienda. Aquella decisión, a pesar de todas sus dificultades, comenzaba a parecerle acertada.

Se refería a Alejandro.

A la manera en que había escuchado sus palabras sin interrumpirla. A la serenidad con que le había recordado que no era culpable de lo ocurrido. A la forma en que le había preguntado si podía abrazarla antes de acercarse.

Sebastián nunca le había preguntado algo así cuando ella estaba triste.

Al menos, no de aquella manera.

Con él, las conversaciones difíciles terminaban convirtiéndose en discusiones sobre quién tenía la culpa, quién había exagerado o quién debía pedir disculpas primero.

Alejandro no había intentado convencerla de nada.

Solo había estado allí.

Isabella tomó un sorbo de té.

—No te confundas —se advirtió—. Que un hombre sea amable no significa que debas enamorarte de él.

La frase le pareció tan sensata que estuvo a punto de felicitarse.

Hasta que recordó la sonrisa de Alejandro.

Entonces suspiró.

—Definitivamente necesito dormir.

Pero el sueño todavía estaba lejos.

En la casa principal, Alejandro tampoco conseguía descansar.

Mateo dormía profundamente a su lado, abrazado a su caballo de madera. Alejandro lo había llevado a su habitación después de que el niño se quedara dormido, pero en lugar de regresar a su propia cama, permaneció sentado junto a él.

Observaba a su hijo con una mezcla de ternura y preocupación.

Mateo había crecido mucho durante los últimos tres años.

A veces, Alejandro olvidaba que el niño todavía era pequeño. Lo veía correr por los jardines, hacer preguntas interminables y organizar planes para resolver problemas que ni siquiera le correspondían, y por momentos parecía más maduro de lo que debería.

Pero bastaba una conversación como la de aquella noche para recordarle que seguía siendo un niño que extrañaba a su madre y que quería ver feliz a su padre.

Alejandro le acomodó la cobija.

—No tienes que cuidar de mí, campeón —murmuró—. Yo debo cuidar de ti.

Mateo se movió entre sueños.

—Señorita Isabella…

Alejandro se quedó inmóvil.

El niño frunció el ceño mientras dormía y después volvió a relajarse.

Alejandro no pudo evitar sonreír.

—Eres incorregible.

Se levantó con cuidado para no despertarlo y salió de la habitación.

En el corredor se encontró con Mercedes, que llevaba una bata y sostenía un libro entre las manos.

—¿No puedes dormir? —preguntó ella.

—Parece que hoy nadie puede.

Mercedes lo observó atentamente.

—¿Hablaste con Isabella?

Alejandro se apoyó contra la pared.

—Sí.

Su madre cerró el libro.

—¿Y cómo está?

—No muy bien.

Mercedes esperó a que continuara.

—Está pasando por una situación difícil —añadió él—. Su prometido la engañó.

Mercedes abrió los ojos.

—¡Pobre muchacha!

—La encontró con su mejor amiga, en la casa donde iban a vivir después de casarse.

Mercedes se llevó una mano al pecho.

—Eso debe haber sido terrible.

—Lo fue.

La mujer guardó silencio unos segundos.

—¿Te contó todo eso?

—Sí.

Mercedes lo miró con una expresión que él conocía demasiado bien.

—¿Y la escuchaste?

Alejandro frunció el ceño.

—Claro que la escuché, mamá.

—No me refiero a oír sus palabras. Me refiero a escucharla de verdad.

Él soltó una pequeña risa.

—¿Desde cuándo necesitas examinar mis habilidades para conversar?

—Desde que mi hijo lleva tres años creyendo que resolver todos los problemas del mundo es más importante que sentir algo.

Alejandro se enderezó.

—Mamá…

—No voy a decirte que te enamores de Isabella. Ni siquiera te voy a decir que intentes conquistarla.

Él pareció relajarse un poco.

—Qué bueno.

—Pero sí voy a decirte que no huyas de una persona solo porque empieza a importarte.

Alejandro dejó de sonreír.

Mercedes se acercó y le acomodó el cuello de la camisa, un gesto que hacía desde que él era pequeño.

—No sé qué pasará entre ustedes. Tal vez no pase nada. Tal vez se conviertan en buenos amigos. Tal vez la vida tenga otros planes.

Hizo una pausa.

—Lo único que no quiero es que cierres una puerta antes de saber qué hay detrás.

Alejandro miró hacia la ventana del corredor.

—No estoy cerrando ninguna puerta.

Mercedes sonrió.

—Perfecto. Entonces no tendrás inconveniente en invitarla mañana a desayunar con nosotros.

Él la miró de inmediato.

—Eso no tiene nada que ver con lo que acabas de decir.

—Por supuesto que no.




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