Las reglas que rompimos

EPÍLOGO

Lo que el fuego no consume

Un año exacto.
Trescientos sesenta y cinco días desde que una pluma de plata helada había sellado su firma en un papel en el piso ochenta y dos de la Torre Valmont.

Elena estaba de pie frente a la gran chimenea de piedra de su casa en Liria. El fuego crepitaba con fuerza, consumiendo troncos de abedul y llenando el salón de un calor reconfortante. Afuera, la primera nevada del invierno cubría el lago Elar con un manto blanco y silencioso.
En sus manos sostenía un documento de diez páginas, impreso en papel de alto gramaje y encuadernado con una sobria carpeta de cuero negro. El contrato original.
El mismo que dictaba las condiciones de su farsa.

Con el pulgar, acarició el borde de la primera página, deteniéndose en el encabezado.
*Acuerdo Prematrimonial y de Confidencialidad Comercial.*
Sonrió, una sonrisa plena y tranquila que le iluminó el rostro. Repasó mentalmente las cinco cláusulas que habían intentado encadenarlos.

*Regla Número Uno: No involucrarnos emocionalmente.*
La habían roto en esta misma habitación, la noche que la caldera dejó de funcionar y Adrián le confesó que su mundo de cristal lo estaba asfixiando.

*Regla Número Dos: No sentir celos.*
Destrozada en mil pedazos en la terraza de Elyra, cuando Adrián casi lanza a un inversor por el acantilado solo por ofrecerle una copa de champán.

*Regla Número Tres: No compartir la cama.*
Anulada por la paranoia, el frío y, finalmente, por una pasión desbordante que había derribado todas las fronteras geográficas de un colchón.

*Regla Número Cuatro: No decir 'te necesito'.*
Violada silenciosamente en cada mirada cruzada en los pasillos de Avelmont, y gritada a los cuatro vientos cuando Adrián renunció a su imperio para no perderla.

Y, por supuesto, la más importante de todas.
*Regla Número Cinco: No enamorarse.*
Esa nunca tuvo oportunidad de sobrevivir. Había nacido muerta el mismo día en que se conocieron.

El sonido de la puerta principal abriéndose sacó a Elena de sus pensamientos. Una ráfaga de aire helado entró al recibidor, seguida por el sonido de unas botas sacudiendo la nieve.
Adrián entró al salón. Llevaba un abrigo de lana gruesa cubierto de copos blancos y un par de guantes de cuero. Tenía las mejillas enrojecidas por el frío de la montaña.
Ya no parecía el CEO intocable y pálido de la capital. Estaba vivo. Vibrante.
Había pasado el último año levantando una consultora ética desde cero, ayudando a las mismas empresas que su padre había intentado destruir. El juicio contra Gabriel Valmont había terminado con una condena firme, y aunque el nombre de la familia seguía apareciendo en los diarios, a Adrián ya no le importaba. Había soltado ese peso.

—La ruta hacia el norte está casi bloqueada por la nieve —anunció él, quitándose los guantes y frotándose las manos mientras caminaba hacia la chimenea—. Tuve que dejar la camioneta cerca del muelle.
Al llegar a su lado, Adrián notó la carpeta negra que ella sostenía. Se detuvo, y una ceja se arqueó con curiosidad.
—¿Qué es eso? Pensé que estabas trabajando en la restauración del diario de a bordo que nos trajeron ayer.
Elena levantó la carpeta para que él viera el membrete.
—Estaba ordenando los cajones del escritorio viejo y lo encontré en el fondo. El contrato. Nuestro famoso acuerdo a doce meses.

Adrián lo miró. Una sombra de ironía cruzó sus ojos grises.
—El peor negocio de mi vida —comentó él, acercándose y rodeando la cintura de Elena con los brazos, atrayéndola contra su cuerpo frío—. Lo redacté con el mejor bufete de abogados corporativos de Valdoria para asegurar el control de mi empresa, y terminé perdiendo la empresa, la junta directiva, la fortuna de mi abuelo y mi soltería.
—Un desastre financiero absoluto —coincidió ella, riendo suavemente mientras apoyaba la cabeza en el pecho de él—. Te estafé, Valmont. Salvé mi casa y me quedé con el magnate.
—Yo diría que salí ganando en la transacción.

Adrián besó la coronilla de Elena, respirando el olor a lavanda y papel.
—Hoy se cumple un año exacto —murmuró él contra su cabello—. Legalmente, si hubiéramos seguido el plan, hoy tendríamos que estar firmando los papeles del divorcio en un tribunal de Avelmont.
Elena miró el fuego que ardía frente a ellos. Las llamas consumían la madera con un hambre voraz.
—Es cierto. El plazo expiró —dijo ella.
Levantó el contrato de diez páginas, sintiendo el peso del papel que había marcado el inicio de todo.
—¿Qué proponés que hagamos con él? —preguntó Adrián.

Elena no lo pensó. No había nada que dudar.
Extendió los brazos y dejó caer el contrato directamente sobre el centro de la chimenea.
El papel de alto gramaje tardó un segundo en prender, pero cuando lo hizo, las llamas lo devoraron rápidamente. El membrete del Grupo Valmont se ennegreció y se hizo humo. Las cinco reglas inquebrantables se curvaron, se rompieron y se convirtieron en cenizas grises que volaron hacia el tiro de la chimenea, desapareciendo en el frío del invierno.

Adrián la observó, apretando el agarre en su cintura.
—Ya no hay cláusulas de salida, Veyra.
Elena se giró entre sus brazos, levantando el rostro para mirarlo a los ojos. El anillo de platino macizo que llevaba en la mano izquierda brilló con el resplandor del fuego.
—Ya no las necesitamos, Valmont. Las reglas son para los que tienen miedo de perder el control. Y yo ya no tengo miedo de nada.




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