Las reglas que rompimos

Capítulo 41: El imperio de cristal

Tres semanas después, la Torre Valmont seguía en pie. Las acciones no se habían desplomado y las operaciones navieras continuaban su curso.
Desde el punto de vista del mercado financiero de Valdoria, Adrián Valmont seguía siendo el rey indiscutido del tablero.

Sin embargo, desde el interior del piso ochenta y dos, la realidad era una zona de desastre radiactivo.
Adrián trabajaba veinte horas al día. Su nivel de exigencia, que ya era brutal, se había vuelto directamente sádico para su equipo de gerentes. Aprobaba despidos sin inmutarse, cerraba filiales deficitarias y aplastaba a la competencia con una crueldad que hizo que incluso la prensa económica, acostumbrada a su dureza, publicara artículos sobre el "invierno de Valmont".

Era un viernes al mediodía cuando las puertas de su despacho se abrieron sin previo aviso.
Gabriel Valmont entró con su habitual arrogancia, apoyándose en su bastón de plata.
Adrián no levantó la vista de sus monitores.
—Estoy en medio de una auditoría trimestral, papá. Salí.

Gabriel caminó hasta el escritorio y se dejó caer en una de las sillas de cuero para visitantes.
—Vine a felicitarte. Los números del último balance son excepcionales. Absorber la flota del norte fue un movimiento maestro. Damián se ha quedado sin aliados en la junta. Y lo mejor de todo... veo que finalmente entraste en razón y te deshiciste del lastre.

Adrián detuvo sus dedos sobre el teclado. El silencio en la oficina se volvió gélido.
Levantó lentamente la cabeza, clavando sus ojos grises en su padre.
—¿El lastre?
—La chica Veyra. Damián me informó que sus informantes en el edificio confirmaron que ella abandonó el penthouse hace tres semanas con sus maletas. Asumo que fuiste inteligente, le firmaste un cheque de divorcio confidencial y lograste que la junta mirara hacia otro lado argumentando diferencias irreconciliables de carácter. Te felicito, hijo. Por fin estás actuando como un verdadero Valmont.

Adrián miró a su padre. Vio la complacencia en su rostro arrugado. Vio el orgullo por haber criado a un depredador idéntico a él.
Y, de repente, una oleada de asco absoluto, profundo y purificador lo invadió.
Todo el imperio que lo rodeaba, el mármol, las cuentas bancarias, el poder de destruir vidas con una firma en un papel... no valía absolutamente nada si el precio a pagar era convertirse en la sombra de ese hombre miserable.

Adrián se puso de pie lentamente, abrochándose el botón del saco.
—No la despedí, papá. Ella me dejó. Porque descubrió que esta empresa, bajo tu dirección, destruyó a su padre con una maniobra asquerosa. Y descubrió que yo fui tu cómplice ciego al firmar esa auditoría.
Gabriel frunció el ceño, molesto por el arrebato de moralidad.
—Son negocios, Adrián. Los débiles quiebran. Ella tenía que aceptarlo.

—Los débiles no quiebran. A los débiles los quebramos nosotros —replicó Adrián, con la voz cargada de un veneno letal—. Y ya terminé de hacerlo.
—¿De qué estupidez estás hablando?
Adrián presionó un botón en el intercomunicador de su escritorio.
—Marcos. Contactá al presidente de la junta directiva y a los accionistas mayoritarios. Convocá una asamblea de emergencia para el próximo lunes a primera hora.

Gabriel se levantó de la silla, apoyando el peso en su bastón, repentinamente alarmado.
—¿Qué vas a hacer, Adrián? No podés convocar a la junta sin mi aval.
—Ya no necesito tu aval. —Adrián tomó el teléfono móvil de su bolsillo y lo guardó en el interior de su chaqueta—. Voy a desmantelar las subsidiarias que creaste para vaciar a empresas menores. Voy a hacer públicos los reportes de auditoría de hace diez años. Y el lunes por la mañana, voy a presentar mi renuncia formal e irrevocable como CEO del Grupo Valmont.

El rostro de Gabriel perdió todo el color. El bastón tembló en su mano.
—¡Estás demente! ¡Si renunciás sin un heredero o una esposa estable, la cláusula de tu abuelo se activa! ¡El control del fideicomiso pasa a Damián! ¡Le estás entregando la empresa a tu enemigo en bandeja de plata!
Adrián caminó alrededor del escritorio y se detuvo frente a la puerta, abriéndola para invitar a su padre a salir.

—La empresa ya no me importa, papá. Que Damián se quede con las cenizas de tu imperio de papel. Yo tengo algo mucho más importante que recuperar. Algo real.
Dejó a Gabriel petrificado en medio del despacho, salió al pasillo y caminó hacia los ascensores privados.
Por primera vez en treinta años, no sentía el peso aplastante del apellido Valmont sobre sus hombros. La decisión estaba tomada.
Iba a ir al sur. A Liria. Y no pensaba regresar a Avelmont sin la mujer que amaba.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.