La madrugada apenas comenzaba cuando Daniel recibió un mensaje de Isabella.
Daniel, Sebastián me escribió. Dice que hay algo sobre papá que necesito saber y que no tiene que ver con nuestra relación ni con la boda.
Daniel leyó el mensaje dos veces.
Después respondió:
No contestes todavía. Guarda la conversación y envíame una captura. Voy a consultar con el abogado antes de hacer cualquier movimiento.
Isabella hizo lo que su hermano le pidió.
No sentía deseos de hablar con Sebastián. Después de todo lo que había descubierto, escuchar una explicación suya le parecía una forma de volver a abrir una herida que apenas comenzaba a cerrar.
Sin embargo, la mención de su padre le había provocado una inquietud distinta.
Su padre había sido un hombre prudente, trabajador y reservado con sus asuntos empresariales. Nunca le había gustado hablar de problemas económicos delante de sus hijos. Cuando algo le preocupaba, solía decir que primero debía entenderlo y después explicarlo.
Isabella recordaba esa frase desde niña.
Primero hay que saber la verdad, hija. Después decidimos qué hacer con ella.
Ahora necesitaba descubrir qué verdad había dejado pendiente.
En la Hacienda Los Olivos, Mateo tenía otros problemas que consideraba mucho más urgentes.
—Papá, necesito que me respondas algo con absoluta sinceridad.
Alejandro levantó la vista del informe que estaba revisando en el comedor.
—Eso suena peligroso. ¿Qué hiciste?
—Nada.
—Mateo.
—Bueno, casi nada.
Alejandro cerró la carpeta.
—Te escucho.
El niño colocó su cuaderno sobre la mesa y lo abrió en una página que había decorado con dibujos de corazones, caballos y una casa con muchas ventanas.
En la parte superior había escrito:
OPERACIÓN: HACER FELIZ A LA GENTE QUE QUIERO.
—Estoy actualizando el plan —anunció Mateo—. Antes quería conseguirte una esposa, pero ahora creo que eso es demasiado complicado.
Alejandro tuvo que contener una sonrisa.
—Me alegra que hayas reconsiderado la estrategia.
—No te emociones. Todavía no he terminado.
Mateo señaló una lista.
—Primero: desayunar juntos. Segundo: jugar conmigo sin mirar el reloj. Tercero: hacer reír a la abuela. Cuarto: invitar a Isabella a cosas divertidas, pero sin obligarla a nada.
Alejandro se quedó observando el último punto.
—Ese es importante.
—Lo sé. Yo también estoy aprendiendo.
El niño pasó a la siguiente página.
—Y quinto: si tú e Isabella se enamoran, yo no voy a preguntar cuándo se van a casar.
Alejandro arqueó las cejas.
—¿En serio?
—Bueno… no lo preguntaré todos los días.
—Mateo.
—¡Está bien! Una vez por semana.
Alejandro soltó una carcajada.
Su hijo sonrió satisfecho. Aquella risa era precisamente lo que quería conseguir, aunque últimamente había comprendido que la felicidad de su padre no dependía de encontrar una esposa.
Dependía, en buena medida, de que Alejandro volviera a estar presente en su propia vida.
El niño cerró el cuaderno y se acomodó junto a él.
—Papá, ¿tú crees que mamá estaría contenta si algún día vuelves a enamorarte?
La sonrisa de Alejandro desapareció lentamente.
No porque la pregunta le molestara, sino porque sabía que Mateo necesitaba una respuesta sincera.
—Creo que tu mamá querría que yo fuera feliz —respondió—. Y también creo que querría que tú crecieras sabiendo que nadie puede ocupar su lugar.
—Isabella no tiene que ser como mamá.
—No, mi vida. No tiene que ser como nadie. Si algún día forma parte de nuestra familia, será por ser ella misma.
Mateo asintió, satisfecho.
—Eso me gusta. Además, Isabella cocina galletas muy buenas.
Alejandro volvió a reír.
—Veo que has considerado todos los aspectos del asunto.
—Soy un hombre de negocios, papá.
—Tienes siete años.
—Los negocios no tienen edad.
En ese momento apareció Mercedes, que había escuchado la última parte de la conversación desde la puerta.
—Pues, señor empresario, si ya terminaste tus negociaciones, ve a lavarte las manos. El desayuno está servido.
Mateo se levantó de inmediato.
—¡Y que nadie se coma mis galletas!
—Nadie quiere tus galletas —respondió Alejandro.
El niño se detuvo en seco y lo miró, ofendido.
—Entonces tendré que esconderlas.
Salió corriendo hacia la cocina.
Mercedes se sentó frente a su hijo y lo observó con una expresión afectuosa.
—Está creciendo.
—Demasiado rápido.
—Y tú estás cambiando.
Alejandro fingió interesarse por su informe.
—¿También vas a analizar mi vida sentimental durante el desayuno?
—No necesito analizarla. Te conozco desde que naciste.
—Eso no significa que tengas razón en todo.
Mercedes sonrió.
—Por supuesto que no. Pero sí tengo razón cuando digo que esa muchacha te hace bien.
Alejandro no respondió inmediatamente.
Miró hacia el jardín, donde Isabella caminaba junto al arroyo.
—No quiero precipitar las cosas.
—Eso está bien. Lo que no quiero es que confundas la prudencia con el miedo.
La frase se quedó con él durante el resto de la mañana.
A cientos de kilómetros de la hacienda, Daniel estaba sentado frente a su abogado, revisando los documentos que habían logrado reunir.
Sobre la mesa había copias de correos, referencias societarias y páginas del antiguo archivo empresarial de su padre.
El abogado examinó nuevamente la fotografía que Patricia había enviado.
—Necesitamos tener cuidado con este documento —dijo—. La imagen es parcial y no podemos determinar todavía si forma parte de una operación que llegó a ejecutarse. Tampoco podemos concluir que Isabella haya autorizado algo.
—Lo entiendo. Pero la fecha parece anterior al compromiso.
—Si se confirma, será un dato importante para reconstruir la cronología.