Entre el amor y la hacienda

Capítulo 29: El secreto de Tomás Beltrán

Capítulo 29: El secreto de Tomás Beltrán

La noche cayó sobre la Hacienda Los Olivos, pero nadie en la casa principal parecía dispuesto a dormir.

En la sala, Daniel permanecía sentado frente al abogado, mientras el sobre que Ricardo había entregado descansaba sobre la mesa. Isabella estaba junto a la ventana, mirando los jardines sin ver realmente nada.

Tomás Beltrán.

El nombre se repetía en su cabeza como una pregunta imposible de responder.

Tomás había sido mucho más que un amigo de su padre. Había estado presente en los cumpleaños familiares, en las reuniones navideñas y en los momentos difíciles. Después de la muerte de su padre, incluso se había ofrecido a ayudarlos con algunos asuntos de la empresa.

¿Cómo podía ser la misma persona que ahora aparecía relacionada con aquella operación?

—Isa —la llamó Daniel.

Ella se volvió.

—¿Qué pasa?

—El abogado considera que debemos revisar el contenido del sobre con cuidado y registrar cómo lo recibimos. Mañana se iniciará la revisión formal.

—¿No podemos abrirlo esta noche?

El abogado negó suavemente.

—Podemos documentar su estado y acordar el procedimiento para examinarlo. No quiero que una pieza importante pierda valor probatorio por apresurarnos. Además, debemos distinguir lo que tu padre escribió de aquello que podamos demostrar con otros documentos.

Isabella respiró hondo.

—Está bien. Esperaré.

No era fácil, pero había aprendido algo durante los últimos días: una respuesta inmediata no siempre era una respuesta confiable.

Daniel se acercó a ella cuando el abogado guardó sus cosas.

—¿Quieres que mañana hablemos con Tomás?

—Sí.

—Podría ser una conversación complicada.

—Todas lo han sido, Daniel. Ya no quiero que nadie me proteja ocultándome información.

Su hermano la abrazó.

—No volveré a hacerlo.

Ella cerró los ojos un instante.

—Eso es lo único que te pido.

El hombre que esperaba en la entrada

A la mañana siguiente, Alejandro acompañó a Isabella hasta la casa principal.

Ella apenas había probado el desayuno y tenía el teléfono en la mano desde que despertó.

—¿Le escribiste a Tomás? —preguntó Alejandro.

—Sí. Le dije que Daniel y yo necesitamos hablar con él sobre unos documentos de papá.

—¿Qué respondió?

Isabella le mostró la pantalla.

El mensaje era breve:

«Por supuesto, hija. Siempre estaré dispuesto a ayudarlos. Puedo recibirlos hoy a las doce. Espero que no sea nada grave».

Isabella sintió un escalofrío al leer la palabra hija.

—Siempre me llamaba así —murmuró—. Desde que era pequeña.

Alejandro la observó con ternura.

—Que alguien te haya querido no significa que debas ignorar las preguntas que hoy necesitas hacerle.

—¿Y si me miente?

—Entonces tendrás que decidir qué hacer con lo que descubras. Pero no tienes que resolverlo todo en una sola conversación.

Ella guardó el teléfono.

—¿Sabes qué es lo que más me duele?

—Dime.

—Que una parte de mí sigue queriendo creer que existe una explicación sencilla. Que todo es un malentendido, que alguien utilizó su nombre o que Ricardo está equivocado.

Alejandro le tomó la mano.

—No tienes que renunciar a esa posibilidad. Solo tienes que estar preparada para escuchar, sin dejar de pedir pruebas.

Isabella lo miró durante varios segundos.

—¿Cómo haces para saber qué decirme?

—No siempre lo sé.

—Pues disimulas muy bien.

Él sonrió.

—Es porque tengo una asesora muy exigente.

—¿Quién?

—Una mujer que vive en una cabaña, me mira como si pudiera descubrir todos mis secretos y todavía no decide si quiere quedarse conmigo.

Isabella soltó una carcajada.

—¡Alejandro!

—¿Qué? Estoy hablando de una situación muy delicada.

Ella se acercó y lo besó suavemente.

—Gracias por estar aquí.

—Gracias por dejarme estar.

Por un momento, la preocupación quedó en segundo plano. Isabella no sabía qué descubriría ese día, pero comenzaba a comprender que podía afrontar la incertidumbre sin perderse a sí misma.

Desde el otro lado del patio, Mateo los observaba con su libreta bajo el brazo.

—¡Papá!

Alejandro se apartó con una sonrisa.

—¿Qué sucede, campeón?

Mateo abrió la libreta en una página nueva.

—Tengo que actualizar la Operación: Hacer Feliz a la Gente que Quiero.

Isabella se llevó una mano a la boca para ocultar la risa.

—¿Y qué vas a agregar?

El niño escribió concentrado.

—Punto número siete: cuando los adultos tienen problemas, deben comer algo antes de discutir porque con hambre toman malas decisiones.

Alejandro levantó las cejas.

—¿Quién te enseñó eso?

—La abuela. Dice que cuando tú no desayunas, te pones insoportable.

—Voy a tener una conversación con mi madre.

—Y punto número ocho —continuó Mateo—: los abrazos no solucionan todos los problemas, pero ayudan.

Isabella se agachó para abrazarlo.

—Ese punto me parece excelente.

Mateo sonrió satisfecho.

—Lo sabía.

La conversación pendiente

A las doce en punto, Isabella y Daniel llegaron a la casa de Tomás.

El abogado los acompañaba, aunque acordaron que su presencia sería discreta y que cualquier documento que surgiera durante la conversación sería registrado antes de examinarse.

Tomás los recibió en su despacho.

Era un hombre de sesenta y tantos años, de cabello plateado y modales tranquilos. Se levantó para abrazar a Isabella, pero ella se quedó quieta.

Él lo notó.

—¿Qué ocurre, hija?

—Necesitamos hablar de la operación comercial que papá detuvo antes de morir.

La sonrisa de Tomás desapareció lentamente.

Daniel colocó sobre el escritorio una copia del documento donde figuraba su nombre como representante de la empresa que había presentado la propuesta.

—¿Reconoces este registro?

Tomás se puso los lentes y examinó la hoja.




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