Isabella permaneció inmóvil frente a la ventana de la cabaña, con el teléfono apretado entre los dedos y la fotografía abierta en la pantalla.
El anillo.
No podía equivocarse. Había visto aquella pieza de plata durante años, en reuniones familiares, cumpleaños y comidas de domingo. La piedra oscura y el grabado en espiral eran inconfundibles.
Pertenecía a alguien que había formado parte de su vida desde que era niña.
Alguien a quien había abrazado.
Alguien en quien había confiado.
Y ahora un desconocido pretendía convencerla de que esa persona podía estar relacionada con los secretos que su padre se había llevado a la tumba.
El teléfono volvió a sonar. Era Daniel.
—Isabella, ¿qué pasó? Me llamaste dos veces.
—Necesito que vengas a la hacienda.
—¿Estás bien?
—No lo sé.
La sinceridad de su respuesta hizo que su hermano guardara silencio.
—¿Qué ocurrió?
—Me enviaron una fotografía de papá. Aparece con Tomás y Arturo, pero hay alguien más en la imagen. Una persona que no habíamos visto antes.
—¿La tienes guardada?
—Sí. También me enviaron un mensaje sobre Alejandro y su familia.
Daniel tardó un instante en responder.
—¿Qué dice exactamente?
Isabella leyó el mensaje en voz alta.
Pregúntale a Alejandro Montenegro qué hacía su familia en aquella oficina.
—No le contestes al remitente —ordenó Daniel—. No borres nada y no compartas la fotografía con nadie hasta que podamos examinarla.
—Daniel, hay algo más. Reconozco el anillo de la persona que aparece al fondo.
—¿De quién es?
Isabella cerró los ojos.
—Todavía no quiero decirlo por teléfono.
—Está bien. Voy para allá con el abogado.
—Daniel…
—¿Qué?
—No quiero que esto destruya lo que estoy construyendo con Alejandro.
Su hermano suspiró.
—Entonces no permitas que un mensaje anónimo decida por ti. Pero tampoco ignores una pregunta legítima por miedo a la respuesta. Habla con él, escucha lo que tenga que decir y deja que los hechos nos ayuden a entender lo ocurrido.
Isabella agradeció que Daniel no intentara convencerla de desconfiar ni le pidiera que creyera ciegamente.
—Está bien. Voy a hablar con él.
—Y una cosa más, Isa.
—Dime.
—No estás obligada a resolverlo todo esta noche.
Cuando colgó, Isabella se quedó mirando la fotografía.
Había pasado demasiado tiempo intentando encontrar una explicación a la traición de Sebastián, a la firma sospechosa y a los documentos que alguien había utilizado sin su consentimiento. No quería volver a vivir atrapada en el miedo.
Pero tampoco podía fingir que aquel mensaje no existía.
Sobre la mesa estaba el pequeño cuaderno que Mateo le había prestado durante el picnic. Se lo había llevado para copiar algunas de las ocurrencias del niño y devolvérselo al día siguiente.
En una página había escrito una frase con su letra irregular:
Dejar que el amor haga su trabajo sin meter las manos demasiado.
Isabella acarició el papel con una sonrisa triste.
—Ojalá los adultos supiéramos hacerlo, Mateo.
Guardó el cuaderno en su bolso y salió de la cabaña.
Tenía que hablar con Alejandro.
Y quería hacerlo antes de que el miedo comenzara a responder por él.
1. Una conversación pendiente
Alejandro estaba en su despacho cuando escuchó que llamaban a la puerta.
—Adelante.
Isabella entró sin su sonrisa habitual.
Él lo notó de inmediato.
—¿Qué sucede?
Ella cerró la puerta con cuidado.
—Necesito preguntarte algo y quiero que me respondas con sinceridad.
Alejandro dejó los documentos que estaba revisando.
—Por supuesto.
Isabella se acercó al escritorio y colocó el teléfono frente a él.
—¿Reconoces esta fotografía?
Alejandro la observó.
Al principio no pareció comprender qué debía mirar. Después, su expresión cambió ligeramente.
Isabella sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.
—¿Conoces a alguno de los hombres que aparecen ahí?
—A Tomás Beltrán lo he visto en reuniones empresariales. A Arturo Mendoza lo conozco de nombre, aunque no tengo una relación cercana con él.
—¿Y la oficina?
Alejandro examinó la imagen con más atención.
—No puedo asegurarlo, pero se parece al antiguo despacho de una empresa con la que trabajó mi padre.
Isabella se quedó sin palabras.
—¿Tu padre?
—Sí. Mi padre tenía negocios antes de que yo me hiciera cargo de la hacienda. Algunas operaciones se llevaban desde una oficina en la ciudad.
—¿Y conoció a mi padre?
Alejandro levantó la mirada.
—Es posible. Mi padre falleció hace varios años y no conozco todos los detalles de sus antiguos negocios. Pero no recuerdo que me hablara de una relación cercana con él.
Isabella sintió una mezcla de alivio y temor.
Alejandro no había negado la posibilidad. Tampoco había intentado apartar la fotografía ni cambiar de tema.
—Me enviaron esto hace unos minutos —explicó ella—. También me dijeron que te preguntara qué hacía tu familia en esa oficina.
Alejandro volvió a mirar la imagen.
—¿Quién te lo envió?
—Un número desconocido.
—¿Tienes otros mensajes?
Isabella asintió y le mostró la conversación.
Alejandro leyó cada palabra en silencio.
Cuando llegó al último mensaje, su mandíbula se tensó.
—Esto parece una provocación.
—Puede serlo. Pero la fotografía es real, y hay alguien ahí cuyo anillo reconozco.
—¿Quién?
Isabella respiró profundamente.
—Todavía necesito confirmar algo antes de decírtelo.
Alejandro apartó el teléfono y la miró a los ojos.
—Está bien.
Ella esperaba preguntas, quizá molestia por haberle ocultado el nombre. Sin embargo, él no insistió.
—¿No quieres saber quién es? —preguntó.
—Claro que quiero saberlo. Pero entiendo que necesitas estar segura. Y si esa persona está relacionada con tu familia, tienes derecho a ordenar tus ideas antes de hablar.