Entre el amor y la hacienda

Capítulo 30: La firma que nadie debía encontrar

Capítulo 30: La firma que nadie debía encontrar

El teléfono volvió a vibrar.

El hombre permaneció inmóvil frente al escritorio, mirando el mensaje que acababa de recibir. Después comprobó que la puerta estuviera cerrada y sacó de un cajón una carpeta que llevaba años sin consultar.

En la portada había una fecha escrita a mano y una palabra subrayada dos veces:

ORIGINAL.

Dentro se encontraba una copia de la propuesta comercial que había provocado el conflicto entre el padre de Isabella y sus antiguos socios. Había nombres, cantidades, anotaciones y varias páginas de autorizaciones.

Pero lo que le interesaba no estaba en las primeras hojas.

Estaba al final.

Una firma.

La misma que, según los registros que había visto, supuestamente autorizaba la inclusión de Isabella en una operación financiera.

El hombre acercó el documento a la lámpara.

—No puede ser… —murmuró.

La firma parecía auténtica a primera vista. Sin embargo, la fecha de la autorización no coincidía con la fecha de la reunión que aparecía en el expediente.

Y había algo más.

Una pequeña anotación en el margen, escrita con tinta azul, señalaba que el documento había sido recibido antes de que la autorización definitiva estuviera lista.

Alguien había adelantado un trámite que todavía no debía realizarse.

El hombre cerró la carpeta.

No podía permitir que aquella hoja terminara en manos de Daniel.

Porque, si la examinaban con los documentos originales, podrían descubrir no solamente quién había preparado la autorización, sino quién había tenido acceso a ella después.

Y entonces su nombre también aparecería en la investigación.

Una visita inesperada

En la Hacienda Los Olivos, Isabella estaba ayudando a Mercedes a preparar unas galletas cuando sonó el teléfono de la casa.

—¿Podrías contestar, hija? —preguntó Mercedes, con las manos cubiertas de harina.

Isabella tomó el auricular.

—¿Bueno?

—¿Isabella Valdés?

—Sí, ¿quién habla?

—Mi nombre es Arturo Mendoza. Necesito conversar contigo sobre los documentos de tu padre.

Isabella se quedó inmóvil.

El nombre le resultaba demasiado conocido.

Arturo era el antiguo asesor jurídico de su padre, el mismo hombre que había llamado a Daniel para advertirle que dejara de investigar.

—¿Cómo consiguió este número?

—Me lo proporcionó una persona que conoce a tu familia. No voy a discutir eso por teléfono.

—Entonces, ¿qué quiere?

—Entregarte información que debiste conocer hace mucho tiempo.

Isabella sintió que se le tensaba el estómago.

—Si tiene información, entréguesela al abogado de mi familia.

—No toda la información puede comprenderse sin una explicación.

—Eso tendrá que explicárselo al abogado.

Al otro lado de la línea hubo un silencio.

—Tu padre confió en las personas equivocadas —dijo Arturo—. Y cometió un error al detener aquella operación.

Isabella apretó el auricular.

—Mi padre tenía derecho a detener cualquier operación que considerara irregular.

—No conoces toda la historia.

—Por eso estamos investigando.

Arturo bajó la voz.

—Hay una firma en ese expediente que no corresponde a quien todos creen. Si quieres saber la verdad, debes encontrar el registro original de la autorización.

—¿Dónde está?

—No puedo decírtelo por teléfono.

—Entonces no tengo nada más que hablar con usted.

—Isabella, escucha…

Ella colgó.

Durante varios segundos se quedó mirando el teléfono.

Mercedes, que había dejado de trabajar, se acercó.

—¿Qué sucedió?

—Era Arturo Mendoza. Dice que sabe algo sobre la firma de la autorización.

Mercedes palideció.

—¿Arturo te llamó personalmente?

—Sí. Quiere hablar conmigo, pero no piensa darle la información directamente al abogado.

Mercedes le tomó las manos.

—Entonces hiciste bien en no aceptar una reunión a solas.

Isabella asintió.

—Estoy cansada de que todos aparezcan con secretos y esperen que yo confíe en ellos.

Mercedes la abrazó.

—No tienes que hacerlo, querida. Puedes escuchar sin confiar. Puedes hacer preguntas sin comprometerte. Y puedes exigir que cualquier información importante se entregue de manera que pueda comprobarse.

Isabella apoyó la cabeza en su hombro.

—Ojalá hubiera aprendido eso antes de conocer a Sebastián.

Mercedes le acarició el cabello.

—No te castigues por haber amado a alguien. El engaño fue decisión de él, no tuya.

Aquellas palabras le recordaron cuánto había cambiado desde que llegó a la hacienda.

Al principio, Isabella había sentido que su vida se había terminado junto con su compromiso. Ahora sabía que podía reconstruirla, aunque todavía le doliera cada nuevo descubrimiento.

Y, por primera vez, estaba decidida a no permitir que nadie volviera a decidir por ella.

El documento que faltaba

Daniel recibió la noticia de la llamada de Arturo pocos minutos después.

—¿Te dijo dónde estaba el original? —preguntó por teléfono.

—No. Solamente dijo que la firma no correspondía a quien todos creían.

—Eso coincide con lo que nos advirtió Ricardo.

—¿Crees que los dos hablan de lo mismo?

—Es posible, pero no debemos asumirlo. Voy a consultar al abogado.

Daniel terminó la llamada y buscó entre los documentos que había recopilado.

La anotación de su padre mencionaba la revisión de datos personales y facultades de representación. El registro que Julián había encontrado indicaba que la modificación de la propuesta estaba pendiente de autorización definitiva.

Sin embargo, el documento que contenía la firma seguía sin aparecer en su versión original.

Aquello era fundamental.

Una copia parcial podía servir como indicio, pero no bastaba para establecer quién había firmado, si la firma era auténtica o si el documento había sido modificado después.




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