Entre el amor y la hacienda

Capítulo 23: La persona que todos conocían

Capítulo 23: La persona que todos conocían

La lluvia comenzó a caer sobre la ciudad justo cuando Daniel Valdés recibió el mensaje de Julián Ortega.

No era largo, pero bastó para que sintiera un escalofrío.

«Daniel, hay algo más que debes saber. La firma que aparece en la última hoja pertenece a alguien que tu padre consideraba de absoluta confianza. No quise decírtelo por teléfono. Necesito hablar contigo antes de que tu hermana se entere».

Daniel leyó el mensaje tres veces.

Su hermana.

Isabella.

Aquella investigación había comenzado con las sospechas sobre Sebastián, el hombre que estuvo a punto de convertirse en su cuñado. Después aparecieron Mauricio Ferrer, los documentos de una operación antigua y el nombre de Ernesto Salgado. Ahora parecía que el pasado de su padre guardaba algo todavía más doloroso: la posibilidad de que alguien cercano a la familia hubiera participado en aquella operación.

Daniel tomó su teléfono y llamó al abogado que estaba revisando los documentos.

—Necesito que organicemos otra reunión con Julián. Hay una página que todavía no nos ha entregado.

—¿Te dijo qué contiene?

—No. Pero me advirtió que el nombre que aparece ahí puede cambiar lo que sabemos hasta ahora.

—Daniel, quiero que tengas presente algo —respondió el abogado—. Una firma no demuestra por sí sola que una persona haya cometido una irregularidad. Tenemos que comprobar su autenticidad, el contexto del documento y si realmente tuvo participación en la operación.

—Lo sé. No quiero acusar a nadie sin pruebas. Pero tampoco voy a permitir que vuelvan a utilizar el nombre de mi hermana.

Cuando colgó, Daniel tomó una decisión: antes de hablar con Isabella, necesitaba saber exactamente qué tenía entre manos.

Sin embargo, el pasado no siempre espera a que uno esté preparado para enfrentarlo.

Una mañana diferente en la hacienda

Mientras tanto, en Los Olivos, Isabella intentaba disfrutar de una mañana tranquila.

Había dormido mejor que en las últimas semanas. Por primera vez desde que descubrió la traición de Sebastián, despertó sin sentir que el recuerdo de aquella habitación la perseguía desde el primer instante del día.

Se preparó un café y salió al pequeño porche de la cabaña.

El aire olía a tierra húmeda. A lo lejos, los trabajadores comenzaban sus labores, mientras algunos caballos se acercaban a la cerca.

Isabella respiró profundamente.

—Así debería sentirse la vida —murmuró—. Sin mentiras, sin engaños y sin hombres que crean que pueden decidir por una.

—¿Eso último también va por mí?

La voz de Alejandro la hizo girarse.

Él estaba junto a la entrada, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y una expresión que intentaba parecer seria.

Isabella sonrió.

—Depende. ¿Vienes a decirme qué debo hacer hoy?

—No. Vengo a preguntarte si quieres desayunar conmigo.

—¿Y si te digo que no?

—Me iré a desayunar solo, fingiré que no me ofendí y probablemente terminaré comiendo los huevos que Rafael prepara cuando está de mal humor.

Isabella soltó una carcajada.

—¿Rafael cocina cuando está de mal humor?

—No exactamente. Pero cuando cocina, todos nos ponemos de mal humor.

—¡Te escuché! —gritó Rafael desde algún punto del camino.

Alejandro cerró los ojos un instante.

—¿Ves? Es un hombre muy sensible.

Isabella volvió a reír.

Y Alejandro se quedó mirándola.

No era la primera vez que la veía sonreír, pero había algo distinto en aquella mañana. La sonrisa no parecía una defensa ni un intento de demostrar que estaba bien. Era espontánea, ligera, verdadera.

—¿Qué? —preguntó ella al notar su mirada.

—Nada.

—Alejandro.

—Me gusta verte así.

La expresión de Isabella se suavizó.

—A mí también me gusta sentirme así.

Él dio un paso hacia ella, pero se detuvo antes de acercarse demasiado.

—¿Puedo abrazarte?

La pregunta la conmovió más de lo que esperaba.

Después de lo ocurrido con Sebastián, había comenzado a valorar de una manera diferente los pequeños gestos. Que alguien preguntara antes de acercarse, que respetara un silencio, que no exigiera explicaciones, le recordaba que el cariño no tenía por qué sentirse como una obligación.

—Sí —respondió.

Alejandro la abrazó con cuidado.

Isabella apoyó la mejilla contra su pecho y cerró los ojos unos segundos.

No quería prometerle nada.

No estaba preparada para comenzar una relación ni para ponerle nombre a lo que sentía.

Pero, por primera vez en mucho tiempo, tampoco sintió la necesidad de huir de aquello que empezaba a nacer entre ellos.

—Gracias —susurró.

—¿Por qué?

—Por no intentar arreglarme.

Alejandro bajó la mirada hacia ella.

—No estás rota, Isabella. Te lastimaron. No es lo mismo.

Ella levantó el rostro.

Sus miradas se encontraron y, durante un instante, ninguno de los dos pareció recordar que el mundo seguía girando a su alrededor.

Alejandro inclinó ligeramente la cabeza, pero no terminó de acercarse.

Fue Isabella quien acortó la distancia y depositó un beso suave en sus labios.

Cuando se separaron, él tenía una sonrisa que no pudo disimular.

—Creo que voy a desayunar aquí más seguido.

—No te acostumbres, ranchero.

—Demasiado tarde.

Desde el camino se escuchó una voz infantil.

—¡Yo sabía que mi plan estaba funcionando!

Los dos se apartaron de inmediato.

Mateo apareció con su inseparable libreta bajo el brazo y una expresión de satisfacción absoluta.

—Mateo —dijo Alejandro, tratando de conservar la seriedad—, ¿estabas espiando?

—No. Estaba investigando.

—¿Qué diferencia hay?

—Que espiar es cuando uno hace algo malo. Investigar es cuando uno quiere ayudar a la gente.

Isabella se cubrió la boca para no reírse.

Mateo abrió su libreta y escribió algo con un lápiz demasiado corto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.