Entre el amor y la hacienda

Capítulo 5. Una mujer demasiado interesante

Capítulo 5. Una mujer demasiado interesante

A las siete de la mañana, Isabella Valdés descubrió que el canto de los gallos era mucho menos romántico cuando se convertía en el despertador personal de una persona.

—¡Por favor! —protestó, enterrando la cara en la almohada—. ¡Todavía no ha amanecido del todo!

El gallo respondió desde algún lugar cercano.

Isabella abrió un ojo.

—No te estoy preguntando.

Otro cacareo atravesó la tranquilidad del campo.

La joven se incorporó lentamente y miró el reloj de la mesita.

Las siete y tres.

En la ciudad, a esa hora, normalmente estaba terminando su primera taza de café y revisando los mensajes del día. Allí, en cambio, había un gallo que parecía tener una opinión muy firme sobre sus horarios de sueño.

Se levantó, abrió las cortinas y contempló el paisaje.

El sol comenzaba a iluminar las montañas. Una ligera neblina flotaba sobre el arroyo y las gotas de rocío brillaban sobre el césped.

La vista era espectacular.

—Está bien —murmuró—. Admito que tienes razón, señor gallo. Es una mañana preciosa.

El animal volvió a cantar.

—Pero no te acostumbres a ganar todas las discusiones.

Después de ducharse, Isabella se puso unos pantalones de mezclilla, una blusa blanca y unas botas cómodas que había comprado meses atrás para un viaje que nunca llegó a realizar.

Se recogió el cabello en una coleta y preparó café.

Mientras esperaba que estuviera listo, observó las fotografías familiares que había colocado sobre la cómoda.

Su madre sonreía desde una imagen tomada durante un cumpleaños. Daniel tenía un brazo alrededor de los hombros de Camila, quien hacía una mueca exagerada frente a la cámara.

Isabella sintió una punzada de nostalgia.

Extrañaba a su familia.

Pero, por primera vez, no sintió que tuviera que regresar inmediatamente para demostrarles que todo estaba bien.

Podía estar triste y seguir adelante.

Podía extrañarlos sin renunciar a aquel viaje.

Podía comenzar de nuevo sin tener todas las respuestas.

Tomó su taza y salió al porche.

El aire fresco le acarició el rostro.

—Buenos días, nueva vida —susurró.

Y, por primera vez, la frase no le pareció una tontería.

En la Hacienda Los Olivos, Mateo Montenegro también había comenzado el día con grandes expectativas.

Llevaba despierto desde las seis y media.

Se había lavado los dientes sin que nadie se lo recordara, había elegido una camisa de cuadros y había intentado peinarse.

El resultado era discutible.

Pero lo importante era la intención.

—¿Por qué estás tan arreglado? —preguntó Mercedes al verlo entrar en la cocina.

—Porque hoy tengo cosas importantes que hacer.

Su abuela le sirvió un vaso de leche.

—¿Más importantes que desayunar?

—Muchísimo más.

—Entonces supongo que no querrás hotcakes.

Mateo se sentó inmediatamente.

—Una cosa no tiene que ver con la otra, abuela.

Mercedes soltó una carcajada.

—Eres igualito a tu padre.

—No. Papá nunca se arregla tanto.

—Eso es cierto.

Mateo comió rápidamente y miró hacia la ventana.

La cabaña del arroyo se encontraba a unos minutos de la casa principal.

Si calculaba bien el tiempo, Isabella estaría desayunando.

Quizá estaría leyendo.

Quizá estaría tomando café.

Quizá estaría aburrida.

Y, si estaba aburrida, podría acompañarlo a las caballerizas.

Y si lo acompañaba a las caballerizas, quizá su padre apareciera.

Y si su padre aparecía…

Mateo sonrió.

El plan era sencillo.

Demasiado sencillo para que pudiera fallar.

—Abuela, ¿puedo ir a visitar a Isabella?

Mercedes dejó la cuchara sobre la mesa.

—Después de que termines de desayunar.

—Ya terminé.

—¿Y después de que te pongas los zapatos?

Mateo miró sus pies.

Llevaba una bota puesta y la otra en la mano.

—Estoy en proceso.

—Termina el proceso y podrás ir.

El niño se puso la segunda bota con tanta rapidez que casi se cayó de la silla.

Mercedes negó con la cabeza.

Aquel pequeño tenía una energía inagotable.

Y una sospechosa afición por la nueva huésped.

A las ocho y cuarto, Isabella escuchó unos golpecitos en la puerta.

Abrió y encontró a Mateo de pie en el porche, con una sonrisa radiante y una pequeña bolsa de papel en las manos.

—¡Buenos días!

—¡Buenos días, Mateo! ¿Qué haces por aquí tan temprano?

—Vine a traerte algo.

Le entregó la bolsa.

Isabella la abrió y descubrió dos galletas caseras envueltas en una servilleta.

—¡Qué detalle tan bonito! Gracias.

—Las hizo mi abuela.

La joven levantó la mirada.

—¿Y tú ayudaste?

Mateo dudó.

—Yo supervisé.

—Ah, entiendo. Un trabajo muy importante.

—Exactamente.

Isabella se echó a reír y lo invitó a pasar.

El niño entró con la confianza de quien ya había decidido que aquella cabaña era un lugar digno de futuras visitas.

Observó la pequeña sala, los cojines, los libros y una manta doblada sobre el sofá.

—¿Tienes televisión?

—Sí, pero todavía no la he encendido.

Mateo la miró con una expresión de profunda preocupación.

—¿Y qué haces por las noches?

—Leo, escucho música o me siento en el porche.

El niño abrió mucho los ojos.

—¿Sin televisión?

—Sin televisión.

Mateo guardó silencio.

Era evidente que necesitaba tiempo para procesar aquella información.

—Mi papá dice que hay que aprovechar el tiempo.

—Tiene razón.

—Pero tú lo aprovechas sentada.

Isabella se llevó una mano al pecho.

—Me has descubierto.

Mateo sonrió.

—No te preocupes. No voy a decirle a nadie.

Ella volvió a reír.

Después colocó las galletas sobre la mesa y preparó una segunda taza de café para acompañar su desayuno.

—¿Quieres leche?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.