Las reglas que rompimos

Capítulo 44: Cenizas

Elena se quedó paralizada en el porche, viendo cómo Adrián abría la puerta del conductor de su deportivo negro.
Todo el rencor que había cultivado durante las últimas tres semanas, el muro de odio que había construido para protegerse del dolor, comenzó a resquebrajarse.

Adrián había destruido el trabajo de toda su vida. Había cedido ante Damián, el enemigo que más despreciaba, y había entregado a su propio padre a la justicia. Lo había dinamitado absolutamente todo. Y lo había hecho por ella. Para limpiar la memoria de un arquitecto de provincia al que nunca conoció.
Las reglas del contrato habían sido un juego de niños comparado con la magnitud de este sacrificio.

—¡Adrián!
El grito salió de su garganta antes de que pudiera razonarlo.
Adrián se detuvo en seco, con la mano en la puerta del auto. Se giró lentamente, sin atreverse a esperar nada.
Elena bajó los escalones del porche, ignorando el frío que le calaba los huesos, y caminó hacia él a paso rápido.

Se detuvo a un metro de distancia. La respiración de ambos formaba pequeñas nubes de vapor en el aire helado de Liria.
—Renunciaste a todo —dijo ella, como si aún necesitara escucharlo en voz alta para creerlo.
—Era un imperio construido sobre cenizas, Elena. Tarde o temprano me iba a asfixiar. Vos me hiciste ver eso.
—¿Y qué vas a hacer ahora? No tenés trabajo. Tu familia te va a desterrar. Te van a investigar por el caso de mi padre.
Adrián soltó una pequeña sonrisa, encogiéndose de hombros.
—Supongo que tendré que empezar de cero. Contratar a un buen abogado. Buscar un trabajo honesto. Y aprender a arreglar tuberías rotas.

La mención a la vieja caldera de su casa rompió la última barrera que Elena mantenía en pie. Una risa húmeda, mezclada con lágrimas de alivio y agotamiento, escapó de sus labios.
Acortó el último metro que los separaba y estrelló sus manos contra el pecho de Adrián, aferrándose al tejido grueso de su abrigo.
—Sos el hombre más estúpido e impulsivo que conocí en mi vida, Valmont.

Adrián no dudó ni un segundo. La envolvió en sus brazos, apretándola contra su cuerpo con una fuerza desesperada, hundiendo el rostro en el cuello de ella, respirando el aroma a lavanda y papel antiguo que había extrañado cada maldito segundo de las últimas tres semanas.
—Te amo, Elena —le susurró él, y la voz le tembló con una vulnerabilidad que nunca había permitido que nadie más viera—. Fui un cobarde por ocultarte la verdad. Pero no mentí en la junta. Y no miento ahora. Te amo más de lo que me importa mi propia vida.

Elena cerró los ojos, dejando que las lágrimas finalmente cayeran en libertad. Las manos de él en su espalda eran firmes, un ancla segura en medio de la tormenta que acababan de desatar.
—También te amo, Adrián.
La confesión fue simple, directa, y borró de un plumazo todas las cláusulas, todos los miedos y todos los fantasmas del pasado.

—Tenemos mucho por lo que pelear ahora —advirtió Adrián, separándose unos centímetros para mirarla a los ojos. El camino que tenían por delante iba a ser un infierno mediático y judicial—. Damián va a intentar destrozarnos públicamente, y mi padre no va a caer sin arrastrarme con él.
Elena levantó la mano y acarició la mejilla de Adrián, sintiendo la barba áspera bajo sus dedos.
—Yo estoy acostumbrada a arreglar cosas que parecen destruidas, Adrián. Ese es mi trabajo. No me asusta el polvo ni el caos. Vamos a pelear juntos.




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