Las reglas que rompimos

Capítulo 23: Blanco sobre blanco

El "Parador El Ciervo" no era un resort cinco estrellas de Elyra. Era un motel de carretera con techo de chapa, paredes de madera desgastada y un cartel de neón intermitente que luchaba por sobrevivir a la tormenta.
Adrián estacionó el deportivo entre un par de camiones de carga y una camioneta oxidada. Al apagar el motor, el silencio del habitáculo fue reemplazado por el golpeteo furioso del viento.

—Quedate acá. Voy a pedir una habitación —dijo él, abriéndose el abrigo.
—Voy con vos. Hace demasiado frío en el auto sin la calefacción.
Corrieron juntos por el estacionamiento cubierto de nieve, resbalando un par de veces hasta empujar la pesada puerta de madera de la recepción. El interior olía a café rancio, humo de leña y humedad.

El dueño, un hombre mayor con una barba tupida, los miró desde detrás del mostrador. Evaluó el abrigo de cachemira de Adrián y las botas de cuero de Elena con evidente escepticismo.
—Necesito una suite. O sus dos mejores habitaciones —exigió Adrián, sacando su billetera de platino.
El viejo soltó una carcajada ronca.
—Esto no es la capital, amigo. Y con la ruta cortada, tengo a diez camioneros durmiendo en el pasillo. Me queda exactamente una habitación libre al final del pasillo. Era el cuarto de depósito, pero le pusimos una cama la semana pasada. La calefacción anda cuando quiere. La toman o duermen en ese autito de juguete que trajeron.

Adrián tensó la mandíbula, a punto de soltar una réplica clasista, pero Elena le puso una mano en el brazo.
—La tomamos —dijo ella, sacando un billete de su propio bolsillo antes de que Adrián pudiera usar su tarjeta—. Gracias.
Tomaron la llave oxidada y caminaron por un pasillo lúgubre que crujía a cada paso.
Al abrir la puerta de la habitación 12, el panorama fue desolador. Era un cuarto minúsculo. Había un armario de latón, un baño diminuto y, en el centro, una cama de dos plazas que parecía hundida en el medio.

Adrián cerró la puerta a sus espaldas, mirando el lugar con genuino horror.
—Esto es inaceptable. Es un riesgo sanitario.
—Es un techo, Adrián. Sobreviví en lugares peores. Aunque dudo que el Príncipe de Valmont haya dormido alguna vez en un colchón que no cueste menos de diez mil dólares.
Elena dejó su bolso sobre la única silla de la habitación y se frotó los brazos. Hacía un frío sepulcral. El radiador bajo la ventana estaba completamente helado.

Adrián caminó hasta el radiador y lo golpeó un par de veces. Nada.
—Maldita sea. Está congelado.
Se quitó el abrigo grueso de cachemira y, sin dudarlo, se acercó a Elena y se lo echó sobre los hombros. El abrigo todavía conservaba el calor corporal de él.
—No necesito... —intentó protestar ella.
—Regla Número Cuatro. No discutas estupideces cuando estamos a tres grados bajo cero —la interrumpió él, con un tono autoritario, pero sus ojos delataban una preocupación real—. Ponételo. Voy a ver si en recepción tienen mantas extra.

Mientras Adrián salía, Elena se envolvió en el abrigo inmenso. Olía intensamente a él. A sándalo, a lluvia y a poder.
Miró la cama en el centro de la habitación. Era pequeña. Demasiado pequeña. Si dormían ahí, sus cuerpos inevitablemente iban a terminar tocándose. Y después de la tensión acumulada de las últimas semanas, Elena no sabía si iba a poder resistir el contacto sin romper el pacto en mil pedazos.




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