Las reglas que rompimos

Capítulo 21: Punto Ciego

(Punto de Vista de Damián)

Damián Valmont odiaba perder. No era una simple aversión; era una alergia física que le revolvía el estómago y le tensaba la mandíbula hasta provocarle dolor de cabeza.
Desde la humillación en la sala del directorio, donde Elena Veyra lo había expuesto frente a todos los inversores, Damián se había refugiado en su oficina del piso sesenta. Su tío Gabriel lo había reprendido severamente por su fracaso, pero Damián sabía que el patriarca estaba igual de desesperado por quitar a Elena de la ecuación.

El viernes por la noche, mientras la mayor parte del edificio estaba vacía, Damián recibió a Marcus Thorne, el investigador privado que había contratado semanas atrás.
Thorne dejó una fina carpeta manila sobre el escritorio de cristal de Damián.
—Es un rompecabezas complicado, señor Valmont. Su primo Adrián fue muy eficiente borrando rastros, pero cuando el dinero viaja por tres bancos distintos para pagar una hipoteca en un pueblo remoto, siempre queda un registro de transferencias cruzadas.

Damián abrió la carpeta.
—No me interesan los números de la hipoteca, Thorne. La junta ya compró la historia del "regalo de bodas romántico". Si presento esto de nuevo, me van a echar por difamación. Necesito saber por qué le pagó la casa. No fue caridad. Adrián no hace nada por caridad.
Thorne se acomodó en la silla, apoyando los codos en las rodillas.
—Usted me pidió que buscara una conexión entre Alejandro Veyra y el Grupo Valmont. La encontré. Y es grande.

Damián levantó la vista, repentinamente alerta.
—Hablá.
—Alejandro Veyra era el dueño de la Constructora Elar. Esa empresa fue estrangulada financieramente en 2016. Todas sus líneas de crédito bancario fueron cortadas de la noche a la mañana por tres fondos de inversión externos.
—Conozco la táctica —sonrió Damián, sintiendo la adrenalina—. Es la especialidad de mi tío Gabriel. Vaciar a la presa antes de cazarla. ¿Gabriel ordenó la quiebra de Veyra?
—Sí, el señor Gabriel firmó la orden ejecutiva de absorción. Pero él no diseñó el plan. El diseño matemático para ahogar a la constructora, cortando los créditos exactos en el momento de mayor vulnerabilidad, fue redactado y aprobado por el departamento de auditoría de riesgo.

Damián frunció el ceño, su cerebro atando cabos a una velocidad vertiginosa.
—En 2016, el director de ese departamento estaba de baja médica. El que firmaba las evaluaciones operativas era...
—Adrián Valmont —concluyó Thorne, asintiendo lentamente—. Su primo fue el auditor que recomendó ahogar a Alejandro Veyra.

El silencio en la oficina fue absoluto. Damián se recostó en su silla de cuero, soltando una risa ahogada que rápidamente se convirtió en una carcajada limpia y triunfal.
Era brillante. Era la ironía más deliciosa que el destino le podría haber entregado.
Adrián, el frío e intocable CEO, el hombre que no cometía errores, se había casado con la hija del hombre al que él mismo había ayudado a asesinar financieramente.
Y Damián estaba seguro de que Elena no tenía idea. Si lo supiera, jamás habría defendido a Adrián en la junta.

—Esto no es un matrimonio por amor —murmuró Damián, golpeando los dedos sobre la carpeta manila—. Esto es culpa. Adrián le pagó la casa a la chica porque sabía que él se la había quitado en primer lugar. Intentó limpiar su conciencia y aseguró el fideicomiso en un solo movimiento.
—Es una teoría sólida, señor. Pero para probarlo, necesita el Anexo Operativo de Evaluación de Riesgo de 2016. La firma de Adrián debe estar allí.
Damián dejó de sonreír.
—Esos archivos no son públicos. Están en el subsuelo de este edificio. El archivo muerto.

—Puedo intentar infiltrarme, pero la seguridad biométrica del nivel menos cuatro es...
—No, Thorne. Dejá los archivos. Yo me encargo del subsuelo. Tengo la sangre Valmont; los sensores me van a dejar pasar.
Damián cerró la carpeta y se puso de pie, mirando por el ventanal hacia la oscuridad de la capital.
Tenía la bomba nuclear que necesitaba. No iba a usarla frente a la junta directiva esta vez. Había aprendido la lección. Si atacaba a Adrián directamente, él se defendería con abogados.
Tenía que atacar el eslabón débil. Tenía que darle el detonador a Elena Veyra y dejar que ella hiciera estallar el imperio desde adentro.

—Buen trabajo, Thorne. Tu cheque estará en tu cuenta mañana.
Damián sonrió. El juego estaba a punto de terminar, y esta vez, el rey no iba a sobrevivir al jaque mate.

Damián Valmont se quedó a solas en su despacho, con la carpeta manila del investigador privado descansando sobre el escritorio de cristal. La luz de la luna llena de Avelmont se filtraba por los inmensos ventanales, proyectando sombras alargadas sobre la alfombra. Se sirvió un vaso de coñac, el más caro de su reserva personal, y caminó hacia la pared donde colgaba un retrato al óleo de su abuelo, el fundador del imperio.

Damián le dio un sorbo a la bebida, dejando que el ardor le quemara la garganta. Su resentimiento hacia Adrián no había nacido el día de la lectura del fideicomiso; era un veneno que llevaba décadas fermentando en su sangre. Recordó con una claridad dolorosa el día en que su propio padre —el hermano menor de Gabriel— había muerto en un accidente de avión. Damián tenía apenas catorce años. Gabriel Valmont lo había acogido en su mansión, no por amor familiar, sino por una fría obligación de imagen pública. Desde el primer día, Gabriel le había dejado en claro su lugar en la cadena alimenticia.

"Adrián es el heredero porque tiene el hielo en las venas que a esta familia le hace falta", le había dicho Gabriel una noche, cuando Damián, de dieciocho años, había dudado en despedir a la mitad de la plantilla de una fábrica absorbida. "Vos dudás, Damián. Vos te compadecés. La compasión en este negocio es un cáncer. Adrián nunca duda".




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