Las palabras de Julián Meyer quedaron flotando en el aire salado, amenazando con destrozar el frágil castillo de naipes que Elena y Adrián habían construido.
Elena se obligó a no retroceder. Si mostraba miedo, si mostraba vacilación, Julián confirmaría sus sospechas y Damián tendría la munición que necesitaba antes de llegar a la capital.
—Tenés una imaginación muy vívida, Julián. Deberías escribir novelas de espionaje en lugar de dirigir empresas de logística.
Elena esbozó una sonrisa condescendiente, la misma sonrisa que le había visto ensayar a Victoria Valmont. Se sintió sucia al usarla, pero era su única armadura.
—¿Una caja fuerte? —continuó ella, soltando una risa ligera—. Adrián me mira como un hombre que sabe exactamente lo que tiene. Quizás tu problema es que estás acostumbrado a mujeres que se abren como puertas automáticas cuando les mostrás tu chequera.
Julián parpadeó, sorprendido por la dureza del contraataque. La sonrisa se le borró por un segundo antes de volver a aparecer, esta vez con un matiz de respeto genuino.
—Touché, Elena. Sos letal. Retiro lo dicho. Adrián no consiguió una esposa; consiguió un guardaespaldas.
Pero antes de que Elena pudiera saborear su pequeña victoria verbal, el aire a su alrededor se volvió denso.
Adrián apareció detrás de Julián como un depredador surgiendo de la maleza. No dijo una palabra al principio. Simplemente se paró a espaldas del heredero de Meyer Logistics, irradiando una hostilidad tan cruda que Julián se giró instintivamente, sintiendo la amenaza física.
—Julián —saludó Adrián, con una frialdad que congelaba el trópico—. ¿Problemas para socializar con tus pares de la industria naviera, o simplemente tenés una fijación malsana con el lado equivocado del yate?
Julián levantó las manos en gesto de paz, pero la burla seguía intacta en sus ojos.
—Adrián. Solo estaba comprobando que Elena no muriera de aburrimiento mientras vos discutías fusiones y márgenes de ganancia. De nada, por cierto.
—No necesito tu ayuda para cuidar a mi esposa. Ni para entretenerla.
Adrián no esperó a que Julián se retirara. Avanzó, ignorando por completo la existencia del otro hombre, y se paró justo frente a Elena.
La baranda de caoba quedó a espaldas de ella, y Adrián la encerró con su propio cuerpo.
Si en el acantilado había actuado por un instinto primitivo de posesión, aquí, a plena luz del día y con decenas de inversores observándolos de reojo, la maniobra fue calculada y devastadora.
Adrián deslizó su mano derecha por la cintura de Elena, pasando por debajo de la seda del pareo, hasta que su palma grande y cálida descansó sobre la piel desnuda de su cadera. El contraste de temperatura le arrancó un pequeño e involuntario jadeo a Elena.
—Perdón por la demora, mi amor —dijo Adrián en voz alta, asegurándose de que la palabra "amor" sonara con una naturalidad aplastante—. Los nórdicos son agotadores.
Elena lo miró a los ojos. En el gris de sus pupilas no había actuación; había fuego. Una rabia posesiva que la estaba devorando a plena luz del día.
Julián, sintiéndose repentinamente como un voyeur incómodo, se aclaró la garganta.
—Los dejo solos, tortolitos. Iré a buscar otra copa.
Apenas Julián desapareció hacia la popa, Elena intentó apartar la mano de Adrián de su cadera, pero él afianzó el agarre, apretándola contra sí.
—No te muevas —le susurró él al oído, inclinándose como si le estuviera diciendo un secreto romántico—. Están todos mirando. Damián sembró dudas. Meyer está testeando las defensas. Tenemos que darles el puto espectáculo que vinieron a ver.
—Estás cruzando la línea, Adrián —murmuró ella, sintiendo que el corazón le latía desbocado en la garganta. Su piel ardía donde él la tocaba.
—La línea la dibujamos nosotros, Elena. Y en este momento, necesito que todo el maldito yate crea que no puedo quitarte las manos de encima.
Sin darle tiempo a protestar, la mano izquierda de Adrián subió por la nuca de ella, enredándose en su cabello y empujándola hacia él.
El beso no fue como el de la boda civil. No fue un sello formal frente a un juez.
Fue un reclamo público, intenso y abrumador. Adrián la besó con una desesperación calculada, saboreando el mar, el sol y la tensión acumulada. Sus labios exigieron apertura, y el cuerpo de Elena, traicionando a la lógica, cedió al instante. El vértigo del yate se multiplicó por mil. Sus manos subieron instintivamente por el pecho de la camisa de lino de él, aferrándose a la tela para no perder el equilibrio.
Cuando Adrián finalmente se separó, los pulmones de Elena ardían por falta de oxígeno.
Él la miró, con la respiración entrecortada y el pulso visible latiendo en su cuello. La máscara del CEO se había agrietado peligrosamente. Ya no estaba actuando. El fuego en sus ojos era real.
—Creo que el espectáculo fue suficiente —susurró ella, con la voz ronca, incapaz de apartar la mirada.
Adrián deslizó su pulgar por el labio inferior de Elena.
—Nunca es suficiente con vos.
