La madrugada encontró a Isabella despierta.
Estaba sentada junto a la ventana de la habitación, con el collar que Alejandro le había regalado entre los dedos. Afuera, la hacienda dormía bajo el cielo oscuro, pero dentro de ella las preguntas no dejaban de crecer.
«Era alguien a quien tú llamabas tío».
Las palabras de Clara se repetían una y otra vez en su cabeza.
En su familia había varias personas a las que llamaba tío, aunque no todas compartían su sangre. Había crecido confiando en los amigos de su padre, en los hombres que llegaban a casa para hablar de negocios y en aquellos que la habían cargado en brazos cuando era pequeña.
¿Quién podía haber utilizado su nombre sin su consentimiento?
¿Quién había pedido aquella copia?
¿Y qué sabía Mariana que la había llevado a buscar a Clara?
Isabella se cubrió el rostro con las manos.
—No puedo más —susurró.
—Entonces deja de intentarlo sola.
La voz de Alejandro la hizo levantar la cabeza.
Él estaba en la puerta, con el cabello desordenado y la camisa ligeramente arrugada. Se había despertado al notar que ella ya no estaba a su lado.
Se acercó y se sentó junto a ella.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—No lo sé.
Alejandro tomó su mano.
—Ven a la cama. Necesitas descansar.
—¿Y si mañana descubrimos algo terrible?
—Lo enfrentaremos mañana.
—¿Y si esa persona es alguien a quien quiero?
Alejandro la miró con ternura.
—Entonces tendrás derecho a sentirte traicionada. Tendrás derecho a llorar, a enojarte y a necesitar tiempo. No tienes que decidir ahora qué sentirás por alguien que todavía no sabemos quién es.
Isabella lo contempló durante unos segundos.
—¿Cómo puedes estar tan tranquilo?
Él soltó una pequeña risa sin alegría.
—No estoy tranquilo, Isabella. Estoy asustado. Tengo miedo de lo que podamos descubrir sobre Mariana y de que alguien haya utilizado su muerte para esconder algo. También tengo miedo de que todo esto te lastime más de lo que ya te han lastimado.
Le acarició la mejilla.
—Pero no quiero que confundas mi miedo con una falta de amor.
Isabella se acercó y lo abrazó.
—A veces pienso que no merezco algo tan bonito como lo que estamos construyendo.
Alejandro se apartó apenas para mirarla.
—No vuelvas a decir eso.
—Alejandro…
—Escúchame. No tienes que ganarte el derecho a ser amada. No tienes que demostrar que eres suficientemente fuerte, suficientemente buena ni suficientemente paciente. Te amo porque eres tú. Y si mañana estás triste, voy a quererte igual. Si estás enojada, también. Si necesitas llorar durante horas, me quedaré contigo.
Isabella sintió que las lágrimas volvían a aparecer.
—¿Y si te hago sufrir?
Alejandro sonrió con dulzura.
—Eso es lo que pasa cuando uno ama de verdad. No puede garantizar que nunca sufrirá. Solo puede decidir si vale la pena arriesgarse.
Ella lo besó lentamente.
—Vale la pena —susurró.
—Para mí, sí.
Alejandro la abrazó y la condujo hasta la cama. Isabella se acurrucó contra su pecho, escuchando su respiración mientras él le acariciaba el cabello.
Aquella noche no hubo promesas grandiosas ni declaraciones que pretendieran resolverlo todo.
Solo dos personas que se amaban y que, por primera vez, comprendían que el futuro podía ser incierto sin dejar de ser suyo.
1. El nombre que nadie esperaba
A las nueve de la mañana, Daniel llegó a Los Olivos acompañado del abogado.
Clara había aceptado reunirse con ellos a mediodía, en una sala privada de las oficinas del abogado. La mujer había insistido en que necesitaba entregar ciertos documentos personalmente.
Antes de salir, Alejandro buscó a Isabella en el jardín.
Ella estaba sentada junto a Mateo, ayudándolo a escribir una lista de actividades para el fin de semana.
—¿Ya te vas? —preguntó el niño.
—Tengo que resolver un asunto, campeón.
Mateo miró a Isabella.
—¿Y ella también?
—Sí, pero regresaremos.
El niño dejó el lápiz sobre la mesa.
—¿Es un problema de adultos?
Alejandro sonrió.
—Sí.
Mateo pareció pensarlo.
—Entonces les voy a dar una recomendación.
—Te escuchamos —respondió Isabella.
—No se griten, no se enojen demasiado y no se olviden de comer. Cuando uno tiene hambre, piensa cosas feas.
Daniel, que acababa de salir de la casa, soltó una carcajada.
—Ese consejo debería incluirse en todos los contratos.
Mateo se encogió de hombros.
—Es porque soy inteligente.
Alejandro se arrodilló y lo abrazó.
—Gracias, hijo. Vamos a intentar seguir tus recomendaciones.
Mateo le dio un beso en la mejilla.
—Y tráeme algo rico si pasan por una tienda.
—Eso no estaba en tus recomendaciones.
—Es una cláusula adicional.
Isabella rio y le acarició el cabello.
—Tu contrato está lleno de cláusulas, pequeño abogado.
—Voy a estudiar Derecho cuando sea grande.
Daniel levantó las cejas.
—Entonces algún día tendrás que defender a tu tío Rafael por sus crímenes contra la cocina.
—¡Eso no es un crimen! —protestó Rafael desde la terraza—. ¡Es creatividad!
Las risas llenaron el jardín.
Alejandro observó a su familia durante unos segundos. Después miró a Isabella y le tomó la mano.
—Volveremos pronto.
Ella asintió.
Pero mientras se alejaban de la casa, ambos sabían que estaban a punto de escuchar una verdad que podía cambiar la historia de sus familias.
2. La confesión de Clara
Clara los esperaba en una sala de reuniones.
Era una mujer de unos sesenta años, con el cabello entrecano recogido en un moño y una expresión cansada. En su mano derecha llevaba el anillo de piedra oscura con el diseño en espiral.
Cuando vio entrar a Isabella, se puso de pie.
—Has crecido mucho.