Las reglas que rompimos

Capítulo 37: El anillo de platino

Elena no corrió. No hizo una escena histérica destrozando los objetos de valor incalculable que adornaban el penthouse. Esa era una reacción de alguien a quien le importa el lugar en el que está.
Caminó hacia la habitación principal con la misma dignidad herida con la que había entrado el primer día.

Adrián la siguió hasta el marco de la puerta. Se quedó allí, apoyado contra la madera oscura, observando cómo ella sacaba sus dos valijas de lona del vestidor y las abría sobre la cama inmensa.
No empacó ninguno de los vestidos de seda que los asesores de imagen del Grupo Valmont habían comprado para ella. No empacó los zapatos de diseño ni las joyas. Solo guardó sus suéteres tejidos a mano, sus jeans, sus herramientas de restauración y sus libros. Exactamente los mismos cuarenta kilos de vida que había traído desde Liria.

—No podés irte así —dijo Adrián. La desesperación le agriaba la voz—. Damián va a enterarse de inmediato. Si cruzás esa puerta con las valijas, mañana por la mañana la junta anula el fideicomiso. Pierdo la empresa.
Elena cerró la cremallera de la primera maleta con un sonido estridente.
—Damián ya ganó, Adrián. Y la empresa me importa un reverendo carajo. Ojalá se hunda en el mismo infierno en el que hundieron a mi padre.
—Elena... te lo ruego. Hablemos de esto. Castigame todo lo que quieras. Odiame. Pero no te vayas.
Ella se detuvo y lo miró fijamente. Adrián Valmont, el intocable, el hombre que no pedía perdón, le estaba suplicando.
—La Regla Número Cuatro prohibía mostrar debilidades, Adrián. La Regla Número Cinco prohibía enamorarnos —recitó ella, con una frialdad matemática—. Rompimos las dos. El contrato es nulo por incumplimiento de ambas partes. Se terminó.

Tomó la segunda valija y la bajó de la cama.
Antes de avanzar hacia la salida, se detuvo frente a él. Adrián no bloqueó la puerta. Sabía que usar la fuerza física o el poder para retenerla solo confirmaría que era el monstruo que ella creía que era.

Elena levantó la mano izquierda. Con movimientos precisos, deslizó el pesado anillo de platino con el diamante negro incrustado por encima de su nudillo.
Tomó la mano derecha de Adrián y depositó el anillo en su palma, cerrando los dedos de él sobre el metal frío.
—Pagaste la hipoteca de mi casa. Eso fue un trato cerrado. A cambio, te di la farsa del Registro Civil y salvé tu pellejo en la junta directiva. Estamos a mano, Valmont. No me debes nada y yo no te debo nada.

—Me debes la oportunidad de demostrarte que no soy mi padre —susurró él, apretando el anillo en su puño hasta que los bordes del platino se le clavaron en la piel.
—Tu firma en ese papel demuestra exactamente lo contrario. No me busques. No me llames. Y si enviás a alguno de tus matones de traje a Liria, te juro que le entrego el acta de la asamblea a la prensa financiera y destruyo tus acciones yo misma.

No hubo beso de despedida. No hubo un último abrazo.
Elena cruzó el umbral de la habitación, atravesó el salón y llamó al ascensor privado. Las puertas de acero se abrieron de inmediato. Subió con sus maletas, y sin mirar atrás, presionó el botón de la planta baja.
Cuando las puertas se cerraron, cortando la conexión visual, Adrián se quedó solo en el silencio sepulcral del piso noventa.
El penthouse nunca le había parecido tan inmenso, ni tan insoportablemente vacío. Había conservado el imperio de cristal que su abuelo le había legado, pero sentía que acababa de perderlo absolutamente todo.

El viaje en tren de regreso a Liria fue una tortura lenta.
La lluvia que había azotado Avelmont seguía golpeando contra las ventanas del vagón. Elena observó su reflejo pálido en el cristal durante las cuatro horas que duró el trayecto.
No sentía el alivio de la liberación. El peso de la verdad no la había purgado; la había vaciado.
Durante toda su vida, había odiado a la corporación abstracta que había destruido a su padre. Pero descubrir que la mano ejecutora pertenecía al hombre del que se había enamorado irrevocablemente era un veneno para el que no tenía antídoto.

Cuando llegó a la estación de Liria, la madrugada estaba en su punto más oscuro.
Caminó arrastrando sus maletas por las calles empedradas, sintiendo el aire helado de la montaña clavarse en sus pulmones. Llegó a su casa, la misma casa de madera que ahora estaba libre de deudas.
Giró la llave en la cerradura, empujó la puerta y encendió la luz del recibidor.
Todo estaba igual. El olor a lavanda, los libros apilados, la chimenea apagada.

Pero ya no se sentía como su hogar.
Se sentía como una tumba.
Se dejó caer en el sofá gastado de la sala, abrazando sus rodillas, y el sonido de sus propios sollozos ahogados fue lo único que rompió el silencio de la madrugada en el sur de Valdoria.




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