Entre el amor y la hacienda

Capítulo 21: El apellido que nadie quería mencionar

Capítulo 21: El apellido que nadie quería mencionar

Verónica Salgado había aprendido desde niña que los secretos familiares no se discutían fuera de casa.

Su padre, don Ernesto Salgado, era un hombre de carácter severo, acostumbrado a que sus decisiones no fueran cuestionadas. Durante años había dirigido negocios con la misma seguridad con la que administraba su hogar: establecía las reglas y esperaba que todos las obedecieran.

Verónica nunca había tenido motivos para dudar de él.

Hasta aquella noche.

Sentada en su automóvil, volvió a leer la carta que Mauricio Ferrer le había entregado.

Si los Valdés descubren quién autorizó el primer movimiento, no será Mauricio el único que tendrá que responder.

No había firma. Tampoco una fecha que permitiera establecer cuándo se había escrito.

Sin embargo, el nombre de su padre aparecía claramente en el párrafo anterior.

Verónica sintió que las manos le temblaban.

¿Era posible que Ernesto hubiera participado en la operación que el padre de Isabella se negó a continuar? ¿Y por qué Mauricio conservaba aquella carta?

Había demasiadas preguntas y ninguna respuesta segura.

Lo más inquietante era que, hasta hacía unos días, su principal preocupación había sido Isabella Valdés.

La mujer que había llegado a la Hacienda Los Olivos y, sin proponérselo, había despertado en Alejandro Montenegro una alegría que Verónica llevaba años intentando conseguir.

Ella había creído que Isabella era una amenaza para sus planes sentimentales.

Ahora comenzaba a comprender que podía ser también la pieza central de una historia empresarial que había comenzado mucho antes de su llegada a la hacienda.

Sacó el teléfono y llamó a su padre.

—¿Verónica? —respondió Ernesto después del segundo tono—. Es tarde. ¿Sucede algo?

—Necesito preguntarte sobre una operación empresarial de hace varios años.

Hubo una pausa.

—¿De qué operación hablas?

—De una relacionada con la familia Valdés. Aparece el nombre de Mauricio Ferrer y una sociedad llamada Arrendia.

El silencio que siguió fue demasiado prolongado.

—¿Quién te habló de eso? —preguntó finalmente Ernesto.

Verónica sintió un escalofrío.

—Entonces sabes de qué estoy hablando.

—No he dicho eso.

—Papá, tengo una carta.

—¿Qué carta?

—Una que menciona tu nombre y advierte que podrías tener que responder por una autorización relacionada con aquella operación.

La voz de Ernesto se volvió fría.

—No vuelvas a hablar de ese asunto por teléfono.

—¿Por qué?

—Porque no sabes lo que tienes entre manos.

—Precisamente por eso estoy preguntando.

—Verónica, escucha bien. No hagas preguntas a Mauricio y no entregues ningún documento a los Valdés.

Ella apretó el teléfono.

—¿Por qué tendría que obedecerte si no quieres explicarme nada?

—Porque soy tu padre y estoy tratando de protegerte.

Verónica cerró los ojos.

Toda su vida había escuchado aquella frase cada vez que Ernesto quería terminar una conversación incómoda.

Pero esta vez no estaba dispuesta a aceptar una respuesta vacía.

—¿Protegerme de qué?

Su padre tardó unos segundos en contestar.

—De las consecuencias de involucrarte en un asunto que no comprendes.

La llamada terminó poco después.

Verónica permaneció inmóvil.

Por primera vez, no sabía si su padre intentaba protegerla o impedir que descubriera algo que podía comprometerlo.

En la Hacienda Los Olivos, Isabella regresó de la ciudad con la cabeza llena de preguntas.

El viaje había sido agotador. La carta de su padre le había removido recuerdos que creía tener bajo control, y la llamada amenazante recibida por Daniel había confirmado que alguien no quería que la investigación avanzara.

Alejandro condujo en silencio durante buena parte del trayecto.

No porque no quisiera hablar con ella, sino porque había comprendido que algunas preocupaciones necesitaban espacio antes de convertirse en palabras.

Cuando llegaron, Mateo salió corriendo de la casa.

—¡Isabella!

Ella apenas tuvo tiempo de abrir la puerta antes de que el niño la abrazara.

—¡Volviste!

Isabella sonrió y se agachó para abrazarlo.

—Te dije que volvería.

—Sí, pero los adultos dicen muchas cosas. Por eso yo prefiero comprobarlas.

Alejandro cerró la puerta del automóvil.

—¿Quién te enseñó a desconfiar de los adultos?

Mateo lo miró con seriedad.

—Tú. Siempre me dices que revise dos veces si cerré la puerta del establo.

—Eso es diferente.

—No veo la diferencia.

Isabella soltó una carcajada.

La espontaneidad del niño consiguió aliviar, aunque fuera un poco, la tensión que había acumulado durante el día.

Mercedes apareció en el pórtico.

—Bienvenida, hija. ¿Cómo salió todo?

Isabella se acercó para abrazarla.

—Encontramos una carta de mi padre. Hay información importante, pero todavía no sabemos qué significa.

Mercedes le sostuvo las manos.

—Entonces tendrás que tener paciencia.

—Eso me han dicho todos hoy.

—Porque todos tenemos razón —intervino Lucía, que acababa de salir al jardín—. Es una costumbre familiar muy molesta.

Rafael apareció detrás de ella con una bandeja.

—Yo nunca tengo razón. Por eso nadie me exige paciencia.

Lucía lo miró.

—Tú tienes razón cuando se trata de preparar la carne asada.

—Y de elegir caballos.

—Una vez compraste uno que no quería entrar al establo.

—Era independiente.

Mateo abrió mucho los ojos.

—¿Un caballo independiente? ¡Yo quiero uno!

Las risas se extendieron por el pórtico.

Isabella observó a aquella familia y sintió un agradecimiento que le costaba expresar.

No le exigían que estuviera alegre todo el tiempo. No le pedían explicaciones por cada silencio. Le permitían formar parte de sus conversaciones incluso cuando su mente estaba lejos.




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