Las reglas que rompimos

Capítulo 35: La sombra de Damián

El subsuelo 4 de la Torre Valmont era el cementerio donde los secretos corporativos iban a morir. No había luz natural, ventanas, ni oficinas elegantes. Era una cuadrícula infinita de pasillos grises flanqueados por estanterías metálicas que llegaban hasta el techo, repletas de cajas de archivo muerto. El olor a papel viejo, polvo y aire acondicionado reciclado era asfixiante.

Elena llevaba tres días encerrada allí abajo. Llegaba a las nueve de la mañana, cruzaba el lobby de cristal con su nueva tarjeta negra de acceso VIP y bajaba a las catacumbas hasta las siete de la tarde.
Había instalado una mesa provisional bajo un foco fluorescente parpadeante. Estaba rodeada de cajas de cartón etiquetadas con el logotipo de la Constructora Elar y las docenas de empresas pantalla que el Grupo Valmont había utilizado para drenarle los fondos.

El trabajo era exhaustivo y desmoralizante. Adrián tenía razón: no había una confesión escrita. Todo estaba oculto tras un muro de terminología contable densa, transferencias cruzadas y vacíos legales. Pero Elena tenía la paciencia de una investigadora. Lentamente, iba armando el rompecabezas. Veía cómo se habían inflado los costos de los materiales en las obras de su padre, cómo se habían cortado las líneas de crédito misteriosamente y cómo las empresas de Gabriel Valmont habían comprado la deuda por centavos en el momento de mayor desesperación.

Era jueves por la tarde. El cansancio le nublaba la vista. Se frotó los ojos y tomó un sorbo de café frío de un vaso de cartón.
—Esa tenacidad es admirable, debo admitirlo.
La voz resonó en el silencio cavernoso del archivo, haciendo que Elena diera un salto en su silla.
Damián Valmont estaba de pie al final del pasillo, vestido con un traje gris claro, apoyado casualmente contra una estantería metálica. Su sonrisa no había perdido nada del veneno que ella había visto en la junta directiva.

—¿Qué hacés acá, Damián? Creí que la junta te había suspendido —dijo Elena, poniéndose a la defensiva y cerrando la carpeta que tenía sobre la mesa.
Damián avanzó lentamente, sus zapatos de cuero haciendo eco en el piso de cemento alisado.
—Suspendido del comité ejecutivo, sí. Pero sigo siendo un accionista mayoritario y miembro de esta familia. Mi tarjeta de acceso sigue funcionando en las puertas que importan.
Se detuvo frente a la mesa de Elena, mirando la pila de cajas abiertas con fingida lástima.
—Buscando fantasmas, veo. Intentando limpiar la mancha del nombre Veyra.

—Buscando la verdad —lo corrigió ella, levantando la barbilla—. Algo que en tu familia no conocen.
—Oh, Elena, me ofendés. Yo soy el único en mi familia que intentó mostrarte la verdad desde el principio. Te lo dije en la cena, te lo advertí en la piscina de Elyra. Gabriel Valmont destruyó a tu padre. Y vos, en tu infinita ingenuidad, fuiste a la junta a mentir para salvarle el pellejo al hijo de ese mismo monstruo.
—Adrián no es su padre —siseó ella, sintiendo la necesidad irracional de proteger al hombre que amaba—. Adrián no tuvo nada que ver con la caída de la Constructora Elar. Él me lo dijo. Estaba en la universidad cuando esto pasó.

Damián soltó una carcajada corta, genuina y profundamente cruel. El sonido rebotó en los pasillos vacíos.
—¿Adrián te dijo eso? ¿Que era solo un estudiante universitario inocente?
El estómago de Elena se contrajo. El tono de burla de Damián no era el de alguien que está faroleando.
—Sí. Y yo le creo a él antes que a vos.
Damián se inclinó sobre la mesa, apoyando ambas manos sobre el metal frío y acercando su rostro al de ella. Sus ojos brillaban con una malicia perversa.

—Adrián se graduó de Zúrich a los veintidós años con honores, Elena. Era un niño prodigio de las finanzas. Gabriel no lo mandó de viaje a festejar. Lo puso a trabajar de inmediato como Auditor Junior en el departamento de adquisiciones hostiles. Fue su prueba de fuego para demostrar que tenía el estómago necesario para heredar la empresa.
—No sé qué pretendés lograr con esto, Damián.
—Pretendo que dejes de buscar en las cajas equivocadas.

Damián dio la vuelta a la mesa y se acercó a un sector de estanterías etiquetado como "Anexos Operativos 2016". Pasó el dedo por los lomos de las carpetas llenas de polvo hasta que se detuvo en una específica, marcada con el código rojo de máxima confidencialidad.
La sacó de la estantería y la dejó caer con un ruido sordo frente a Elena.
—Estás leyendo los reportes finales, Elena. Los informes maquillados por los abogados de mi tío. Lo que tenés que leer son las auditorías preliminares. Las evaluaciones de riesgo donde se decidió, matemáticamente, que hundir a Alejandro Veyra era más rentable que salvarlo.

Elena miró la carpeta roja como si fuera una serpiente a punto de morderla.
—Leela, Elena —la instigó Damián en un susurro oscuro—. Y después, cuando veas la firma del auditor que recomendó ahogar financieramente a tu padre cortándole el crédito, volvete al penthouse y decile a tu adorado esposo cuánto lo amás.

Damián no esperó a ver la reacción de ella. Dio media vuelta y se alejó por los pasillos del archivo muerto, su silueta desapareciendo en la penumbra, silbando una melodía indescifrable que se perdió en el silencio.

Elena se quedó sola bajo la luz fluorescente. La carpeta roja descansaba frente a ella. Tenía las manos congeladas. El aire acondicionado parecía haberle robado todo el oxígeno a la habitación.
Lentamente, con dedos temblorosos, abrió la solapa de cartón grueso.
El documento principal era un "Análisis de Viabilidad y Absorción de Activos: Caso Constructora Elar". Constaba de treinta páginas de jerga financiera brutal y deshumanizada. Se detallaban las debilidades de su padre, su excesiva confianza, su exposición a los créditos de riesgo y, en la última página, la recomendación explícita de asfixiar a la empresa para liquidar sus propiedades por centavos.




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