Daniel no llamó inmediatamente a su hermana.
Se quedó mirando el correo electrónico, tratando de distinguir entre lo que sabía y lo que apenas comenzaba a sospechar.
La boda no era el objetivo final. Era la forma de conseguir acceso.
Aquella frase podía significar muchas cosas. Quizá era una advertencia de alguien que realmente quería ayudarlos. Quizá era una estrategia para confundirlos. También podía ser un intento deliberado de enfrentar a la familia contra Sebastián sin aportar pruebas suficientes.
Daniel había aprendido de su padre que una sospecha no debía convertirse en una acusación por el simple hecho de parecer convincente.
Abrió una carpeta y guardó el correo junto con los demás mensajes. Después llamó a su abogado.
—Necesito que verifiquemos la procedencia de este correo y que revisemos la documentación relacionada con Sebastián Robles. Hay una coincidencia entre su nombre y una sociedad que aparece en el expediente antiguo.
—¿Tenemos evidencia de que él haya utilizado esa sociedad para realizar alguna operación?
—Todavía no. Tenemos referencias documentales que deben verificarse.
—Entonces debemos proceder con cautela.
—De acuerdo. También quiero que revisemos si hubo algún intento de utilizar los datos personales de mi hermana.
Cuando terminó la llamada, Daniel se quedó pensando en Isabella.
Recordaba la ilusión con la que había hablado de su boda. La manera en que le enseñaba fotografías de la casa que compartiría con Sebastián y las discusiones sobre los muebles, los colores de las paredes y el jardín.
Daniel había visto a su hermana feliz.
Nunca imaginó que detrás de aquella felicidad pudiera esconderse una situación que ahora amenazaba con extenderse a toda la familia.
Tomó el teléfono y finalmente la llamó.
Isabella estaba ayudando a Mercedes a preparar unas galletas cuando escuchó el timbre de su celular.
—Es mi hermano —dijo, mirando la pantalla.
Mercedes dejó la bandeja sobre la mesa.
—Contesta, hija. Yo puedo terminar esto.
Isabella se limpió las manos y respondió.
—Hola, Daniel.
—Necesito contarte algo, pero quiero que me escuches con calma.
El tono de su hermano le provocó un nudo en el estómago.
—¿Qué pasó?
Daniel le explicó que había recibido un correo anónimo que afirmaba que la boda había sido una forma de conseguir acceso a determinados asuntos familiares. También le contó que el nombre de Sebastián aparecía en documentación relacionada con una sociedad vinculada a una operación antigua.
Isabella permaneció en silencio.
—¿Eso significa que Sebastián se acercó a mí por los negocios de la familia? —preguntó finalmente.
—No podemos afirmarlo todavía. Necesitamos comprobar si los documentos son auténticos, cuál fue su participación y si existió alguna operación concreta.
—Pero su nombre aparece en esos papeles.
—Sí. Y por eso estamos investigando.
Isabella cerró los ojos.
Una parte de ella quería creer que todo aquello era un error. Que Sebastián había sido un hombre infiel, egoísta y cobarde, pero que al menos había sentido algo verdadero por ella.
Otra parte comenzaba a recordar ciertas conversaciones que, vistas desde aquella nueva perspectiva, parecían tener un significado distinto.
—Daniel, ¿recuerdas cuando te presenté a Sebastián? —preguntó.
—Claro.
—¿Te pareció interesado en los negocios de nuestra familia?
Su hermano reflexionó antes de responder.
—Hizo algunas preguntas sobre las empresas, pero no me pareció extraordinario. Mucha gente pregunta por el trabajo de los demás cuando conoce a una familia. En ese momento no tenía razones para desconfiar.
Isabella apretó los labios.
—Yo tampoco.
—No te culpes por eso, Isa. Todavía no sabemos qué ocurrió realmente.
—Lo sé, pero siento que cada día descubro una mentira nueva.
Daniel suavizó la voz.
—Por eso necesitamos separar los hechos de las sospechas. No voy a permitir que nadie te presione para que aceptes una versión sin pruebas, ni siquiera yo.
Isabella sonrió con tristeza.
—Gracias.
—Te mantendré informada. Y si recuerdas alguna conversación relacionada con documentos, inversiones o personas que Sebastián quisiera presentarte, anótala. No necesitas sacar conclusiones; solo ayúdanos a reconstruir lo que sucedió.
—Está bien.
Cuando terminó la llamada, Isabella se quedó mirando la mesa.
Mercedes se acercó y le acarició el hombro.
—¿Quieres contarme?
Isabella le explicó lo que Daniel había descubierto.
Mercedes la escuchó sin interrumpirla.
—No puedo imaginar lo doloroso que debe ser para ti —dijo cuando terminó—. Pero quiero que recuerdes algo: no tienes que resolver hoy todas las preguntas de tu vida.
Isabella respiró profundamente.
—Me cuesta dejar de pensar en ello.
—Es natural. Pero también necesitas descansar, comer y permitirte disfrutar de los momentos buenos.
Mercedes señaló la bandeja.
—Por ejemplo, estas galletas necesitan una persona que las pruebe.
Isabella soltó una pequeña carcajada.
—¿Esa es tu estrategia para distraerme?
—Es mi estrategia para evitar que se quemen. No confundas las cosas.
Isabella tomó una galleta y sonrió.
Por unos minutos, el aroma a mantequilla y canela consiguió desplazar las preguntas que le daban vueltas en la cabeza.
Y Mercedes, sin decirlo, se alegró de verla sonreír.
A la mañana siguiente, Alejandro encontró a Isabella junto al arroyo.
Ella había llevado una libreta y estaba escribiendo una lista.
—¿Una nueva lista de objetivos? —preguntó él.
Isabella levantó la mirada.
—Algo parecido.
Alejandro se sentó a su lado.
—¿Puedo preguntar qué estás escribiendo?
Ella le mostró la página.
Había anotado varias cosas:
Recuperar mi tranquilidad.