Las reglas que rompimos

Capítulo 14: El quiebre del hierro

El regreso de Elyra a Avelmont trajo consigo un descenso brutal de las temperaturas. El invierno se estaba instalando en la capital, y con él, una rutina que amenazaba con asfixiarlos a ambos.

Habían pasado cuarenta y ocho horas desde la ebullición en la Villa Presidencial. Desde entonces, Adrián había vuelto a sumergirse en la vorágine corporativa con una intensidad que bordeaba lo suicida. Salía del penthouse a las cinco y media de la mañana, antes de que el sol asomara sobre el río, y no regresaba hasta pasada la medianoche. Elena, por su parte, se refugiaba en su rincón de restauración junto al ventanal. Mantenían una distancia militar.

Era jueves por la madrugada. El reloj digital del horno marcaba las 3:15 a.m. cuando Elena se despertó sobresaltada por un ruido sordo proveniente de la sala. Se levantó con rapidez, descalza sobre el suelo radiante, y caminó por el pasillo a oscuras. La única luz provenía de la cocina abierta. Adrián estaba apoyado contra la isla de mármol. Llevaba el pantalón del traje oscuro y la camisa blanca desabotonada en el cuello, pero no llevaba el saco. Sostenía un vaso de agua con una mano temblorosa, y con la otra se aferraba al borde de la mesada como si la habitación estuviera girando.

—¿Adrián? —preguntó ella, acercándose con cautela. Él giró la cabeza lentamente. A la luz blanca de la campana extractora, su aspecto era alarmante. Estaba mortalmente pálido, y una fina capa de sudor le brillaba en la frente y en el cuello. Sus ojos, normalmente afilados y calculadores, estaban desenfocados. —Elena... —murmuró él, y su voz, siempre un barítono firme, sonó ronca y quebradiza. Antes de que pudiera decir otra palabra, las piernas le fallaron.

Elena acortó la distancia en una fracción de segundo, logrando atraparlo por los hombros antes de que su cabeza golpeara contra los taburetes de la cocina. El peso muerto de un hombre de un metro noventa casi la derriba a ella también, pero la adrenalina le dio la fuerza necesaria para guiarlo hasta el suelo de manera controlada. —¡Adrián! —exclamó, arrodillándose a su lado—. Mierda, estás ardiendo.

Le tocó la frente y el pecho desnudo a través de la camisa abierta. Irradiaba un calor antinatural, febril. Adrián cerró los ojos, respirando de manera superficial y agitada. El CEO intocable, la máquina trituradora del Grupo Valmont, acababa de colapsar en el piso de su propia cocina. —Levantate. No podés quedarte acá en el suelo. Apoyate en mí —le ordenó ella, pasando un brazo por debajo de los hombros de él.

Adrián hizo un esfuerzo monumental por obedecer. Con un gruñido sordo, se apoyó en Elena, y juntos lograron recorrer los interminables quince metros que los separaban de la habitación principal. Cuando finalmente lo dejó caer sobre el colchón, Adrián se acurrucó de costado, temblando visiblemente a pesar de la fiebre que lo consumía. Elena corrió al baño, empapó una toalla pequeña en agua fría y rebuscó en el botiquín de diseño hasta encontrar antipiréticos de amplio espectro.

Al volver a la habitación, encendió solo la lámpara de noche más tenue. Se sentó en el borde de la cama, junto a él, y le colocó la toalla fría sobre la frente. Adrián soltó un suspiro largo y tembloroso ante el contraste de temperatura. —Tragá esto —le dijo ella con suavidad, levantándole un poco la cabeza para ayudarlo a tomar las pastillas con un vaso de agua.

—Tengo... tengo una reunión con el comité a las ocho —murmuró él, con los ojos cerrados, delirando levemente por la alta temperatura—. Si no voy, Damián va a pedir una revisión de cuentas. Elena sintió una punzada de lástima que desbarató todas sus defensas. Aún al borde del colapso físico, su cerebro seguía atado al maldito imperio corporativo. —A las ocho vas a estar exactamente en esta cama, Valmont. No vas a ir a ningún lado. Yo me ocupo de Marcos. Adrián intentó protestar, pero la fiebre y el agotamiento extremo lo vencieron, sumiéndolo en un sueño intranquilo y pesado.

Elena se quedó allí sentada, observándolo. Le quitó los zapatos con cuidado y lo cubrió con el edredón grueso. Las reglas habían dictado no compartir la cama, no involucrarse. Pero viéndolo así, despojado de su armadura, pálido y vulnerable, Elena se dio cuenta de que el hielo de Adrián Valmont era solo un mecanismo de defensa para no morir congelado en su propio mundo.




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