Entre el amor y la hacienda

Capítulo 32: La carpeta desaparecida

Capítulo 32: La carpeta desaparecida

—¿Qué quieres decir con que alguien pudo entrar en la casa de Ricardo? —preguntó Isabella, bajando las escaleras a toda prisa.

Daniel se volvió hacia ella. Tenía el rostro pálido y el teléfono apretado en la mano.

—Me llamó hace unos minutos. Me confesó que la noche que estuvo con papá se llevó una carpeta que contenía el documento original de tu autorización. Dice que la guardó en un lugar seguro, pero que desapareció unas semanas después.

Isabella se quedó inmóvil.

—¿El original de la autorización?

—Sí.

—¿Y Ricardo nunca nos dijo nada?

—No.

Ella cerró los ojos, intentando asimilarlo.

—¿Cuántas cosas más tendremos que descubrir, Daniel?

Su hermano no encontró una respuesta.

Alejandro se acercó a ella y le tomó la mano.

—Las que sean necesarias, pero no vamos a dejar que esto te destruya.

Isabella lo miró. Quería sentirse fuerte, pero la posibilidad de que alguien hubiera robado aquel documento después de la muerte de su padre le provocaba un miedo difícil de controlar.

—Tengo que ir con Ricardo.

—Vamos a esperar a que las autoridades confirmen que es seguro acercarse —respondió Daniel—. No sabemos qué está pasando en su casa.

Alejandro asintió.

—Daniel tiene razón. Lo primero es asegurarnos de que Ricardo esté a salvo.

Isabella apretó los labios.

—Está bien. Pero no quiero que vuelvan a ocultarme nada.

—No lo haremos —le aseguró Daniel.

Desde el último escalón, una vocecita interrumpió la conversación.

—¿Y yo?

Los tres adultos se volvieron.

Mateo estaba allí, vestido con un pijama de caballos y abrazado a su almohada.

—¿Tú qué, campeón? —preguntó Alejandro.

—¿También me van a ocultar cosas?

Alejandro se agachó frente a él.

—Hay asuntos de adultos que debemos resolver, pero nunca te ocultaremos que te queremos ni dejaremos que enfrentes solo algo que te preocupe.

Mateo pareció considerar la respuesta.

—Entonces quiero que todos desayunen juntos cuando regresen.

Isabella sonrió con tristeza.

—Te lo prometemos.

—Y que nadie discuta antes del chocolate.

Daniel soltó una pequeña risa.

—Eso ya es una orden, ¿verdad?

—Sí. Está escrita en mi libreta.

Por un instante, la tensión cedió.

Alejandro abrazó a su hijo y después miró a Isabella.

—Nos vamos a ocupar de esto. Tú también necesitas descansar.

Ella le acarició el cabello a Mateo.

—Lo haré. Pero primero necesito saber que tu tío está bien.

La casa de Ricardo

A primera hora de la mañana, Daniel recibió confirmación de que Ricardo había sido localizado y que estaba fuera de peligro.

La entrada a su casa mostraba señales de que alguien había forzado una puerta secundaria. Las autoridades se encontraban revisando lo sucedido.

Ricardo había pasado la noche en casa de un vecino después de advertir movimientos extraños alrededor de su propiedad.

Daniel e Isabella acudieron acompañados por el abogado, una vez que les confirmaron que podían acercarse sin interferir en las diligencias.

Alejandro se quedó en la hacienda con Mateo, aunque antes de que Isabella saliera le entregó su chaqueta.

—Hace frío —le dijo.

—Alejandro, tengo abrigo.

—Lo sé. Pero esta es más cómoda.

Ella lo miró con una sonrisa.

—¿Siempre necesitas tener la última palabra?

—No. A veces me conformo con tener razón.

Isabella negó con la cabeza, divertida.

—Eres insoportable.

—Y aun así me besas.

Ella se acercó y le dio un beso breve.

—No te acostumbres demasiado.

—Demasiado tarde.

Mateo apareció detrás de ellos con su libreta.

—¡Tengo una actualización!

Alejandro suspiró.

—¿Ahora qué?

—Punto número nueve: cuando dos personas se quieren, deben darse besos antes de salir porque nunca se sabe cuándo van a regresar.

Isabella se quedó mirándolo, emocionada por aquella inocencia.

—Ese punto me parece muy bonito, Mateo.

—Lo sé. Soy un experto en el amor.

Alejandro le revolvió el cabello.

—Eres un experto en meterte en las conversaciones de los demás.

—También.

Isabella se rio y se marchó con Daniel.

Sin embargo, cuando la camioneta tomó el camino hacia la ciudad, la sonrisa desapareció de su rostro.

Estaba a punto de enfrentarse a otra parte de su pasado.

Y no sabía si estaría preparada para escucharla.

Lo que Ricardo había callado

Ricardo los esperaba en la sala de su casa. Parecía agotado y llevaba la misma ropa de la noche anterior.

Al ver a Isabella, se levantó.

—Siento que hayas tenido que venir por esto.

Ella no lo abrazó.

—Necesito saber qué ocurrió con la carpeta.

Ricardo asintió y les indicó que tomaran asiento.

El abogado explicó que cualquier información sobre el documento debía quedar registrada y que no convenía manipular otros papeles sin documentar su procedencia.

—Ahora sí, Ricardo —dijo Daniel—. Cuéntanos todo.

El hombre juntó las manos.

—La noche que fui a ver a tu padre, discutimos por la operación. Él estaba convencido de que alguien había utilizado información privada de la familia. Yo creía que todavía podíamos identificar al responsable y resolver el problema.

—Eso ya lo sabemos —respondió Daniel—. Lo que no sabemos es por qué te llevaste la carpeta.

Ricardo miró a Isabella.

—Tu padre me pidió que la sacara de su despacho porque temía que alguien tuviera acceso a sus archivos. Me dijo que allí estaban los documentos que podían demostrar cómo se había modificado la autorización.

Isabella sintió un nudo en la garganta.

—¿Por qué no la guardó él?

—Porque pensaba que su despacho ya no era seguro. Había encontrado señales de que alguien había consultado documentos sin su autorización.

—¿Y quién te ayudó a esconderla? —preguntó Daniel.




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