Entre el amor y la hacienda

Capítulo 20: La segunda carta

Capítulo 20: La segunda carta

Mauricio Ferrer no volvió a marcar aquel número.

Se quedó mirando el teléfono, esperando que la persona del otro lado se comunicara nuevamente y le explicara a qué se había referido.

La segunda carta.

Aquellas tres palabras le habían devuelto recuerdos que llevaba años intentando mantener enterrados.

Se levantó de su escritorio, cerró la puerta del despacho y sacó del cajón la carpeta de la operación Arrendia. La abrió con manos inquietas, revisando cada hoja como si esperara encontrar una explicación que hasta entonces hubiera pasado por alto.

Había informes preliminares, copias de correos, una relación de intermediarios y varias anotaciones manuscritas.

Pero no había ninguna segunda carta.

O, al menos, no estaba en aquella carpeta.

Mauricio recordó entonces que el padre de Isabella acostumbraba guardar los documentos más delicados fuera de los archivos ordinarios. Era una medida de precaución que había adoptado después de descubrir inconsistencias en una negociación.

Quizá la carta seguía en poder de la familia Valdés.

Quizá nunca había existido.

O quizá alguien más la había encontrado antes que ellos.

Mauricio cerró la carpeta.

Había cometido errores a lo largo de su carrera, algunos por ambición y otros por confiar en las personas equivocadas. Sin embargo, una cosa tenía clara: si aquella investigación avanzaba, ya no podría controlar lo que cada uno decidiera contar.

Y lo que más le preocupaba no era Daniel.

Era Verónica Salgado.

La mujer le había escrito días atrás para decirle que sabía algo sobre Grupo Ardentia y que podía averiguar más acerca de Isabella. En ese momento, Mauricio había supuesto que Verónica solo quería acercarse a Alejandro utilizando los problemas de la joven.

Ahora se preguntaba si ella sabía más de lo que había admitido.

Tomó el teléfono y le envió un mensaje.

Necesito verte. Mañana, a las diez. Sin intermediarios.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

¿Ya te preocupa lo que pueda descubrir?

Mauricio apretó la mandíbula.

Verónica no era una mujer ingenua. Y, si había decidido intervenir, no sería sencillo apartarla de aquella historia.

En la Hacienda Los Olivos, Mateo se encontraba convencido de que su padre había comenzado a comportarse de manera sospechosa.

La razón era sencilla: Alejandro llevaba veinte minutos mirando su teléfono y sonriendo.

—Abuela, papá está enfermo.

Mercedes levantó la vista del libro que leía en la sala.

—¿Qué dices, criatura?

Mateo señaló a Alejandro, que estaba sentado junto a la ventana.

—Mira cómo sonríe. Nadie sonríe tanto mirando un teléfono a menos que tenga fiebre o esté enamorado.

Mercedes tuvo que ocultar una sonrisa.

—¿Y cuál de las dos posibilidades te preocupa más?

—La fiebre. Si está enamorado, quizá me compre un caballo nuevo.

Alejandro dejó el teléfono sobre la mesa.

—Te estoy escuchando, jovencito.

—Lo sé. Por eso estoy hablando fuerte.

Mercedes soltó una carcajada.

Alejandro se levantó y caminó hasta su hijo.

—¿Quieres explicarme por qué estás tan interesado en mi salud?

Mateo abrió su cuaderno.

—Estoy revisando el plan.

—¿Otra vez?

—Es importante actualizar los objetivos.

Alejandro miró la página.

Mateo había escrito:

OBJETIVO UNO: QUE PAPÁ SONRÍA MÁS.

OBJETIVO DOS: QUE PAPÁ PASE MÁS TIEMPO CONMIGO.

OBJETIVO TRES: QUE ISABELLA SIGA SIENDO FELIZ.

Y debajo había añadido:

OBJETIVO CUATRO: CONSEGUIR UN CABALLO NUEVO.

Alejandro señaló el último punto.

—Este objetivo no tiene ninguna relación con los anteriores.

—Claro que sí. Si tengo un caballo nuevo, seré feliz. Si soy feliz, tú serás feliz. Es una cadena de felicidad.

—Qué conveniente.

—Soy un hombre de negocios, papá.

Mercedes volvió a reír.

Alejandro se agachó frente a su hijo.

—¿Qué te parece si empezamos por algo que no cueste dinero? Hoy por la tarde iremos a montar juntos.

Mateo abrió los ojos.

—¿De verdad?

—De verdad. Y no pienso revisar ningún informe mientras estemos en el campo.

El niño cerró su cuaderno de golpe.

—¡Abuela! ¡Anota la fecha! ¡Mi padre acaba de hacer una promesa histórica!

—Ya la anoté mentalmente —respondió Mercedes—. Si la cumple, prepararé un pastel.

Mateo salió corriendo a buscar sus botas.

Alejandro negó con la cabeza, divertido.

Pero, cuando volvió a mirar su teléfono, su expresión cambió.

Isabella le había escrito.

Daniel encontró una carta de mi padre. Vamos a la ciudad mañana para revisarla con el abogado. Estoy nerviosa.

Alejandro respondió:

No tienes que pasar por esto sola. Si todavía quieres que te acompañe, estaré listo.

La respuesta de Isabella llegó unos minutos después.

Sí quiero. Gracias por no intentar decidir por mí.

Alejandro dejó el teléfono y miró hacia el jardín.

No sabía qué encontrarían en aquella carta, pero sí sabía algo: no permitiría que los problemas de los Valdés se convirtieran en una excusa para apartarse de Isabella justo cuando ella estaba aprendiendo a confiar.

Aquella tarde, mientras Alejandro cumplía su promesa de montar a caballo con Mateo, Isabella caminaba junto a Lucía por el sendero que conducía a los establos.

—¿Ya hablaste con tu familia? —preguntó Lucía.

—Sí. Mañana iré a la ciudad con Alejandro. Daniel encontró una carta de mi padre en la que menciona a Mauricio Ferrer y una operación empresarial.

Lucía frunció el ceño.

—¿Mauricio? Recuerdo haber escuchado ese nombre en algunas reuniones de la familia.

—Parece que trabajó con mi padre durante años.

—¿Y crees que Sebastián tenía relación con él desde antes de conocerte?

Isabella bajó la mirada.

—No lo sé. Esa es una de las cosas que necesito averiguar.




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