Entre el amor y la hacienda

Capítulo 28: La verdad que Ricardo ocultó

Capítulo 28: La verdad que Ricardo ocultó

Isabella no consiguió volver a dormir.

El mensaje de Daniel seguía iluminando la pantalla de su teléfono, y cada vez que lo leía sentía que una parte de su pasado se desmoronaba.

Ricardo.

Su tío Ricardo.

El hermano de su padre, el hombre que le había enseñado a montar en bicicleta cuando era niña y que, después de la muerte de su padre, la había abrazado durante horas mientras ella lloraba.

¿Era posible que hubiera sabido algo de aquella operación?

¿Era posible que hubiese callado durante todos esos años?

Isabella se incorporó y se sentó al borde de la cama. Alejandro despertó al escucharla moverse.

—¿Sigues pensando en lo que te dijo Daniel? —preguntó.

—No puedo evitarlo. Mi padre confiaba en Ricardo. Si él sabía que alguien estaba utilizando mi nombre, ¿por qué no me lo dijo?

Alejandro se sentó a su lado.

—Quizá tenga una explicación.

Isabella lo miró con tristeza.

—¿Y si no la tiene?

—Entonces tendrás que decidir qué hacer con la verdad cuando la conozcas.

Ella bajó la mirada.

—Me asusta descubrir que las personas que más quería sabían cosas que podían hacerme daño.

Alejandro no intentó contradecirla.

—Es comprensible. Pero no permitas que las decisiones de otros te convenzan de que confiar fue un error. Tú no eres responsable de lo que ellos hayan hecho.

Isabella respiró profundamente.

—A veces quisiera regresar a cuando todo era más sencillo.

—¿A antes de conocerme?

Ella levantó la cabeza y lo miró con una sonrisa cansada.

—No. A antes de descubrir que mi prometido me engañaba.

Alejandro soltó una pequeña risa.

—Por un momento me preocupé.

—¿Ah, sí?

—Muchísimo. Ya estaba pensando cómo convencerte de que te quedaras en la hacienda.

Isabella le dio un golpecito en el brazo.

—No necesito que me convenzas de nada.

—Lo sé.

Él le apartó un mechón de cabello de la cara.

—Pero me gustaría que te quedaras porque quieres estar aquí.

La sonrisa de Isabella se volvió más suave.

—Eso es precisamente lo que estoy empezando a hacer, Alejandro.

Él no respondió enseguida. Se limitó a besarla en la frente y abrazarla.

Por primera vez en muchas noches, Isabella consiguió cerrar los ojos sin sentir que debía encontrar todas las respuestas antes del amanecer.

Una mañana de decisiones

A las ocho de la mañana, Daniel llegó a la hacienda.

Mercedes lo recibió en el comedor, donde Mateo desayunaba mientras dibujaba un caballo con unas alas enormes.

—Buenos días, Daniel. ¿Quieres café?

—Sí, por favor.

Mateo levantó la mirada.

—¿Vienes a ver a mi papá?

—También necesito hablar con Isabella.

El niño dejó el lápiz.

—¿Pasó algo malo?

Daniel se acercó y le revolvió el cabello.

—Tenemos que aclarar unas cosas de trabajo, campeón. Nada que debas resolver tú.

Mateo pareció reflexionar sobre aquella respuesta.

—Está bien. Pero si necesitas ayuda, yo soy bueno encontrando cosas.

Mercedes sonrió.

—Ayer no encontraste tus zapatos, que estaban debajo de tu cama.

—Eso fue diferente, abuela. Los zapatos estaban escondidos.

—Por ti mismo.

—Exactamente.

Daniel soltó una carcajada que no había planeado.

Alejandro apareció unos minutos después, acompañado de Isabella.

Ella llevaba el cabello recogido y una expresión serena, aunque sus ojos delataban la inquietud de la noche anterior.

—¿Qué averiguaste? —preguntó al acercarse a su hermano.

Daniel le contó la llamada de Ricardo y repitió sus palabras con la mayor exactitud posible.

Cuando terminó, Isabella permaneció callada.

—¿Nuestro tío sabía que habían utilizado mi información? —preguntó finalmente.

—Eso parece. Pero no sabemos si participó en ello o si se enteró después.

—¿Y mi padre sabía quién era el responsable?

—Ricardo dice que sí. Todavía tenemos que comprobarlo.

Isabella se sentó lentamente.

—¿Por qué no nos lo dijo?

Daniel tomó asiento frente a ella.

—Tal vez intentó resolverlo sin involucrarnos. Tal vez temía que la situación empeorara. O tal vez hay algo que todavía no conocemos.

—No quiero más suposiciones, Daniel. Quiero pruebas.

—Yo también.

Alejandro, que había permanecido a un lado, intervino con cautela.

—¿Ricardo aceptó reunirse con ustedes?

—Mañana —respondió Daniel—. Pero puso una condición: quiere hablar conmigo sin el abogado.

Isabella frunció el ceño.

—Eso no me gusta.

—A mí tampoco. Por eso no voy a aceptar esa condición. Podemos escucharlo, pero la conversación debe quedar documentada y cualquier declaración importante tendrá que verificarse.

—¿Y si se niega?

—Entonces sabremos que no está dispuesto a explicar lo que sabe en condiciones transparentes.

Isabella asintió.

—Quiero estar presente.

Daniel la miró con preocupación.

—Isa, no tienes que exponerte a una conversación que puede ser difícil.

—No voy a permitir que todos decidan qué puedo soportar. Se trata de mi nombre, de mi padre y de mi futuro. Quiero escuchar lo que Ricardo tenga que decir.

Daniel sostuvo su mirada y, finalmente, asintió.

—Está bien. Iremos juntos y el abogado estará presente.

Alejandro no intervino para cambiar su decisión. Simplemente se acercó y le apretó la mano.

Isabella agradeció aquel gesto silencioso.

No necesitaba que nadie peleara sus batallas por ella.

Necesitaba personas que caminaran a su lado mientras las enfrentaba.

La libreta de un hombre prudente

Esa misma mañana, Daniel recibió una llamada del abogado.

Habían revisado parte de la documentación conservada por Julián y encontrado una referencia que podía resultar importante.

—Hay una anotación manuscrita de tu padre en el registro de reuniones —explicó el abogado—. No demuestra quién preparó la autorización, pero confirma que la suspensión de la operación no fue una decisión improvisada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.