Entre el amor y la hacienda

Capítulo 3. La cabaña de los sueños

Capítulo 3. La cabaña de los sueños

Isabella Valdés descubrió tres cosas durante las primeras dos horas de su viaje.

La primera era que conducir por carretera resultaba bastante relajante cuando no tenía que escuchar a Sebastián hablar de sus inversiones.

La segunda era que había subestimado considerablemente la cantidad de curvas que podía tener un camino rural.

Y la tercera, la más importante de todas, era que su automóvil no estaba diseñado para sobrevivir a los baches de aquel lugar.

—¡Esto debería ser ilegal! —protestó cuando una piedra golpeó la parte inferior del vehículo.

El automóvil avanzó otros metros y volvió a saltar.

Isabella se aferró al volante.

—¡Voy a necesitar una disculpa formal de todos los responsables de este camino!

Por supuesto, nadie respondió.

A ambos lados de la carretera se extendían campos verdes, árboles frondosos y cercas de madera que delimitaban enormes terrenos ganaderos. El paisaje era tan hermoso que, por momentos, Isabella olvidaba que estaba conduciendo por una ruta que parecía diseñada por alguien con una enemistad personal contra los amortiguadores.

Abrió un poco la ventana.

El aire fresco entró en el automóvil, acompañado del aroma de la hierba húmeda y la tierra.

Isabella respiró profundamente.

Hacía meses que no se sentía tan tranquila.

En la ciudad siempre tenía algo que hacer. Una reunión, una compra, una cena, una llamada, una decisión relacionada con la boda. Incluso sus momentos de descanso terminaban convertidos en pendientes.

Ahora solo tenía que llegar a una cabaña.

Deshacer la maleta.

Y decidir qué quería desayunar al día siguiente.

Era un comienzo bastante modesto, pero a ella le parecía extraordinario.

El teléfono anunció la llegada de un mensaje.

Era su madre.

Cariño, avísame cuando llegues. Y, por favor, no te alimentes exclusivamente de café y galletas.

Isabella sonrió.

Contestó rápidamente:

Prometo comer algo que no venga en una taza.

Después guardó el teléfono y continuó conduciendo.

Unos kilómetros más adelante encontró un letrero de madera.

HACIENDA LOS OLIVOS.

Debajo, una flecha señalaba el camino hacia la propiedad.

Isabella disminuyó la velocidad.

No esperaba encontrarse con una hacienda tan grande. Desde la carretera se distinguían potreros, establos y una construcción principal de paredes claras y tejados rojizos.

Un grupo de caballos pastaba cerca de una cerca.

Más allá, las montañas se elevaban sobre el horizonte.

La propiedad parecía sacada de una película.

—Bueno, Isabella —murmuró—. Si vas a reconstruir tu vida, al menos has elegido un lugar bonito para hacerlo.

Siguió las indicaciones que Lucía le había enviado hasta llegar a un pequeño conjunto de cabañas distribuidas entre los árboles.

La suya estaba al final de un sendero.

Era exactamente como aparecía en las fotografías, aunque en persona resultaba todavía más encantadora.

Tenía paredes de madera oscura, ventanas blancas, un pequeño porche y dos mecedoras que parecían esperar a alguien dispuesto a pasar una tarde entera sin hacer absolutamente nada.

Frente a ella había un jardín silvestre lleno de flores.

Detrás se escuchaba el murmullo de un arroyo.

Isabella apagó el motor.

Durante unos segundos permaneció sentada, contemplando el lugar.

Había viajado a otros países, se había hospedado en hoteles maravillosos y había visitado ciudades que parecían vivir de noche.

Pero nunca había sentido aquella clase de paz.

Quizá porque no había llegado allí para presumir de sus vacaciones.

Había llegado para encontrarse consigo misma.

—Hola, nueva vida —susurró.

Y salió del automóvil.

—¡Tía Lucía! ¡Ya llegó!

Mateo apareció corriendo por el pasillo de la casa principal con tanta velocidad que casi se llevó por delante una maceta.

Lucía, que estaba terminando de revisar unas reservaciones, levantó la cabeza.

—¿Quién llegó?

El niño la miró como si acabara de preguntar algo absurdo.

—¡La muchacha!

—¿Qué muchacha?

—¡La que va a vivir en la cabaña!

Lucía parpadeó.

—Ah, Isabella.

Mateo asintió enérgicamente.

—¿Es bonita?

Su tía dejó la carpeta sobre el escritorio.

—Todavía no la has visto.

—Pero tú sí.

—Solo la conozco por teléfono, Mateo.

El niño se quedó pensativo.

—¿Y tiene voz de bonita?

Lucía abrió la boca, la cerró y finalmente soltó una carcajada.

—No sé qué significa eso.

—Significa que si habla bonito, probablemente también sea bonita.

—¿Quién te enseña esas cosas?

—La televisión.

—Voy a tener que hablar con tu abuela sobre tus programas.

Mateo se encogió de hombros.

—¿Puedo ir a saludarla?

—Claro, pero primero voy a recibirla yo. No quiero que salgas corriendo y la asustes.

El niño puso una mano sobre el pecho.

—Tía, soy un caballero.

Lucía lo observó de arriba abajo.

Tenía una mancha de chocolate en la camisa, un cordón desatado y el cabello revuelto.

—Un caballero muy particular.

Mateo sonrió.

Lucía tomó las llaves de la camioneta y se dirigió a la puerta.

—Quédate aquí unos minutos.

—Está bien.

Su tía salió.

Mateo esperó exactamente siete segundos.

Después salió detrás de ella.

Isabella estaba intentando abrir la puerta de la cabaña cuando escuchó una voz femenina a sus espaldas.

—¡Isabella!

Se volvió y vio a una mujer de cabello castaño, sonrisa amplia y aspecto amable que se acercaba por el sendero.

—¡Lucía! —exclamó Isabella, aliviada—. Qué gusto conocerla por fin.

Las dos mujeres se saludaron con un abrazo espontáneo.

—Bienvenida a Los Olivos, corazón. ¿Cómo estuvo el viaje?

—Hermoso. Aunque creo que mi automóvil necesita terapia después de los últimos kilómetros.




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