El descenso a los archivos muertos no era un simple viaje en ascensor; era un descenso a la paranoia.
Elena llevaba su tarjeta negra de acceso VIP aferrada en la mano derecha. El ascensor de servicio, recubierto de acero inoxidable, marcaba los pisos en un descenso vertiginoso. Piso 10, piso 5, planta baja...
Cuando el indicador digital marcó el Subsuelo 1, el ascensor se detuvo bruscamente. Las puertas se abrieron.
Marcos, el secretario ejecutivo de Adrián, estaba de pie en el umbral. Llevaba su habitual traje impecable y una carpeta bajo el brazo. Al ver a Elena, no mostró sorpresa.
—Señora Valmont —saludó, subiendo al ascensor y marcando el botón de detener. Las puertas se cerraron, dejándolos solos en la cabina suspendida—. Veo que va hacia los niveles inferiores.
—Tengo curiosidad por la historia del Grupo, Marcos. Cuestiones de familia —respondió Elena, manteniendo el rostro inescrutable.
Marcos suspiró. Se ajustó las gafas y la miró directamente a los ojos. Había dejado de ser el secretario sumiso.
—Señora, trabajo para el señor Valmont desde hace siete años. Conozco su agenda, conozco sus finanzas y conozco sus secretos. Y sé perfectamente qué está yendo a buscar allá abajo.
Elena se tensó, retrocediendo medio paso.
—No sé de qué me hablás.
—Le hablo de la Constructora Elar —dijo Marcos. El nombre resonó en la cabina metálica como un disparo—. El señor Damián ha estado merodeando. Sé que sembró dudas en usted. Y sé que el señor Adrián, en su delirio febril, habló de más.
—Si sabés tanto, entonces sabés que tengo derecho a ver los archivos. Mi padre murió por culpa de esta empresa.
Marcos asintió lentamente.
—Su padre fue víctima de un sistema diseñado para devorar a los débiles. Pero si usted baja hoy a ese archivo y encuentra lo que está buscando, va a destruir al único hombre en esta torre que está intentando desmantelar ese mismo sistema desde adentro.
—¿Estás defendiendo a Adrián?
—Estoy defendiendo la realidad —replicó Marcos con firmeza—. Gabriel Valmont es el monstruo. Él dio la orden. Adrián era solo un peón de veintidós años intentando sobrevivir a su propio padre. Si usted lo expone ahora, le entrega la cabeza de Adrián en bandeja de plata a Damián, y Gabriel saldrá impune.
Elena miró los números del ascensor. Las palabras de Marcos chocaban con su sed de justicia.
—El papel dirá la verdad —murmuró ella.
—El papel solo muestra las firmas, señora Valmont. No muestra quién sostenía el arma en la cabeza del que firmaba. Tenga cuidado con lo que busca, porque cuando lo encuentre, no habrá vuelta atrás.
Marcos soltó el botón de retención, las puertas se abrieron en el subsuelo 2, y salió sin mirar atrás. El ascensor continuó su descenso, dejando a Elena más sola y más aterrada que nunca frente al abismo.
El subsuelo 4 de la Torre Valmont era el purgatorio de los números.
Lejos de los ventanales panorámicos y las alfombras de diseño del piso ochenta y dos, las catacumbas del edificio albergaban kilómetros de estanterías metálicas. Allí descansaban los secretos, los fracasos y los esqueletos financieros del Grupo Valmont de las últimas tres décadas.
El aire acondicionado siseaba constantemente, manteniendo una temperatura de dieciocho grados para preservar el papel, pero dándole al ambiente una frialdad sepulcral.
Elena llevaba dos días bajando allí con su nueva tarjeta negra de acceso VIP.
Había exigido entrar para limpiar el nombre de su padre [cite: 8]. Adrián, aterrorizado pero incapaz de negárselo sin levantar sospechas, había ordenado a seguridad que le dieran pase libre [cite: 8].
Frente a ella, bajo la luz parpadeante de un fluorescente antiguo, descansaba una mesa de metal provisional [cite: 8]. Estaba cubierta por al menos cincuenta carpetas y libros de contabilidad amarillentos.
Había empezado por el principio: los balances públicos de la Constructora Elar de 2015. El nombre de su padre, Alejandro Veyra, aparecía con frecuencia en los primeros folios, firmando autorizaciones de crédito con optimismo.
—Es inútil —murmuró Elena, pasándose una mano por el rostro cansado.
Había revisado seis cajas de cartón. Las actas públicas mostraban exactamente lo que su padre le había contado: una serie de malas decisiones de inversión, sumadas a una recesión del mercado inmobiliario que los había dejado sin liquidez. Era el relato perfecto de una quiebra ordinaria.
Pero Elena sabía que el diablo siempre se esconde en la letra pequeña.
Se levantó para estirar las piernas y caminó por los pasillos estrechos entre las estanterías.
Se detuvo frente al sector de "Auditorías Externas 2016". Había una caja descolocada. Faltaba una etiqueta.
Alguien tosió a sus espaldas.
Elena se giró de golpe. Un hombre mayor, encorvado, con un traje gris raído que parecía de los años noventa, estaba parado a un par de metros, sosteniendo un carrito lleno de biblioratos.
—Señorita Valmont —dijo el hombre, con una voz rasposa que sonaba a polvo acumulado—. No es común ver a alguien de la familia bajando a estos niveles.
Elena recuperó el aliento.
—No soy... de la familia de sangre. Soy la esposa de Adrián. Y usted es...
—Fermín. Llevo treinta y cinco años administrando el archivo muerto —respondió él, acomodándose unos anteojos de marco grueso—. El señor Adrián me informó de su llegada. Me ordenó que le facilitara todo lo que pidiera.
Elena asintió, evaluando al archivero. Si llevaba tres décadas allí abajo, conocía dónde estaban enterrados todos los cadáveres.
—Fermín, estoy buscando los anexos operativos confidenciales relacionados con la liquidación de la Constructora Elar. Los informes de riesgo que no se hicieron públicos.
El rostro arrugado de Fermín se tensó imperceptiblemente.
—Todo lo relacionado con la liquidación de Elar fue enviado a los depósitos externos hace cinco años por orden del señor Gabriel. Solo guardamos aquí los resúmenes ejecutivos que usted ya tiene sobre su mesa.