El trayecto desde la Torre Valmont hasta el penthouse fue un borrón de adrenalina y silencio. Esta vez, no era el silencio tenso y asfixiante de dos enemigos atados por un contrato. Era la calma electrizante que precede a una tormenta inevitable.
Tan pronto como las puertas del ascensor privado se cerraron, aislándolos del mundo exterior, Adrián arrinconó a Elena contra el panel de caoba pulida. No hubo palabras. No eran necesarias. Sus bocas se encontraron con una urgencia brutal, devorando la distancia, el tiempo y las mentiras que habían sostenido durante semanas.
El beso tenía el sabor de la victoria y el vértigo de la caída libre. Las manos de Elena, que siempre habían mantenido una prudente distancia profesional, ahora se aferraban a las solapas del saco de Adrián, tirando de él hacia sí misma, acortando hasta el último milímetro de separación.
—Estás completamente loca —murmuró Adrián contra sus labios, con la respiración entrecortada, mientras sus manos recorrían la curva de la cintura de ella—. Podrías haberlo perdido todo en esa sala. Podrían haberte destrozado.
—Me arriesgué por vos —respondió ella, hundiendo los dedos en el cabello oscuro de él—. Ya no me importa la casa de Liria, Adrián. Me importás vos.
La confesión, dicha en voz alta y sin la presión de la junta directiva mirándolos, fue el golpe de gracia para el control de Adrián Valmont.
La levantó en brazos con una facilidad que hizo que el corazón de Elena diera un vuelco. Ella envolvió sus piernas alrededor de la cintura de él, aferrándose a sus hombros mientras Adrián cruzaba el inmenso salón del penthouse a grandes zancadas.
La Regla Número Tres se había roto en Liria bajo mantas gruesas y frío de montaña, pero ahora, en la capital, no buscaban consuelo ni refugio. Buscaban consumar la locura en la que se habían metido.
La puerta de la habitación principal se abrió de una patada. Cayeron juntos sobre la inmensa cama *king size* que hasta entonces había sido un campo minado de divisiones invisibles. Los límites geográficos del colchón, el lado izquierdo y el lado derecho, desaparecieron para siempre.
El traje de CEO, la corbata de seda, la blusa blanca y las corazas cayeron al suelo en un desorden caótico, formando un charco de ropa que simbolizaba la rendición absoluta de ambos.
Cuando Adrián se posó sobre ella, la miró a los ojos. Había una intensidad en su mirada gris que quemaba.
—Si cruzamos esta línea, Elena... si hacemos esto siendo plenamente conscientes de que ya no hay contrato que nos proteja... no te voy a dejar ir nunca más.
Elena acarició la mandíbula tensa del hombre que había jurado odiar.
—No te estoy pidiendo que me dejes ir.
La respuesta fue el detonante final. Lo que siguió no fue una transacción, ni un acuerdo. Fue una entrega cruda y posesiva. Cada caricia, cada beso, cada suspiro era una forma de reclamarse mutuamente, de borrar las huellas del pasado y de sellar una alianza que iba mucho más allá de cualquier fideicomiso.
Por primera vez en su vida, Adrián Valmont no pensó en acciones, en traiciones familiares o en estrategias de mercado. Su mundo entero se redujo a la piel de Elena, a su aroma y a la forma en que ella pronunciaba su nombre en la oscuridad.
Horas más tarde, la ciudad de Avelmont dormía bajo un manto de nubes bajas.
Elena descansaba con la cabeza apoyada en el pecho desnudo de Adrián, su respiración acompasada en un sueño profundo y tranquilo.
Adrián, sin embargo, estaba despierto. Tenía los ojos abiertos, mirando el techo oscuro del penthouse, sintiendo el peso de la mujer que amaba descansando sobre él.
Había ganado. Había vencido a Damián, había asegurado la compañía y, contra todo pronóstico, había conseguido que la mujer de su vida lo eligiera libremente.
Pero el triunfo tenía un sabor metálico en la garganta.
*Me arriesgué por vos.*
Las palabras de Elena resonaban en su cabeza como una condena. Ella había mentido bajo juramento para protegerlo, creyendo que él era un hombre distinto a su padre, asumiendo que Adrián no tenía nada que ver con la sangre derramada de la Constructora Elar.
Adrián cerró los ojos, sintiendo que el pecho se le oprimía bajo el peso de un secreto radioactivo. Damián había fallado en la junta, pero Damián no se iba a detener. Y si Damián lograba encontrar los documentos originales de la liquidación... si Elena descubría el papel exacto que Adrián había jugado en ese tablero años atrás, el odio que ella le tendría sería mil veces peor que el del primer día.
La había amarrado a él con amor, pero los cimientos estaban hechos de dinamita.
El penthouse estaba a oscuras cuando regresaron de la asamblea. La adrenalina que había mantenido a Elena en pie durante su enfrentamiento con la junta directiva comenzaba a desvanecerse, dejando a su paso un agotamiento físico y mental absoluto. Se quitó los tacones nada más cruzar el umbral y caminó descalza sobre el mármol frío hasta la cocina.
Necesitaba agua. Necesitaba que sus manos dejaran de temblar.
Abrió la heladera, pero antes de que pudiera sacar la jarra, sintió la presencia de Adrián a sus espaldas. No lo había escuchado acercarse. Él era así: una sombra inmensa que podía moverse en absoluto silencio cuando se lo proponía.
—No tendrías que haber hecho eso —dijo él. Su voz sonaba ronca, cansada, pero extrañamente desprovista de la frialdad corporativa de siempre.
Elena cerró la puerta de la heladera y se giró para encararlo. Adrián se había quitado el saco del traje y la corbata, y tenía los primeros botones de la camisa desabrochados. La luz de la luna que entraba por el ventanal perfilaba su rostro, marcando las ojeras oscuras bajo sus ojos grises.