Alejandro no durmió bien aquella noche.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía a escuchar las palabras del antiguo administrador.
«Si alguna vez Alejandro decide unir su vida con una Valdés, debe conocer la verdad antes de hacerlo».
No comprendía por qué su padre había escrito aquello. Tampoco sabía si aquella advertencia tenía relación con la operación que el padre de Isabella se había negado a firmar.
Lo único que sabía era que, por primera vez desde que había comenzado a enamorarse de Isabella, tenía miedo de lo que pudiera encontrar.
No por él.
Por ella.
Porque Isabella ya había sufrido demasiado. Había llegado a Los Olivos intentando recuperarse de una traición y, poco a poco, había vuelto a sonreír. Mateo la adoraba, Mercedes la había recibido como parte de la familia y él mismo había comenzado a imaginar una vida que creía imposible después de la muerte de Mariana.
No quería que otra historia del pasado destruyera aquella oportunidad.
Pero tampoco podía construir su futuro sobre un secreto.
A las seis de la mañana, Alejandro se levantó, se vistió y bajó a la cocina.
Mercedes estaba preparando café.
—No has dormido —observó su madre sin siquiera mirarlo.
—Buenos días para ti también.
—Buenos días. Ahora contesta.
Alejandro tomó una taza.
—Tengo cosas en la cabeza.
Mercedes dejó la cuchara sobre la mesa.
—¿Cosas de la hacienda o cosas de Isabella?
Él no respondió.
Su madre suspiró.
—Hijo, puedes engañar a tus empleados, a los proveedores y hasta a tu hermana cuando no quieres contarle algo. Pero a mí me conoces desde que naciste.
Alejandro se sentó.
—Encontraron una carta de mi padre.
Mercedes se quedó inmóvil.
—¿Una carta?
—Está relacionada con los antiguos negocios de la familia. Y menciona a los Valdés.
La expresión de Mercedes cambió.
—¿A la familia de Isabella?
—Sí.
Su madre se sentó frente a él.
—¿Qué dice?
—Todavía no he visto el documento original. Pero, según el hombre que lo encontró, mi padre escribió que, si algún día yo decidía unir mi vida con una Valdés, debía conocer la verdad antes de hacerlo.
Mercedes guardó silencio.
—¿Tú sabías algo de eso?
—No.
Ella bajó la mirada hacia su taza.
Por primera vez, Alejandro notó que su madre no parecía sorprendida únicamente por la existencia de la carta. Había algo más en su expresión.
—Mamá.
Mercedes levantó los ojos.
—¿Qué?
—¿Sabes algo sobre mi padre y el padre de Isabella?
Su madre tardó demasiado en responder.
—Tu padre tuvo muchos negocios, Alejandro. Algunos fueron buenos y otros terminaron mal. Yo nunca participé directamente en ellos.
—No te he preguntado si participaste.
Mercedes apretó los labios.
—Hubo una época en que tu padre estaba muy preocupado por una operación. Recuerdo que discutió con uno de sus socios y que, durante semanas, apenas hablaba de otra cosa. Pero nunca me explicó todos los detalles.
—¿Recuerdas el nombre del socio?
Mercedes negó lentamente.
—No con seguridad.
Alejandro la observó.
—¿Y por qué no me lo habías contado?
—Porque no sabía que tenía relación con la familia de Isabella. Y porque tu padre decidió cerrar aquel capítulo de su vida.
—Parece que no lo cerró del todo.
Mercedes le tomó la mano.
—Escúchame, hijo. No permitas que una carta te haga desconfiar de una mujer que no ha hecho otra cosa que tratarte con sinceridad. Pero tampoco ignores lo que tu padre quiso decirte.
Alejandro apretó los dedos de su madre.
—La amo.
Mercedes sonrió con tristeza.
—Lo sé.
—Y no quiero que ella pague por algo que hicieron nuestros padres.
—Entonces tendrás que ser valiente. No solamente para protegerla, sino también para contarle la verdad cuando llegue el momento.
Alejandro bajó la mirada.
Eso era precisamente lo que más temía.
Porque si la carta contenía algo capaz de cambiarlo todo, tendría que elegir entre el deseo de proteger a Isabella del dolor y el compromiso de no ocultarle nada.
Y ya sabía cuál era la única decisión que podía tomar.
1. Una mañana que parecía perfecta
Cuando Alejandro salió de la cocina, encontró a Mateo esperándolo en el corredor.
El niño llevaba el uniforme escolar, una mochila sobre los hombros y una expresión de profunda preocupación.
—Papá, tenemos un problema.
Alejandro se agachó para quedar a su altura.
—¿Qué pasó?
—No encuentro mi dibujo.
—¿Cuál dibujo?
Mateo abrió mucho los ojos.
—¡El de mi familia feliz!
Alejandro sintió una punzada de ternura.
—¿Ya buscaste en tu habitación?
—Sí.
—¿Debajo de la cama?
—Sí.
—¿En tu mochila?
—Sí.
—¿En el comedor?
Mateo hizo una pausa.
—No.
Alejandro lo miró.
—¿Y por qué no empezaste por ahí?
—Porque quería asegurarme de que el problema fuera grave.
Alejandro soltó una carcajada.
—Ven. Vamos a buscarlo.
Encontraron el dibujo debajo de un periódico en el comedor. Mateo lo levantó como si acabara de recuperar un tesoro perdido.
—¡Aquí está!
Después lo alisó cuidadosamente y se lo entregó a su padre.
—Quiero que lo guardes tú.
Alejandro examinó la casa dibujada, las tres figuras tomadas de la mano y las letras torcidas que decían MI FAMILIA FELIZ.
—¿Por qué quieres que lo guarde yo?
Mateo se encogió de hombros.
—Porque quiero que recuerdes lo que es importante cuando tengas mucho trabajo.
Alejandro sintió que algo se le apretaba en el pecho.
—Lo voy a guardar, campeón.
—¿Prometido?
—Prometido.
Mateo sonrió y lo abrazó.
—Y no olvides que hoy Isabella va a enseñarme a hacer galletas.
Alejandro levantó una ceja.
—¿Desde cuándo?