Entre el amor y la hacienda

Capítulo 11. Los celos de un desconocido

Capítulo 11. Los celos de un desconocido

Sebastián Robles no había dormido bien.

Desde que abandonó la Hacienda Los Olivos, la imagen de Isabella entre los brazos de aquel hombre se repetía en su cabeza como una escena que no podía dejar de mirar.

No sabía quién era exactamente Alejandro Montenegro, pero había comprendido algo que le desagradaba profundamente: Isabella no estaba tan sola como él había imaginado.

Y eso complicaba sus planes.

Durante las últimas semanas, Sebastián había intentado convencerse de que la cancelación de la boda era una reacción impulsiva. Estaba seguro de que Isabella terminaría extrañándolo, que recordaría los viajes, los regalos, los planes de matrimonio y todos los años que habían compartido.

Después de todo, se decía, ninguna mujer abandonaba una relación tan importante por un solo error.

El problema era que Sebastián seguía llamando error a lo que había hecho.

No a la traición.

No a la humillación.

No a la manera en que había destruido la confianza de una mujer que estaba a punto de convertirse en su esposa.

Para él, el verdadero problema era que Isabella se había marchado sin darle la oportunidad de arreglarlo.

Y ahora había otro hombre.

Un hombre que la escuchaba, la acompañaba y, por lo que había visto, tenía suficiente dinero y poder para ofrecerle una vida cómoda.

Sebastián apretó los dientes.

—No voy a perderla por un ranchero.

Tomó el teléfono y abrió la conversación con Isabella.

Escribió:

Tenemos que hablar. No puedes seguir escondiéndote detrás de ese hombre.

Se quedó mirando el mensaje.

Después lo envió.

Durante varios minutos esperó una respuesta.

No llegó ninguna.

Sebastián arrojó el teléfono sobre el asiento del automóvil.

—Muy bien, Isabella. Si quieres jugar a esto, jugaremos.

Pero ignoraba que, mientras él planeaba su siguiente movimiento, Isabella estaba comenzando a recuperar algo que había perdido mucho antes de descubrir la infidelidad.

Su propia voz.

Aquella mañana, Isabella despertó con una sensación extraña.

No era exactamente tranquilidad, pero tampoco era el miedo que la había acompañado durante las últimas horas.

Se levantó, abrió las cortinas y dejó entrar la luz del sol.

La hacienda seguía allí.

El arroyo continuaba murmurando entre las piedras. Los árboles se movían suavemente con el viento y, a lo lejos, podía escuchar a los trabajadores comenzando sus labores.

La vida seguía adelante.

Y ella también quería hacerlo.

Tomó su teléfono de la mesita de noche.

Había un nuevo mensaje de Sebastián.

Lo leyó una vez y sintió que el estómago se le contraía.

Tenemos que hablar. No puedes seguir escondiéndote detrás de ese hombre.

Isabella dejó el teléfono sobre la cama.

Por un instante, regresó mentalmente a la casa donde había descubierto la traición. Recordó las risas que había escuchado desde el pasillo, la puerta entreabierta y la expresión de Sebastián cuando la vio aparecer.

Recordó a Patricia intentando cubrirse con las sábanas.

Y recordó la sensación de que todo lo que había planeado se derrumbaba en cuestión de segundos.

Pero aquella vez no permitió que el recuerdo la dominara.

Se sentó en la cama, respiró profundamente y volvió a tomar el teléfono.

Escribió una respuesta.

Sebastián, nuestra relación terminó cuando decidí cancelar la boda. No quiero que vengas a buscarme ni que sigas contactándome. Te pido que respetes mi decisión. Si necesitas resolver algún asunto relacionado con la boda o nuestras pertenencias, podemos hacerlo por un medio adecuado y sin encuentros personales.

Leyó el mensaje varias veces.

No había insultos.

No había explicaciones interminables.

Tampoco había una puerta abierta para que él volviera a discutir lo ocurrido.

Era claro.

Era firme.

Y era suyo.

Lo envió.

Después guardó una copia del mensaje y tomó capturas de pantalla de las conversaciones anteriores.

Lucía le había sugerido que conservara los mensajes, especialmente porque Sebastián había anunciado que iría a buscarla.

Isabella no sabía si tendría que tomar otras medidas, pero ya no quería minimizar lo que estaba sucediendo.

No quería esperar a que la situación empeorara para reconocer que tenía derecho a poner límites.

Dejó el teléfono sobre la mesa y se dirigió al baño.

Mientras se preparaba para salir, sintió algo parecido al orgullo.

Por primera vez desde la cancelación de la boda, había hecho algo sin preguntarse si Sebastián estaría de acuerdo.

Y, aunque todavía tenía miedo, se sentía un poco más fuerte.

En la casa principal, Mateo estaba sentado frente a un plato de fruta, observando a su padre con una atención sospechosa.

Alejandro leía unos documentos mientras desayunaba.

El niño lo estudió durante casi un minuto antes de hablar.

—Papá.

—¿Qué pasó?

—¿Te gusta la señorita Isabella?

Alejandro levantó la vista lentamente.

—Buenos días para ti también.

—Ya te dije buenos días.

—Entonces puedes desayunar tranquilo.

Mateo frunció el ceño.

—No me respondiste.

Alejandro dejó los documentos a un lado.

—Mateo, ya hemos hablado de esto.

—Sí, pero ahora hay un problema nuevo.

Alejandro se enderezó.

—¿Qué problema?

El niño se inclinó sobre la mesa y bajó la voz.

—El hombre que vino ayer.

La expresión de Alejandro cambió.

—¿Quién te habló de él?

—Escuché a la tía Lucía hablando con la abuela. Dijeron que era el antiguo prometido de la señorita Isabella.

Alejandro guardó silencio.

—¿Es malo? —preguntó Mateo.

—No conozco lo suficiente a ese hombre para decirte cómo es.

—Pero hizo llorar a Isabella.

Alejandro suspiró.

—Eso es lo que sabemos. Y también sabemos que ella no quiere verlo.




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