Entre el amor y la hacienda

Capítulo 31: La noche antes de la despedida

Capítulo 31: La noche antes de la despedida

Isabella seguía sosteniendo el teléfono cuando Alejandro entró en la cabaña.

Había ido a buscarla para invitarla a cenar con la familia, pero al verla tan pálida, con la mirada perdida y los dedos temblorosos, comprendió que algo había ocurrido.

—Isabella, ¿qué pasó?

Ella levantó la vista.

—Me llamaron. Una persona que no quiso decirme quién era.

Alejandro se acercó de inmediato, pero no intentó quitarle el teléfono ni exigirle explicaciones.

—¿Estás bien?

Isabella negó con la cabeza.

—Me dijo que dejara de buscar la firma. Después mencionó a mi padre y me preguntó si sabía qué había ocurrido la última noche que mi tío Ricardo estuvo con él.

Alejandro frunció el ceño.

—¿La última noche?

—Sí. Me dijo que le preguntara a Ricardo.

Ella respiró con dificultad, tratando de contener la angustia que comenzaba a dominarla.

—Alejandro, ¿y si mi padre descubrió algo tan grave que puso en peligro su propia seguridad? ¿Y si por eso nunca nos contó todo?

Él le tomó las manos.

—Escúchame. No sabemos quién hizo esa llamada ni si lo que dijo es verdad. No vamos a permitir que una persona desconocida te obligue a sacar conclusiones desde el miedo.

—Pero sabía cosas de mi padre.

—Eso significa que debemos conservar el registro de la llamada y comunicárselo a Daniel y al abogado. No significa que debamos creer todo lo que dijo.

Isabella lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—Estoy cansada de tener miedo.

Alejandro la atrajo suavemente hacia su pecho.

—Entonces descansa un momento. Esta noche no tienes que resolver nada.

Ella se aferró a su camisa y cerró los ojos.

—¿Te puedo pedir algo?

—Lo que quieras.

—Quédate conmigo.

Alejandro le besó la frente.

—No pensaba irme.

Y por primera vez desde aquella llamada, Isabella sintió que podía respirar con tranquilidad.

No porque el peligro hubiera desaparecido, sino porque ya no tenía que enfrentarlo sola.

La investigación y un pequeño desastre doméstico

A la mañana siguiente, Daniel llegó temprano a la hacienda para hablar con Isabella y Alejandro.

Después de escuchar el relato de la llamada, se comunicó con el abogado y le proporcionó los datos disponibles. Acordaron conservar el registro y documentar cualquier nueva comunicación, sin atribuir todavía la amenaza a una persona concreta.

—Tenemos que hablar con Ricardo —dijo Daniel—. Si estuvo con papá la última noche, necesitamos saber de qué hablaron.

—Y también debemos preguntarle por qué nunca mencionó esa conversación —añadió Isabella.

Alejandro asintió.

—Háganlo con el abogado presente. No sabemos si la llamada pretende advertirles de algo real o si busca enfrentarlos entre ustedes.

Daniel miró a Alejandro con aprobación.

—Eso mismo nos dijo el abogado.

En ese momento, Mateo entró corriendo al comedor con una hoja de papel en la mano.

—¡Reunión urgente!

Los tres adultos se volvieron hacia él.

—¿Qué pasó ahora? —preguntó Alejandro, preocupado.

Mateo colocó la hoja sobre la mesa con una solemnidad extraordinaria.

—He preparado un plan para solucionar los problemas de la familia.

Daniel arqueó una ceja.

—¿Y cuál es tu plan, licenciado?

El niño se irguió, orgulloso.

—Primero, todos deben desayunar. Segundo, nadie puede discutir antes de tomar chocolate. Tercero, si alguien está triste, debe recibir un abrazo. Y cuarto…

Mateo hizo una pausa dramática.

—¡Todos deben dejar de guardar secretos!

Isabella soltó una carcajada.

—Ese último punto va a ser complicado.

—Pues entonces habrá castigos —respondió Mateo.

Alejandro cruzó los brazos.

—¿Castigos de qué clase?

Mateo consultó su libreta.

—El que guarde secretos tendrá que lavar los platos durante una semana.

Daniel se llevó una mano a la boca para disimular la risa.

—Mateo, eso podría arruinar familias enteras.

—Entonces que digan la verdad.

—Tu hijo tiene una capacidad de negociación impresionante —comentó Isabella.

—No sabes cuánto —respondió Alejandro—. Ayer me pidió un caballo nuevo y me dijo que, si se lo compraba, dejaría de preguntarme cuándo iba a casarme contigo.

Isabella abrió los ojos.

—¿Qué?

Mateo se puso rojo.

—¡Papá! ¡Eso era confidencial!

Daniel soltó una carcajada.

—¡Tenemos un chantajista de siete años!

—No soy chantajista —protestó Mateo—. Soy un negociador.

Alejandro se inclinó para quedar a la altura de su hijo.

—A ver, señor negociador. ¿Qué tal si primero aprendemos a cuidar los caballos que ya tenemos?

Mateo meditó la propuesta.

—¿Y si cuido a los caballos y me compras una bicicleta?

—Eso podemos hablarlo.

—¡Trato hecho!

Mateo extendió la mano y Alejandro se la estrechó.

Isabella los observó con una sonrisa. Aquel niño tenía una habilidad extraordinaria para convertir una mañana difícil en una comedia familiar.

Y, sin saberlo, acababa de recordarle algo importante: la vida no tenía que detenerse mientras los adultos buscaban respuestas.

La verdad de Ricardo

Esa tarde, Ricardo llegó a la hacienda acompañado de su abogado.

Daniel y el abogado de la familia los recibieron en una sala privada. Isabella decidió participar, mientras Alejandro permanecía cerca por si ella necesitaba apoyo.

Ricardo parecía haber envejecido varios años desde su última visita.

—Antes de que empiecen a preguntarme —dijo—, quiero explicarles algo.

Daniel tomó asiento.

—Te escuchamos.

Ricardo miró a Isabella.

—La última noche que vi a tu padre, discutimos.

Ella sintió que se le encogía el corazón.

—¿Por qué?

—Por la operación comercial. Yo creía que todavía podía salvarse. Tu padre había encontrado inconsistencias y estaba convencido de que alguien había utilizado información de tu familia sin autorización.




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