Entre el amor y la hacienda

Capítulo 4. La desconocida de la hacienda

Capítulo 4. La desconocida de la hacienda

Alejandro Montenegro tenía una regla muy sencilla para las cenas familiares: comer, escuchar las conversaciones necesarias y regresar al trabajo antes de que su madre encontrara una razón para hablar de su vida sentimental.

Era una regla que había funcionado razonablemente bien durante los últimos años.

Hasta aquella noche.

Porque cuando entró al comedor y descubrió a una desconocida sentada junto a su madre, con una sonrisa amable y una flor amarilla colocada en un pequeño vaso frente a ella, supo que algo estaba a punto de complicarse.

No porque la joven tuviera algo de particular.

Eso se dijo.

Era simplemente una huésped de las cabañas. Una mujer que había llegado a la propiedad para descansar y que, por cortesía, había aceptado la invitación de su familia.

Nada más.

—Alejandro, ella es Isabella Valdés —anunció Mercedes—. La joven que se quedará en la cabaña del arroyo.

—Mucho gusto —dijo Isabella.

—Igualmente.

Alejandro tomó asiento frente a ella.

Mateo, que llevaba varios minutos esperando aquel momento, miró de uno a otro.

Después sonrió.

Su papá estaba sentado frente a una mujer bonita.

La mujer bonita parecía simpática.

Y ninguno de los dos había salido corriendo.

Para Mateo, aquello era un comienzo prometedor.

—¿Y a qué te dedicas, Isabella? —preguntó Rafael mientras comenzaban a servir la cena.

—Tengo una pequeña participación en un negocio familiar, aunque últimamente he estado pensando en dedicarme a algo diferente.

—¿Qué clase de negocio? —preguntó Mercedes.

—Mi familia tiene inversiones en varias empresas. Mi hermano se encarga de la mayor parte de la administración, pero yo también participo en algunos proyectos.

Alejandro levantó brevemente la mirada.

—Entonces vienes de la ciudad.

—Sí.

—¿Y qué te trae por estos rumbos?

La pregunta fue directa, pero no particularmente amable.

Lucía le lanzó una mirada de advertencia a su hermano.

Isabella, en cambio, no pareció molestarse.

—Necesitaba un cambio de escenario.

—¿Un cambio de escenario?

—Sí. En ocasiones una persona pasa tanto tiempo viviendo como se supone que debe vivir que termina olvidando preguntarse qué quiere realmente.

La mesa quedó en silencio durante un instante.

Alejandro dejó los cubiertos sobre el plato.

Aquella respuesta le resultaba demasiado familiar.

—¿Y esperas encontrar la respuesta en una cabaña? —preguntó.

Isabella sostuvo su mirada.

—No lo sé. Pero creo que es un buen lugar para empezar.

Algo en su manera de hablar le llamó la atención.

No sonaba como una mujer que estuviera huyendo de una obligación.

Sonaba como alguien que había llegado al límite de su paciencia y, finalmente, había decidido escucharse.

Alejandro conocía aquella clase de cansancio.

Lo había visto en el espejo más veces de las que estaba dispuesto a admitir.

—Espero que encuentres lo que buscas —dijo.

Isabella sonrió.

—Gracias.

Mercedes observó a su hijo con discreta satisfacción.

Había conseguido formular una frase amable sin mencionar el trabajo, los proveedores ni el estado de los potreros.

Quizá todavía había esperanza.

Entonces Mateo decidió intervenir.

—Isabella, ¿te gustan los caballos?

—Muchísimo.

—¿Sabes montar?

—Un poco.

—¿Un poco cuánto?

Isabella se rio.

—Lo suficiente para no caerme inmediatamente.

—¡Eso es bueno! Mi papá sabe montar muy bien. Puede montar caballos que dan miedo.

Alejandro frunció el ceño.

—Los caballos no dan miedo.

—El colorado sí.

—El colorado no da miedo.

—La semana pasada te tiró el sombrero.

Rafael comenzó a reír.

Lucía se tapó la boca con la servilleta.

Isabella miró a Alejandro, intentando conservar la compostura.

—¿Te tiró el sombrero?

—El caballo se asustó con una rama —respondió él, con absoluta dignidad.

Mateo negó enérgicamente.

—No. Papá estaba presumiendo y el colorado no le creyó.

Esta vez, Isabella no pudo contener la carcajada.

Y lo peor para Alejandro fue que su madre también se rio.

—Me alegra saber que el caballo tiene criterio —comentó Rafael.

Alejandro le lanzó una mirada poco amistosa.

—Disfruta la cena mientras puedas.

—¿Eso es una amenaza?

—Es una promesa.

La mesa estalló en risas.

Incluso Alejandro terminó sonriendo, aunque intentó ocultarlo mientras bebía agua.

Isabella lo notó.

Y aquella sonrisa breve, casi involuntaria, hizo que su expresión se suavizara.

Por primera vez desde su llegada, Alejandro no parecía un hombre que estuviera contando los minutos para marcharse.

La cena continuó entre anécdotas de la hacienda, historias de la infancia de Alejandro y comentarios de Mateo que, de alguna manera, siempre conseguían devolver la conversación a los caballos.

Isabella escuchaba con interés.

No estaba acostumbrada a una familia que se interrumpiera tanto y se riera todavía más.

En su casa también había cariño, pero las conversaciones solían girar alrededor de proyectos, compromisos y responsabilidades. Allí, en cambio, parecía que nadie necesitaba demostrar nada.

Podían burlarse unos de otros sin que aquello se convirtiera en una ofensa.

Podían hablar de sus errores.

Podían reconocer que se habían equivocado.

Y, sobre todo, podían estar juntos sin convertir cada minuto en una oportunidad para hablar de negocios.

Aquello le gustó.

Mucho más de lo que esperaba.

—¿Y tú, Alejandro? —preguntó de pronto, volviéndose hacia él—. ¿Siempre has vivido aquí?

Él dejó el vaso sobre la mesa.

—Prácticamente. Estudié administración agropecuaria en la ciudad, pero regresé cuando mi padre comenzó a necesitar ayuda con la hacienda.

—¿Te gusta?




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