El mes de julio en Avelmont trajo consigo la temporada alta de la alta sociedad y, con ella, el evento más importante del año corporativo: la Gala de Invierno del Grupo Valmont.
Tradicionalmente, la gala era el escenario donde Gabriel Valmont exhibía su poder filantrópico donando millones a fundaciones culturales, asegurándose portadas en las revistas y exenciones fiscales. Este año, sin embargo, el peso de la organización había recaído casi por completo sobre Adrián y, por extensión obligatoria, sobre Elena.
El penthouse se había convertido en una base de operaciones. Durante tres días, diseñadores, joyeros y asistentes de Clara invadieron el espacio.
Elena estaba sentada frente al inmenso ventanal del salón. No prestaba atención a la tela azul noche que una modista ajustaba a su cintura. Sus ojos estaban clavados en una gran mesa de trabajo que Adrián había hecho instalar temporalmente.
Sobre ella, bajo lámparas de temperatura controlada, descansaba el objeto central de la subasta de la gala: los manuscritos originales de la Constitución fundacional de Valdoria, un tesoro histórico gravemente dañado por la humedad tras haber estado perdido en un sótano durante cincuenta años.
—Espero que estés consciente de que, si no termino la consolidación de las tintas antes del sábado, Valmont va a tener que subastar un montón de polvo en un marco de cristal —murmuró Elena, apartando las manos de la modista para acercarse a los manuscritos.
Adrián, que estaba sentado en el otro extremo de la sala repasando la lista de invitados en una tableta, levantó la vista.
—Confío en tu criterio profesional más que en el de cualquier museo de la capital, Elena. Si decís que no está listo, lo retiramos de la subasta y buscamos otra pieza. No voy a permitir que arriesgues el documento por un evento de relaciones públicas.
Elena se giró para mirarlo. El tono de Adrián había sido de un respeto profesional absoluto. Era el mismo hombre que la había cuidado durante su fiebre y que, en Liria, se había disculpado por el daño que su mundo causaba. Sin embargo, desde la noche en que murmuró el nombre de la constructora de su padre, Elena no había podido dejar de buscar sombras en cada una de sus palabras.
—Estará listo —aseguró ella, ajustándose los guantes de nitrilo—. Pero no podés estar cerca de la mesa con ese café, Adrián. Un derrame y nos quedamos sin historia nacional.
Él sonrió de lado, levantando su taza negra en señal de rendición, y se alejó hacia el pasillo.
La noche del sábado, el Gran Salón del Hotel Imperial de Avelmont deslumbraba con candelabros de cristal y arreglos de orquídeas blancas.
Cuando Elena y Adrián entraron al salón, el murmullo de las quinientas personas más ricas del país pareció detenerse por una fracción de segundo.
Elena llevaba el vestido azul noche de seda fría, sin espalda y con un corte asimétrico que Clara había insistido en que era "agresivamente elegante". Su cabello oscuro estaba recogido, dejando a la vista un collar de diamantes en forma de lágrima que pertenecía a la bóveda familiar de los Valmont.
Adrián iba a su lado, impecable en un esmoquin de corte italiano. Le ofreció el brazo, y ella lo tomó, sintiendo la tensión muscular bajo la fina tela.
—Sonreí —le murmuró él al oído mientras caminaban por la alfombra roja, recibiendo flashes de los fotógrafos oficiales—. Damián está a la derecha, cerca de la barra, y mi madre acaba de fijar la vista en tu collar.
—Me estoy sonriendo —respondió Elena entre dientes, saludando a un empresario naviero con un movimiento de cabeza—. Aunque preferiría estar respirando los químicos de la mesa de restauración.
—Sobreviví a esto. Prometo que la próxima vez que tengamos que hacer un acto público, será inaugurando una biblioteca en Liria y no rodeados de esta gente.
La promesa le robó un suspiro genuino a Elena. Era dolorosamente fácil caer en el hechizo de Adrián cuando se comportaba como un aliado.
Avanzaron entre la multitud. Adrián la presentaba con un orgullo que no parecía ensayado, dejando claro que ella no era un simple accesorio, sino la responsable de la recuperación del objeto central de la gala.
En un momento de la noche, Adrián tuvo que subir al estrado para dar el discurso de apertura, dejando a Elena conversando con el Ministro de Cultura.
Fue entonces cuando Victoria Valmont atacó.
La matriarca se acercó con su habitual elegancia depredadora, llevando una copa de champán y una sonrisa que era todo menos amistosa.
—Debo admitir que el vestido es adecuado, querida. Aunque el collar... francamente, me sorprende que Adrián se haya atrevido a sacarlo de la caja fuerte para un cuello tan... inexperto.
Elena no se inmutó. Había pasado las últimas semanas lidiando con fantasmas mucho peores que su suegra.
—El collar es hermoso, señora Valmont. Pero no se preocupe, no me acostumbro a estas cosas. La joyería pesada me da alergia. Prefiero el peso de un buen libro viejo en las manos.
Victoria entrecerró los ojos.
—Qué pintoresco. Y hablando de libros viejos, escuché que te encargaste de la restauración del manuscrito principal. Una jugada arriesgada de Adrián. Si la pieza se hubiera dañado, toda la prensa habría culpado a la "esposa improvisada". A los inversores no les gusta que el CEO tome decisiones románticas con el patrimonio histórico.
—No fue una decisión romántica. Fue una decisión profesional —replicó Elena, manteniendo el tono glacial—. Adrián confió en mi currículum, no en mi anillo. Debería estar más preocupada por los números del fideicomiso que por mis habilidades con el papel.
Victoria dio un paso más, invadiendo su espacio personal.
—Tenés agallas, niña. Pero las agallas no te salvan en Avelmont. Damián sigue investigando por qué Adrián te pagó la casa. Y cuando lo descubra, vos y tus libros viejos van a salir volando de ese penthouse tan rápido que ni te vas a dar cuenta.