El viaje a Liria no estaba en la agenda corporativa del Grupo Valmont. No había prensa, ni inversores, ni fotógrafos apostados en las esquinas. Era un sábado por la mañana y, por primera vez desde que firmaron el contrato, Adrián había prescindido del chofer y de la limusina. Él mismo conducía un deportivo negro de líneas agresivas por la sinuosa ruta que atravesaba los Montes de Arven.
Elena iba en el asiento del acompañante, mirando por la ventanilla cómo el paisaje de hormigón de Avelmont cedía ante el verde oscuro de los pinos y el aire limpio de la montaña. Había insistido en viajar al sur para revisar el estado de su casa, comprobar las tuberías antes del invierno y asegurarse de que el banco hubiera levantado efectivamente el embargo tras la transferencia de Adrián.
Esperaba que él enviara a un asistente o, en el mejor de los casos, que la dejara ir sola. Pero Adrián simplemente había cancelado su reunión de directorio del sábado, había tomado las llaves del auto y le había dicho: «Vamos».
—Podrías haberte quedado en la capital —dijo Elena, rompiendo el silencio que los envolvía desde hacía una hora—. Damián no tiene espías en mi pueblo. Nadie iba a cuestionar que la esposa del gran CEO quisiera pasar un fin de semana arreglando el jardín de su casa natal.
Adrián no apartó la vista del asfalto. Manejaba con la misma precisión milimétrica con la que dirigía su empresa, trazando las curvas de la montaña sin esfuerzo.
—Damián tiene ojos en lugares que ni siquiera imaginas. Además, necesitaba salir de Avelmont. El aire de la torre me estaba asfixiando.
Elena lo observó de reojo. Llevaba unos vaqueros oscuros y un suéter negro de cachemira. Era la primera vez que lo veía vestido con ropa casual, despojado de la armadura corporativa. Se veía menos como el verdugo de la junta directiva y más como un hombre peligrosamente atractivo que simplemente estaba cansado de pelear.
La noche de la tormenta en el penthouse había marcado un antes y un después. Ya no eran dos enemigos acorralados en un campo minado. La hostilidad se había diluido, dejando en su lugar una tregua frágil y una curiosidad mutua que rozaba la línea de lo prohibido.
—¿Alguna vez habías venido a Liria? —preguntó ella.
—Solo de paso. Mi padre consideraba que el sur de Valdoria era demasiado pintoresco y poco rentable para invertir. Para él, si no podés construir un rascacielos o un puerto, el terreno no vale la pena.
—Tu padre suena como un hombre encantador.
Adrián soltó una carcajada seca y breve.
—Gabriel Valmont es muchas cosas, pero encantador no está en la lista.
El lago Elar apareció en el horizonte, una inmensa masa de agua cristalina rodeada de montañas nevadas. A orillas del lago, el pueblo de Liria se desplegaba con sus casas de madera, techos a dos aguas y chimeneas humeantes. No había semáforos, ni ruido de tráfico. Solo el viento y la naturaleza.
Cuando el deportivo de Adrián se detuvo frente a la vieja casa de madera de dos plantas que pertenecía a la familia Veyra, el contraste fue abrumador. El vehículo de lujo parecía una nave espacial aterrizada en medio de un cuadro del siglo diecinueve.
Elena bajó del auto y se quedó de pie frente al cerco de madera blanca. La pintura estaba descascarada en algunos bordes, y las enredaderas habían invadido el porche frontal, pero la casa seguía en pie. Era suya. El banco no se la había llevado.
Sintió un nudo apretado en la garganta. Todo el sacrificio, el matrimonio falso, la pérdida de su libertad y la mudanza a Avelmont... todo había valido la pena solo por ese instante.
Adrián se paró a su lado, observando la propiedad en silencio.
—Tiene estructura sólida —comentó él, analizando las vigas maestras con ojo crítico—. Necesita mantenimiento en el techo y cambiar los canalones, pero los cimientos son buenos.
—La construyó mi bisabuelo —dijo Elena, sacando la vieja llave de bronce de su bolso—. Sobrevivió a tres crisis económicas, dos inundaciones y al colapso financiero de mi padre. No la iba a entregar sin pelear.
Giró la llave en la cerradura y empujó la pesada puerta de madera.
El olor a encerado antiguo, lavanda y libros cerrados los recibió. La casa estaba exactamente como Elena la había dejado semanas atrás, pero entrar acompañada de Adrián Valmont alteraba toda la geografía del lugar. Él era demasiado grande, demasiado intenso para ese espacio lleno de recuerdos frágiles.
Adrián cerró la puerta tras de sí y miró a su alrededor. No había mármol, ni cristal, ni obras de arte moderno. Había muebles heredados, alfombras gastadas por el uso, fotografías familiares enmarcadas en las paredes y repisas atestadas de libros. Era el polo opuesto al penthouse de Avelmont. Era un hogar.
—No hay personal de limpieza, ni chef ejecutivo, Valmont —le advirtió Elena, caminando hacia la cocina para abrir las ventanas y dejar entrar el aire fresco del lago—. Si tenés hambre, vas a tener que conformarte con lo que encontremos en la despensa o ayudarme a cocinar.
Adrián se quitó la campera y la colgó en el perchero de la entrada.
—Sobreviví a la escuela de negocios de Zúrich comiendo comida recalentada. Puedo cortar verduras sin cortarme un dedo, Elena. No me subestimes.
Esa tarde, la dinámica entre ellos cambió por completo. Lejos de la presión de Avelmont, la tensión corporativa se desvaneció. Adrián la ayudó a limpiar el polvo de los muebles y a purgar los radiadores para encender la vieja caldera de la casa. Ver al multimillonario CEO arrodillado en el suelo de madera, con una llave inglesa en la mano y una mancha de grasa en la frente, era una imagen tan disonante que Elena no pudo evitar reírse en voz alta.