Isabella había aprendido que las mañanas en el campo tenían una manera particular de engañar a las personas.
Todo parecía más sencillo cuando el sol iluminaba los árboles, los pájaros cantaban desde las ramas y el aroma del café recién preparado llenaba la cabaña. En esos momentos, era fácil creer que los problemas pertenecían a otra vida, a otra mujer, a una Isabella que se había quedado en la ciudad organizando una boda que nunca llegaría a celebrarse.
Sin embargo, bastaba una llamada telefónica para recordarle que el pasado no desaparecía solo porque una decidiera alejarse de él.
Aquella mañana, Isabella estaba preparando el desayuno cuando su teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa.
Miró la pantalla.
Sebastián Robles.
El cuchillo que sostenía se detuvo sobre la tabla de madera.
Durante varios segundos, se limitó a observar el nombre.
Había bloqueado sus mensajes, eliminado algunas fotografías y guardado en una carpeta las imágenes de la boda que no se había atrevido a borrar. También había dejado de entrar a sus redes sociales, porque no estaba preparada para encontrarse con publicaciones que fingieran que nada había sucedido.
Pero no había bloqueado su número.
Tal vez porque una parte de ella esperaba que Sebastián tuviera el valor de reconocer lo que había hecho.
Tal vez porque necesitaba escuchar una explicación, aunque sabía que ninguna sería suficiente.
O tal vez porque todavía le costaba aceptar que el hombre con quien había compartido tantos años fuera capaz de traicionarla de aquella manera.
El teléfono dejó de sonar.
Isabella soltó el aire que había estado conteniendo.
Un segundo después, llegó un mensaje.
Isabella, tenemos que hablar. No puedes desaparecer así.
Ella sintió que la tristeza se transformaba lentamente en indignación.
¿No podía desaparecer?
¿Después de haberlo encontrado en la cama con Patricia?
¿Después de haber tenido que salir de aquella casa con el corazón destrozado mientras él ni siquiera parecía comprender la magnitud de lo que había hecho?
El teléfono volvió a vibrar.
Por favor, contéstame. Las cosas no son como tú crees.
Isabella soltó una risa amarga.
—Claro que no, Sebastián. Seguramente estabas practicando primeros auxilios con mi dama de honor.
Dejó el teléfono sobre la mesa y se apartó de él.
No quería contestar.
No quería escuchar excusas.
Y, sobre todo, no quería que Sebastián volviera a tener el poder de arruinarle el día con unas cuantas palabras.
Preparó su café, tomó una rebanada de pan y se sentó junto a la ventana.
Durante unos minutos intentó concentrarse en el paisaje.
Pero el recuerdo regresó.
La casa que habían elegido juntos. Los muebles que ella había empezado a comprar. Las invitaciones que todavía debían entregarse. El vestido de novia que permanecía guardado en una funda, esperando una ceremonia que jamás ocurriría.
Y Patricia.
Su mejor amiga desde la universidad.
La mujer que había escuchado sus dudas, la había acompañado a elegir flores y había prometido estar a su lado el día de su boda.
Isabella apretó los labios.
Lo que más le dolía no era únicamente que Sebastián la hubiera engañado. Era recordar cuántas veces había confiado en Patricia para hablar de su relación, cuántas veces le había contado sus inseguridades y cuántas veces había creído que estaba compartiendo sus secretos con alguien que la quería.
Ahora aquellas conversaciones tenían un significado diferente.
¿Desde cuándo había comenzado todo?
¿Había sido una sola vez?
¿O Patricia había estado a su lado mientras mantenía una relación con Sebastián a sus espaldas?
Isabella cerró los ojos.
No tenía respuestas.
Y, por el momento, tampoco quería buscarlas.
El teléfono volvió a sonar.
Esta vez era su madre.
Elena Valdés.
Isabella se enderezó inmediatamente.
Con Sebastián podía permitirse no contestar. Con su madre, las cosas eran diferentes.
Respiró profundamente y respondió.
—Hola, mamá.
—¡Por fin, hija! —exclamó Elena—. ¿Por qué no me contestaste ayer?
—Estaba ocupada.
—¿Ocupada haciendo qué? ¿Contemplando árboles?
Isabella sonrió débilmente.
—Algo así.
—Ay, hija, no entiendo qué necesidad tenías de irte tan lejos. Tu hermano dice que deberías estar atendiendo los asuntos de la empresa, y Camila dice que estás escondiendo algo.
Isabella sintió un nudo en el estómago.
—No estoy escondiendo nada, mamá.
La mentira salió demasiado rápido.
Elena guardó silencio unos segundos.
—Isabella, soy tu madre.
—Lo sé.
—Te conozco desde antes de que aprendieras a caminar. Sé cuándo estás contenta, cuándo estás enojada y cuándo estás intentando convencerme de algo que ni tú misma te crees.
Isabella bajó la mirada.
—Solo necesitaba descansar.
—¿Y Sebastián?
El corazón le dio un vuelco.
—¿Qué pasa con él?
—Me llamó ayer.
Isabella se quedó completamente quieta.
—¿Qué?
—Me dijo que no logra comunicarse contigo. Está preocupado porque no sabe dónde estás.
La joven cerró los ojos.
La indignación regresó de golpe.
—¿Está preocupado?
—Eso me dijo.
—Mamá, no quiero hablar de Sebastián.
Elena guardó silencio.
—¿Discutieron?
Isabella apretó el teléfono.
—No quiero hablar de él.
Esta vez su voz salió más firme.
Su madre pareció comprender que había llegado demasiado cerca de una herida abierta.
—Está bien, hija. No voy a insistir.
Isabella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Gracias.
—Pero quiero que recuerdes algo. No importa lo que esté pasando, no tienes que cargar con todo tú sola.
La joven se llevó una mano a los labios.
Era la misma idea que Camila le había repetido durante su última llamada.