Isabella despertó con una sensación extraña.
Había dormido poco. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la conversación con Alejandro, las palabras de la carta y aquella llamada anónima que parecía haber llegado justo cuando comenzaba a sentirse segura.
Sin embargo, entre todos sus temores, había uno que sobresalía por encima de los demás: perder al hombre que había conseguido devolverle la ilusión de amar.
Se levantó, se arregló el cabello y salió de la cabaña. El aire fresco de la mañana le acarició el rostro y, por un momento, creyó que podría dejar sus preocupaciones atrás.
Hasta que vio a Alejandro esperándola junto a la cerca.
Él llevaba una camisa azul, pantalones de mezclilla y esa expresión seria que Isabella ya había aprendido a distinguir. No era la seriedad con la que daba instrucciones a sus trabajadores ni la que utilizaba cuando revisaba los asuntos de la hacienda.
Era la expresión de un hombre que tenía algo importante que decirle.
—Buenos días —saludó ella.
Alejandro se acercó.
—Buenos días, mi amor.
La ternura de aquellas palabras hizo que Isabella sonriera, aunque la inquietud seguía presente en sus ojos.
—¿No dormiste?
—Muy poco.
—Yo tampoco.
Él le tomó la mano.
—Encontré algo más en la carpeta de mi padre. Quiero que lo veas conmigo.
Isabella sintió que el estómago se le encogía.
—¿Qué encontraste?
—Una fotografía.
—¿De quién?
Alejandro no respondió inmediatamente. Le acarició los nudillos con el pulgar y después la miró a los ojos.
—No quiero que tengas que enfrentar esto sola.
Isabella apretó su mano.
—Entonces no me dejes fuera, Alejandro. Aunque sea doloroso, prefiero saber la verdad a tener que imaginarla.
—No volveré a tomar esa decisión por ti.
Él se inclinó y la besó suavemente en la frente.
—Vamos al despacho.
Isabella lo siguió, sin saber que aquella fotografía estaba a punto de cambiar la manera en que ambos comprendían el pasado de sus familias.
Y también de poner a prueba la confianza que apenas comenzaban a construir.
1. La mujer de la fotografía
Alejandro colocó la fotografía sobre el escritorio.
Isabella se inclinó para observarla.
Allí estaban sus padres.
Reconoció inmediatamente a su padre, mucho más joven, con el cabello oscuro y una expresión seria que recordaba de algunas fotografías familiares. A su lado aparecía el padre de Alejandro.
Pero la mujer situada entre ambos era una desconocida.
Isabella acercó la fotografía.
—Nunca la había visto.
—Yo tampoco —respondió Alejandro.
La mujer llevaba un vestido claro y sostenía una carpeta contra el pecho. No parecía una secretaria ni alguien que estuviera allí por casualidad. Su postura transmitía seguridad, como si estuviera acostumbrada a participar en reuniones importantes.
Pero lo que llamó la atención de Isabella fue su mano derecha.
El anillo.
Una piedra oscura montada en plata, con un grabado en forma de espiral.
—Es el mismo —susurró.
Alejandro asintió.
—El mismo que aparece en la otra fotografía.
Isabella sintió un escalofrío.
—Entonces esta mujer estuvo relacionada con la operación.
—Es posible. Pero no sabemos cuál era su función.
Ella volvió a mirar el rostro de la desconocida.
—¿Por qué mi padre nunca me habló de ella?
Alejandro se sentó a su lado.
—Quizá no quería involucrarte en sus asuntos. O quizá desconocía lo que iba a ocurrir después.
—Mi padre me contaba muchas cosas, Alejandro. No todos los detalles de sus negocios, por supuesto, pero sí me hablaba de las personas en quienes confiaba. Nunca mencionó a una mujer que llevara ese anillo.
Él la tomó de la mano.
—No saquemos conclusiones antes de tiempo.
Isabella lo miró con una mezcla de tristeza y frustración.
—Eso es precisamente lo que me desespera. Cada vez que creemos estar cerca de la verdad, aparece algo más.
Alejandro acarició su mejilla.
—Lo sé.
—Y tengo miedo de descubrir que alguien a quien quise estuvo involucrado.
—Ese miedo es comprensible.
Ella bajó la mirada.
—¿Y si la mujer era alguien de nuestra familia?
Alejandro guardó silencio durante unos segundos.
—Entonces tendremos que averiguar qué hizo y por qué. Pero no vamos a condenar a nadie por llevar un anillo o aparecer en una fotografía.
Isabella respiró profundamente.
—Tienes razón.
Él le levantó suavemente el mentón.
—Y quiero que recuerdes algo más.
—¿Qué?
—Nada de lo que descubramos sobre nuestros padres cambia lo que siento por ti.
Los ojos de Isabella se llenaron de lágrimas.
—No sabes cuánto necesito escucharlo.
Alejandro se acercó y la besó.
No fue un beso apresurado. Fue una manera de decirle que seguía allí, que no se arrepentía de haberla elegido y que, por difícil que resultara el camino, no pensaba convertirla en una extraña por culpa de los secretos de otras personas.
Isabella apoyó la frente contra su pecho.
—A veces pienso que llegué a esta hacienda para esconderme del dolor y terminé encontrando algo que me da todavía más miedo perder.
Alejandro la abrazó.
—Yo pensaba que mi vida ya estaba escrita. Mi trabajo, mi hijo, la hacienda… todo tenía su lugar. Después llegaste tú y me di cuenta de que había dejado de preguntarme qué quería para mí.
—¿Y qué quieres?
Él la miró directamente.
—Quiero despertar contigo. Quiero compartir contigo las cosas pequeñas, las buenas noticias y los días difíciles. Quiero que Mateo siga riéndose así cuando estás cerca. Y quiero que, cuando tengamos ochenta años, todavía seas capaz de discutir conmigo porque dejé mis botas en medio del corredor.
Isabella soltó una carcajada entre lágrimas.
—Eso no va a tardar ochenta años. Puedo empezar hoy.