Isabella leyó el mensaje una vez más.
«Si mañana Alejandro se reúne con esa mujer, pregúntale primero qué ocurrió la noche en que murió Mariana».
Sintió que el corazón le golpeaba con tanta fuerza que tuvo que sentarse al borde de la cama.
Mariana.
La primera esposa de Alejandro.
La madre de Mateo.
La mujer cuyo recuerdo había acompañado a Alejandro durante tres años de soledad y cuya ausencia todavía se notaba en algunos rincones de la hacienda.
Isabella nunca había sentido celos de una mujer que ya no estaba. Alejandro jamás le había dado motivos para competir con el recuerdo de su esposa. Por el contrario, siempre había hablado de Mariana con respeto, sin esconder su historia ni fingir que el amor que había sentido por ella no había existido.
Precisamente por eso, aquel mensaje le provocó tanto miedo.
No quería convertirse en una mujer desconfiada. No quería que los errores de Sebastián, las mentiras de Patricia y los secretos de su propia familia terminaran destruyendo la posibilidad de ser feliz.
Pero tampoco podía ignorar una amenaza que mencionaba la muerte de Mariana.
Tomó el teléfono y volvió a llamar a Alejandro.
Esta vez él contestó.
—Isabella, mi amor. ¿Qué sucede?
Ella intentó controlar la voz.
—Necesito verte.
El tono de Alejandro cambió inmediatamente.
—¿Estás bien?
—No lo sé. ¿Puedes regresar?
—Voy para allá.
No le pidió explicaciones por teléfono. No la hizo esperar.
Y aquel pequeño gesto, en medio de su angustia, le recordó por qué se estaba enamorando de él.
1. Un mensaje que no debía existir
Alejandro llegó a la cabaña pocos minutos después.
Encontró a Isabella de pie junto a la ventana, con el teléfono entre las manos. En cuanto lo vio, ella caminó hacia él.
—Me llegó otro mensaje.
Alejandro dejó las llaves sobre una mesa.
—¿Qué dice?
Isabella le entregó el teléfono.
Él leyó las palabras y su expresión cambió.
No fue un cambio exagerado. No levantó la voz ni golpeó nada. Simplemente se quedó inmóvil, con la mirada fija en la pantalla.
Isabella conocía ya suficientes gestos suyos para reconocer cuándo algo lo había herido de verdad.
—Alejandro…
Él levantó los ojos.
—¿Cuándo lo recibiste?
—Hace unos minutos. Después de que te fuiste.
—¿Te han llamado también?
—No.
Alejandro volvió a leer el mensaje.
—No contestes. Voy a guardar la captura y se la enviaremos al abogado.
Isabella asintió, pero no se apartó de él.
—Necesito preguntarte algo.
—Pregúntame lo que quieras.
Ella respiró profundamente.
—¿Hay algo sobre la muerte de Mariana que nunca me hayas contado?
Alejandro bajó lentamente el teléfono.
La pregunta le dolió, aunque comprendía perfectamente por qué se la hacía.
—Sí hay cosas que no te he contado —respondió con honestidad—. No porque quiera ocultártelas, sino porque son recuerdos que todavía me cuesta poner en palabras.
Isabella sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—¿Pero hay algo relacionado con la operación de nuestros padres?
Alejandro negó con la cabeza.
—No tengo ninguna prueba de que exista una relación. Nunca había escuchado que alguien vinculara ambas cosas hasta que recibiste ese mensaje.
—¿Y si no es una coincidencia?
—Entonces lo investigaremos. Pero no voy a inventar una explicación para tranquilizarte ni a permitir que una persona desconocida decida qué debemos creer.
Isabella se abrazó a sí misma.
—Tengo miedo de que exista una parte de tu vida que no conozco y que pueda cambiarlo todo.
Alejandro dejó el teléfono sobre la mesa y se acercó a ella.
—Hay una parte de mi vida que no conoces. Eso es verdad. Pero no hay una doble vida, Isabella. No hay una historia de la que tengas que defenderte.
Ella lo miró con atención.
—¿Me lo prometes?
—Te prometo que no te mentiré. Si descubro algo que no sé cómo explicarte, te lo diré. Si algo me duele, intentaré hablar contigo en lugar de encerrarme en mí mismo. Y si me equivoco, quiero tener el valor de reconocerlo.
Isabella dejó escapar un suspiro tembloroso.
—Eso es lo único que te pido.
Alejandro le acarició la mejilla.
—Ven aquí.
Ella se refugió en sus brazos.
Durante unos minutos ninguno habló. Alejandro le acarició el cabello mientras Isabella escuchaba el ritmo constante de su corazón.
—¿Puedo preguntarte algo más? —susurró ella.
—Todo lo que necesites.
—¿Todavía extrañas a Mariana?
Alejandro cerró los ojos un instante.
—Sí.
Isabella sintió que la respuesta le dolía, pero él continuó antes de que pudiera apartarse.
—La extraño cuando Mateo hace algo que me habría gustado contarle. La extraño en los cumpleaños de nuestro hijo y cuando encuentro alguna de sus cosas. Hay días en los que me gustaría poder hablar con ella cinco minutos para contarle cuánto ha crecido Mateo.
La abrazó un poco más fuerte.
—Pero extrañarla no significa que haya dejado de vivir. Y amarte no significa que quiera borrarla de mi historia.
Isabella levantó el rostro.
—No quiero que la borres.
—Lo sé.
—Quiero que puedas recordarla sin sentir que me estás traicionando.
Alejandro la miró con una emoción que apenas logró disimular.
—¿Cómo puedes ser tan generosa conmigo?
Ella sonrió débilmente.
—No siempre lo soy. También tengo miedo, también siento celos algunas veces y también necesito que me recuerdes que me quieres.
Alejandro apoyó la frente contra la suya.
—Entonces voy a recordártelo todas las veces que haga falta.
Y la besó.
Fue un beso profundo y sereno, cargado de una promesa que ninguno necesitó formular en voz alta: el pasado podía dolerles, pero no tenían por qué convertirlo en un enemigo.
2. La noche de la tormenta