Las reglas que rompimos

Capítulo 17: La misma cama

El camino de regreso a la Villa Presidencial fue un ejercicio de contención insoportable. El viento del océano golpeaba contra ellos, pero no era suficiente para enfriar la rabia y la adrenalina que todavía vibraban en el aire tras la discusión en el acantilado.
Adrián caminaba medio paso por delante, con los puños apretados dentro de los bolsillos del esmoquin. Elena lo seguía en silencio, sintiendo que la tela del vestido rojo le quemaba la piel allí donde él la había tocado.

Ninguno dijo una sola palabra al cruzar la puerta de la villa. El sonido del mar quedó ahogado por el aislamiento acústico de los pesados cristales.
Adrián se quitó el saco y lo tiró sobre el sillón de diseño minimalista de la sala, aflojándose el nudo del moño negro con un tirón seco.
—El baño es tuyo primero —dijo él, sin mirarla, dirigiéndose hacia el minibar para servirse un vaso de agua helada.
Elena asintió de forma casi imperceptible y se encerró en el inmenso cuarto de baño de mármol negro.

Al desabrocharse el vestido, sus manos temblaron. Se miró en el espejo, iluminada por las luces tenues. Tenía las pupilas dilatadas y el pecho subía y bajaba con demasiada rapidez.
No era miedo lo que sentía. Era algo infinitamente más peligroso.
Cuando Adrián la acorraló contra la piedra, cuando le exigió exclusividad territorial con esa furia irracional, Elena no había sentido rechazo. Había sentido una respuesta instintiva, primitiva y oscura que la aterraba. Se estaba olvidando de que todo esto era una farsa comprada con el dinero de una hipoteca.

Tardó veinte minutos en ducharse con agua casi hirviendo, intentando borrar el olor a sal y a la colonia de sándalo de Adrián de su piel. Se puso un pijama de seda gris, sobrio y conservador, y salió al dormitorio.
La luz principal estaba apagada. Solo dos lámparas de lectura iluminaban la inmensa cama matrimonial.
Adrián ya estaba acostado del lado derecho, dándole la espalda, con el torso desnudo cubierto hasta la cintura por la sábana blanca. La musculatura de su espalda se marcaba en la penumbra, tensa como la cuerda de un arco.

Elena caminó de puntillas, sintiéndose como una intrusa en territorio hostil. Levantó las sábanas del lado izquierdo y se deslizó en la cama, manteniéndose al borde del abismo para maximizar la distancia.
El colchón apenas se hundió, pero Adrián percibió el movimiento de inmediato.
—Apagá tu lámpara cuando estés lista —murmuró él, con la voz ronca por el cansancio.
Elena estiró el brazo y giró el interruptor. La habitación quedó sumida en la oscuridad, iluminada únicamente por la luz plateada de la luna que se filtraba a través de los inmensos ventanales de cristal.

El silencio volvió a caer sobre ellos, pero era un silencio denso, eléctrico. El sonido de la respiración de Adrián, rítmica y profunda, llenaba el espacio.
Elena se quedó boca arriba, mirando el techo invisible, rígida como una estatua. Cada vez que él se movía un milímetro, el roce de las sábanas de hilo egipcio sonaba como un trueno en sus oídos.
Estaban separados por apenas un metro de distancia. Podía sentir el calor que irradiaba el cuerpo de él. Era la proximidad más íntima que había experimentado con un hombre en años, y el hecho de que fuera precisamente con Adrián Valmont lo convertía en una tortura psicológica.

—No me gusta perder el control, Elena.
La voz de él rompió la oscuridad de manera tan abrupta que ella dio un pequeño respingo. Pensó que estaba dormido.
Giró la cabeza en la almohada. Adrián seguía de espaldas, pero sabía que estaba tan despierto como ella.
—Lo noté —respondió ella, en un susurro apenas audible.

Adrián soltó un suspiro lento, casi imperceptible.
—Lo de esta noche... con Meyer. No fue una táctica corporativa.
Elena tragó saliva. El corazón volvió a acelerársele.
—¿Entonces qué fue?
Él tardó en responder. El silencio se estiró hasta volverse agonizante.
—Fue un error. Una ruptura del protocolo. Perdí la perspectiva.

Elena sintió una mezcla de alivio y decepción. La máquina corporativa volvía a tomar el control, racionalizando el estallido de celos como un fallo en el sistema.
—Regla Número Dos, Adrián —le recordó ella, aferrándose al contrato como a un salvavidas—. No celos.
Adrián se giró lentamente sobre el colchón, quedando de cara a ella. En la penumbra lunar, sus ojos oscuros se clavaron en los suyos.
—No eran celos, Elena. Era territorio. Llevás mi apellido ahora. Llevás mi anillo. No voy a permitir que nadie en este mundo te mire como si fueras una presa fácil.

La intensidad de su voz, desprovista de cualquier tono ejecutivo, la golpeó de lleno.
—No soy tu propiedad, Adrián. Ni siquiera soy tuya de verdad. Solo soy una firma en un papel.
Él extendió la mano derecha en la oscuridad, cruzando la frontera invisible de la cama. Sus dedos rozaron suavemente la muñeca de Elena, sobre las sábanas. El contacto fue ligero, como una descarga estática, pero ella no se apartó.
—Las firmas en los papeles son las que sostienen el mundo, Elena. Buenas noches.
Adrián retiró la mano, volvió a darse la vuelta y cerró los ojos.
Elena se quedó mirando el contorno de sus hombros hasta que el amanecer comenzó a teñir el cielo de violeta, completamente incapaz de conciliar el sueño, aterrorizada por el hecho de que no le había molestado en absoluto que él la llamara su territorio.

El silencio en la habitación principal del penthouse era distinto al de las semanas anteriores. Ya no era el silencio de dos extraños evitándose; era el silencio tenso y cargado de estática de dos personas hiperconscientes de la presencia del otro. Adrián salió del baño principal. Llevaba unos pantalones de pijama grises y el torso desnudo. El aire acondicionado mantenía la habitación a veintiún grados exactos, pero la atmósfera parecía hervir.




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