Las reglas que rompimos

Capítulo 24: Una sola cama

Adrián regresó diez minutos después con una manta de lana áspera que parecía sacada de un campamento militar de la Primera Guerra Mundial.
—Es todo lo que hay —anunció, cerrando la puerta y pasando el pestillo.

Afuera, la tormenta arreciaba. El viento hacía vibrar los cristales de la única ventana de la habitación. Adentro, la temperatura seguía bajando de forma alarmante.
No había televisión, ni servicio a la habitación, ni distracciones corporativas. Solo ellos dos y el frío.
Elena se sentó en el borde de la cama, conservando el abrigo de Adrián puesto. Él se quitó los zapatos, aflojó su corbata y se sentó en el extremo opuesto del colchón. El centro hundido los atrajo levemente el uno hacia el otro, obligándolos a hacer fuerza para mantener la distancia.

—De todos los escenarios de crisis que he proyectado en mi vida, morir congelado en un motel de carretera con mi esposa falsa no estaba en el radar —murmuró él, frotándose las manos para generar fricción.
Elena lo miró en la penumbra. Sin el traje completo, temblando levemente, se veía humano.
—Si fueras un poco menos orgulloso, habrías revisado el clima antes de obligarnos a salir.
—Lo revisé. Quería sacarte de Avelmont. Quería... —Adrián se detuvo en seco, dándose cuenta de que estaba a punto de confesar que no soportaba la idea de estar lejos de ella, ni siquiera por el trámite de un registro civil de provincia.

—¿Qué querías, Adrián? —preguntó ella, en un susurro, sintiendo que el corazón le latía con fuerza.
Él giró la cabeza para mirarla. Los ojos grises, oscurecidos por la falta de luz, tenían un brillo febril.
—Quería que estuviéramos solos. Sin mi madre. Sin Damián. Sin las cámaras.
La confesión quedó suspendida en el aire helado. Elena tragó saliva. La paranoia de su investigación en los archivos chocaba brutalmente con el instinto innegable que la empujaba hacia él.

—Vamos a congelarnos si nos quedamos sentados así en las puntas —dijo ella, con una voz que intentó ser pragmática, pero que salió temblorosa.
Adrián no discutió. Se acostó en el colchón hundido, y Elena hizo lo mismo, metiéndose debajo de la manta militar y el edredón barato.
El peso de sus cuerpos en el colchón en mal estado hizo lo inevitable. En menos de cinco minutos, rodaron hacia el centro de la cama, y sus espaldas chocaron.

Elena soltó un pequeño jadeo ante el impacto.
Adrián se tensó por completo, rígido como una tabla.
—Perdón —murmuró ella.
—No te muevas —dijo él, con la voz ronca—. Conservá el calor.
Se quedaron de espaldas, sintiendo el calor del otro traspasar la ropa. Era una tortura lenta y exquisita. Elena podía sentir la respiración de Adrián, el ritmo constante de su corazón latiendo contra su omóplato.
El frío de la habitación comenzó a ceder, reemplazado por un calor intenso y localizado en el punto exacto donde sus cuerpos se unían.

Pasó una hora. Ninguno de los dos dormía.
Elena se giró lentamente, incapaz de soportar la posición rígida. Al hacerlo, quedó frente a la espalda de Adrián. Instintivamente, buscando más calor, acercó sus rodillas a la parte posterior de las piernas de él y pasó un brazo por encima de su cintura.
Adrián dejó de respirar por un segundo.

Con un movimiento fluido y rápido, Adrián se giró sobre sí mismo, atrapándola en la estrechez de la cama. Quedaron cara a cara. Sus narices casi se rozaban. La pierna de él se entrelazó con las de ella.
—Estás jugando con fuego, Elena —le susurró él en la oscuridad, y su aliento cálido le acarició los labios a ella.
—Acá adentro hace demasiado frío. Un poco de fuego no vendría mal.
La provocación fue todo lo que Adrián necesitó. Cerró la distancia, y sus labios encontraron los de ella.

Esta vez no había inversores mirando. No había cámaras ni secretos que proteger frente al público. Fue un beso brutal, privado, cargado de toda la rabia, la frustración y el deseo contenido de los últimos meses.
Adrián pasó una mano por debajo del abrigo, buscando el calor de la piel de Elena en su cintura, atrayéndola contra su cuerpo duro. Elena le enredó las manos en el cabello, abriendo los labios y devolviéndole el beso con la misma intensidad voraz.
Se besaron hasta que los pulmones ardieron, hasta que el frío del motel desapareció por completo y lo único que existía en el universo era la fricción, el sabor a whisky añejo y el ritmo desbocado de dos personas que estaban rompiendo la regla más importante del contrato de forma irreversible.

Cuando Adrián bajó sus besos por la mandíbula de ella, rozando el cuello, Elena dejó escapar un gemido suave.
Él se detuvo en seco, apoyando la frente contra la de ella, respirando agitadamente.
—No acá —murmuró él, con una fuerza de voluntad sobrehumana, alejándose unos milímetros—. No en un motel asqueroso de carretera. Cuando esto pase de verdad, Elena, va a ser en tus términos.
Elena lo miró, con los labios hinchados y el pulso a mil. Él le acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja, la atrajo contra su pecho y la abrazó con fuerza.
Se quedaron dormidos así, entrelazados, ignorando la tormenta que rugía afuera, sin saber que la verdadera avalancha los estaba esperando en Liria.

La luz de la mañana se filtró a través de las delgadas y polvorientas cortinas del Parador El Ciervo, golpeando directamente el rostro de Elena.
Afuera, el viento había dejado de aullar. El silencio era absoluto, propio de un paisaje sepultado bajo medio metro de nieve fresca.
Elena parpadeó, sintiendo un peso cálido y firme sobre su cintura. Tardó un segundo en procesar su entorno. La habitación helada, el techo de madera descascarada, el olor a sándalo.




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