Entre el amor y la hacienda

Capítulo 12. La verdad que nadie esperaba

Capítulo 12. La verdad que nadie esperaba

Isabella había comenzado a recuperar la tranquilidad, pero aquella mañana descubrió que sanar no significaba dejar de sentir miedo de un día para otro.

Se encontraba en el porche de su cabaña, disfrutando de una taza de café, cuando su teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa.

Era Camila.

Sonrió antes de contestar.

—Buenos días, hermanita.

—Buenos días. ¿Estás ocupada?

—No. ¿Qué pasó?

—Nada grave. Bueno, eso creo. Mamá quiere saber si puede visitarte.

Isabella se quedó inmóvil.

Durante unos segundos, no encontró las palabras adecuadas.

Su madre.

Elena Valdés.

La mujer que había pasado semanas ayudándola a organizar la boda, que había elegido con ella las flores, que había llorado de felicidad cuando recibió las invitaciones y que seguramente todavía guardaba fotografías de Isabella con el vestido de novia.

¿Cómo iba a mirarla a los ojos y contarle que todo había terminado?

—Isabella, ¿sigues ahí? —preguntó Camila.

—Sí.

—¿Quieres que le diga que todavía necesitas tiempo?

Isabella contempló el paisaje frente a ella.

Una parte de su corazón quería esconderse un poco más. Otra sabía que no podía seguir evitando a su familia por miedo a decepcionarla.

—No —respondió finalmente—. Dile que puede venir.

Camila guardó silencio.

—¿Estás segura?

—No del todo.

—Eso no suena muy convincente.

Isabella soltó una pequeña risa nerviosa.

—Estoy asustada, Cami. Pero no quiero seguir ocultándome.

—Está bien. Voy a hablar con ella.

—Y, por favor, no le cuentes nada todavía. Quiero explicárselo yo.

—Te lo prometo.

Antes de colgar, Camila añadió:

—Isabella, mamá te quiere. No tienes que llegar con una explicación perfecta para merecer su cariño.

Isabella cerró los ojos.

—Gracias.

Cuando terminó la llamada, permaneció un rato mirando el teléfono.

Después abrió su libreta y escribió:

Hoy voy a dejar de huir de las personas que me quieren.

Lo leyó varias veces.

Luego cerró la libreta.

No sabía cómo reaccionaría su madre.

Pero estaba dispuesta a intentarlo.

En la casa principal, Alejandro escuchaba a Mateo explicar por qué necesitaba un caballo propio.

—Papá, ya sé montar.

—Sabes mantenerte sobre el caballo durante algunos minutos.

—Eso es montar.

—No es lo mismo que controlar al animal.

Mateo cruzó los brazos.

—Entonces necesito practicar.

Alejandro levantó la vista de su café.

—Puedes practicar con Canela bajo la supervisión del instructor.

—Pero Canela es de la señorita Isabella.

—Canela no es de Isabella.

—Todavía.

Alejandro dejó la taza sobre la mesa.

—¿Cómo que todavía?

Mateo abrió mucho los ojos, como si acabara de cometer un error.

—Nada.

—Mateo.

—Es que pensé que, si algún día la señorita Isabella viviera aquí, podría montar a Canela cuando quisiera.

Alejandro se quedó mirándolo.

—¿Y por qué viviría aquí?

El niño bajó la mirada hacia su plato.

—No sé.

—Mateo.

—¡Está bien! Porque me cae bien y quiero que se quede.

La sinceridad del niño dejó a Alejandro sin una respuesta inmediata.

Mateo continuó:

—Cuando ella está con nosotros, tú sonríes más. Y yo también. La abuela está contenta y la tía Lucía hace menos bromas sobre ti porque ya tiene a alguien más a quien molestar.

Alejandro soltó una risa involuntaria.

—¿Esa es tu explicación?

—Sí.

—Hijo, que alguien nos caiga bien no significa que tenga que quedarse para siempre.

Mateo asintió despacio.

—Ya lo sé.

—Isabella tiene su propia vida. Tiene una familia, sus planes y cosas que necesita resolver. No podemos pedirle que se quede solo porque nosotros queremos.

El niño guardó silencio.

—Pero sí podemos hacer que se sienta bienvenida, ¿verdad?

Alejandro lo miró con ternura.

—Eso sí.

Mateo recuperó la sonrisa.

—Entonces voy a invitarla a comer.

—Primero pregúntale si puede.

—¡Eso haré!

El niño se levantó y salió corriendo.

Alejandro negó con la cabeza, divertido.

Su hijo todavía no entendía del todo que el cariño no garantizaba que alguien permaneciera a su lado.

Pero estaba aprendiendo algo importante: querer a una persona también significaba respetar sus decisiones.

Y Alejandro necesitaba recordar esa misma lección.

Porque cada día le resultaba más difícil fingir que Isabella era simplemente una huésped.

Poco antes del mediodía, un automóvil se detuvo frente a la entrada de las cabañas.

Isabella estaba terminando de arreglar la sala cuando escuchó que llamaban a la puerta.

Se quedó inmóvil.

Por un instante, su mente regresó al día anterior, al automóvil negro y a la expresión de Sebastián cuando Alejandro le negó el acceso.

Pero entonces escuchó una voz femenina.

—¿Isabella?

Su corazón dio un vuelco.

Conocía aquella voz desde que era niña.

Abrió la puerta.

Elena Valdés estaba frente a ella.

Llevaba un vestido elegante, el cabello cuidadosamente recogido y los ojos llenos de preocupación. A su lado estaba Camila, que intentaba sonreír como si no hubiera estado a punto de llorar durante todo el trayecto.

—Mamá…

Elena no dijo nada.

La miró durante unos segundos y después abrió los brazos.

Isabella se echó a llorar.

—Perdóname —murmuró contra su hombro.

Su madre la abrazó con fuerza.

—Mi niña…

—Perdóname por no decirte nada. Por irme así. Por dejarte preocupada.

Elena le acarició el cabello.

—No tienes que pedirme perdón por necesitar tiempo.

Isabella se apartó ligeramente para mirarla.

—Pero te mentí. Te dije que necesitaba viajar, que quería conocer otros lugares y pensar en mi futuro. No te conté lo que había pasado.




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