La fiebre no cedió hasta bien entrada la mañana. Elena no durmió. Pasó las siguientes seis horas cambiando las compresas frías, controlando su respiración y obligándolo a tomar agua cada vez que se removía inquieto.
A las siete y media, el teléfono de seguridad de Adrián comenzó a vibrar incesantemente sobre la mesa de noche. Elena lo tomó. Era Marcos, su secretario ejecutivo. Salió de la habitación cerrando la puerta y contestó. —Marcos. Soy Elena. El secretario dudó un segundo al otro lado de la línea. —Señora Valmont. Mis disculpas. Necesito hablar urgente con el señor Valmont. Los inversores de la naviera ya están en la sala de juntas.
—El señor Valmont no va a asistir a la reunión de hoy. Ni a ninguna otra durante las próximas cuarenta y ocho horas. Está enfermo. —¿Enfermo? —La voz de Marcos sonó aterrada—. Señora, Damián está en el edificio. Si el señor Valmont no se presenta, Damián va a tomar la cabecera de la reunión. Es una muestra de debilidad inaceptable en este momento. Elena se tensó, recordando la regla de oro de la familia Valmont. La debilidad era una invitación a los buitres.
—Marcos, escuchame bien —dijo Elena, adoptando un tono de autoridad que nunca había usado, un tono extrañamente parecido al de su marido—. Vas a bajar a esa sala de juntas y les vas a decir a los inversores que Adrián está revisando un anexo confidencial de la fusión desde su despacho privado y que me ha delegado la orden de posponer la reunión técnica hasta el lunes. —Pero... si el señor Damián exige pruebas... —Si Damián hace una sola pregunta, decile que si tiene algún problema con la agenda de Adrián, puede venir a quejarse conmigo al penthouse. Yo me encargo de él. ¿Entendido? —Sí, señora Valmont. Inmediatamente.
Elena colgó el teléfono, sintiendo que el corazón le latía a mil por hora. Acababa de involucrarse directamente en la guerra de sucesión del Grupo Valmont. Regresó a la habitación. Adrián se estaba moviendo. La fiebre lo tenía atrapado en un duermevela agitado. Sudaba profusamente y apretaba las sábanas con las manos. Se sentó a su lado, secándole la frente con la toalla húmeda. —Tranquilo... ya pasó —le susurró ella de forma instintiva, acariciándole el cabello oscuro, que ahora estaba húmedo y desordenado.
El tacto pareció calmarlo por un momento. Adrián giró la cabeza hacia su mano, buscando el contacto frío de su piel, pero sus cejas seguían fruncidas en un gesto de angustia profunda. —No fue un error... —murmuró él, con la voz pastosa y los ojos fuertemente cerrados. —Shh, descansá, Adrián. Estás volando de fiebre. Pero el delirio febril no le permitía detenerse. Adrián apretó la mandíbula, y las siguientes palabras que salieron de su boca helaron la sangre de Elena.
—Elar... la constructora... yo lo firmé. Elena retiró la mano como si le hubiera dado una descarga eléctrica. —¿Qué dijiste? —preguntó ella, acercándose más, con el pulso repentinamente desbocado. Adrián se removió, atrapado en su propia pesadilla corporativa. —Los números... solo eran números, papá. No sabía quién era... no sabía que era él. No quería destruirlo.
Las palabras eran inconexas, fragmentadas por la fiebre, pero los nombres estaban ahí. Elar. Su constructora. Destruirlo. Elena sintió que el aire abandonaba la habitación. Se quedó mirando el rostro febril del hombre que dormía en su cama. ¿Qué sabía Adrián sobre la caída de Alejandro Veyra? En Liria, él le había asegurado que era solo un estudiante cuando su padre quebró, que había sido una coincidencia del mercado. Pero los delirios de la fiebre rara vez inventaban historias de la nada; solían destapar las cajas negras de la culpa.
El impulso de sacudirlo, de despertarlo y exigirle respuestas, la consumió. Pero Adrián dejó escapar un gemido sordo de dolor, llevándose una mano al pecho, exhausto por el esfuerzo de su propio cuerpo luchando contra la infección. Elena retrocedió. No podía interrogar a un hombre que apenas estaba consciente. Pero la semilla de la duda que Damián había plantado en la piscina de Elyra acababa de germinar, regada por las propias palabras de Adrián. Algo oscuro unía la firma de su esposo con la muerte de su padre. Y ella iba a descubrir qué era.
