Las reglas que rompimos

Capítulo 22: La ruta hacia el sur

El viaje a Liria había sido una necesidad logística, no una escapada romántica. Había documentos de la propiedad que requerían la firma presencial de Elena en el registro del sur para finalizar la cancelación de la hipoteca. Adrián, argumentando que no podía dejarla ir sola con la prensa husmeando su matrimonio, decidió llevarla él mismo.

El deportivo negro de Adrián devoraba los kilómetros de la autopista con un rugido sordo. El habitáculo olía a cuero nuevo y al perfume amaderado de él.
Llevaban tres horas de viaje y apenas habían cruzado un par de frases. La tensión entre ambos había mutado. Ya no era la hostilidad abierta de los primeros días; era una corriente eléctrica, densa e incómoda, alimentada por las sospechas de Elena y por el instinto protector que Adrián no lograba reprimir.

Elena miraba por la ventanilla. El paisaje urbano de Avelmont había quedado atrás hacía mucho, reemplazado por los bosques de coníferas y las estribaciones de los Montes de Arven. El cielo, que al salir era de un gris plomizo, ahora amenazaba con desplomarse.
—El pronóstico no anunciaba nevadas fuertes para esta semana —comentó ella, notando cómo los primeros copos comenzaban a estrellarse contra el parabrisas.
Adrián frunció el ceño, ajustando el control de tracción del auto.
—Estamos subiendo la cordillera. El clima acá tiene sus propias reglas. Llegaremos a Liria antes del anochecer si no hay cortes en la ruta.

Pero la montaña tenía otros planes.
A medida que avanzaban, la nevada se transformó en una tormenta blanca. El viento aullaba contra los cristales, y la visibilidad se redujo a menos de diez metros. El deportivo, diseñado para el asfalto perfecto de la capital, comenzó a perder adherencia en las curvas cerradas.
Adrián mantenía las manos firmes en el volante, con la mandíbula tensa. Elena lo observaba de reojo. Era fascinante y aterrador ver cómo el hombre que controlaba un imperio financiero se enfrentaba a algo que no podía comprar ni amenazar: la naturaleza.

De repente, una fila de luces rojas y balizas azules parpadeó en medio de la niebla blanca.
Un retén de la gendarmería cortaba el paso. Adrián detuvo el auto y bajó la ventanilla. El aire helado invadió el habitáculo.
—Ruta cerrada, señor —gritó el oficial por encima del viento, cubierto de nieve—. Avalancha en el kilómetro ochenta. Los equipos de despeje no van a llegar hasta mañana por la mañana. Tienen que dar la vuelta.
—Tengo que llegar a Liria hoy. Soy Adrián Valmont, ¿hay algún desvío de emergencia que...
—No me importa si es el mismísimo Rey de Valdoria, señor Valmont —lo cortó el oficial, tiritando—. Si avanza por esta ruta, su auto va a terminar en el fondo de un barranco. Den la vuelta. Hay un parador a unos quince kilómetros hacia atrás. Refúgiense ahí hasta que pase el temporal.

Adrián cerró la ventanilla con un golpe seco. Apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Odiaba que le dieran órdenes. Odiaba perder el control.
Elena, contra todo pronóstico, soltó una pequeña risa.
Él giró la cabeza, fulminándola con la mirada.
—¿Te parece divertido? Estamos atrapados en medio de la nada, con temperaturas bajo cero.
—Me parece divertido que creas que tu apellido puede derretir la nieve, Adrián —respondió ella, sin perder la calma—. Da la vuelta. Vamos a buscar ese parador.




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