El penthouse estaba sumido en la penumbra cuando Adrián cruzó la puerta principal.
Eran pasadas las nueve de la noche. Había pasado todo el día en reuniones interminables con el equipo legal, asegurándose de que la suspensión de Damián quedara blindada ante cualquier apelación. Estaba exhausto, pero la idea de llegar a casa, de ver a Elena trabajando bajo la luz cálida de su escritorio, lo había mantenido en pie.
Se quitó el saco y aflojó su corbata. El silencio del departamento no era el silencio cómodo de las últimas noches. Era un silencio pesado, asfixiante, cargado de una estática que le erizó el vello de los brazos.
Caminó hacia el salón principal.
Elena estaba allí. No estaba en su mesa de restauración. Estaba sentada en uno de los sillones de diseño, en la oscuridad, iluminada únicamente por las luces de la ciudad de Avelmont que entraban por el inmenso ventanal.
—Llegaste tarde —dijo ella. Su voz sonó hueca, desprovista de cualquier inflexión emocional.
—Los abogados de la junta exigían revisar el acta de suspensión línea por línea. Fue una tortura burocrática.
Adrián dio un paso hacia ella, con la intención de besarla, pero se detuvo en seco al notar la postura de Elena. Estaba rígida como el mármol.
Fue entonces cuando sus ojos se adaptaron a la penumbra y vio lo que descansaba sobre la mesa de cristal, justo frente a ella.
Una carpeta roja.
La carpeta del Anexo Operativo de 2016. La evaluación de riesgo de la Constructora Elar.
El corazón de Adrián se detuvo. El aire abandonó sus pulmones como si lo hubieran golpeado en el estómago con una viga de acero.
Elena no lo miró a los ojos. Mantuvo la vista fija en la carpeta.
—Me tomó tres días revisar millones de folios en ese subsuelo maldito. Me dolían los ojos, la espalda. Empezaba a creer que yo estaba loca. Que Damián me había envenenado la cabeza y que tu padre simplemente había hecho un negocio duro pero legal.
Finalmente, Elena levantó el rostro. En la penumbra, sus ojos brillaban con lágrimas contenidas, pero su expresión era de una dureza insondable.
—Y entonces apareció tu querido primo esta tarde. Y me ahorró el trabajo. Me dijo exactamente qué buscar y dónde encontrarlo.
Adrián sintió que el suelo de la torre desaparecía bajo sus pies. Intentó hablar, pero la garganta se le había cerrado.
—Elena... puedo explicarlo.
—¿Explicarlo? —Ella soltó una risa quebrada, agarrando la carpeta y arrojándola contra el pecho de él. Adrián no intentó esquivarla; los papeles se desparramaron por el suelo de mármol—. ¡Explicame entonces por qué tu firma está en la última página del documento que recomendó asfixiar a mi padre cortándole el crédito bancario! ¡Explicame cómo calculaste matemáticamente que arruinar a un hombre honesto era un riesgo aceptable para tu imperio!
Adrián miró los papeles esparcidos a sus pies. El fantasma de su pasado, el pecado original que había intentado enterrar bajo capas de millones de dólares y un matrimonio de conveniencia, finalmente lo había alcanzado.
—Yo tenía veintidós años, Elena —dijo él, y su voz sonó ronca, desesperada—. Acababa de llegar de Zúrich. Mi padre me dio una pila de evaluaciones de riesgo de treinta constructoras diferentes del sur. Para mí... para mí solo eran números en una hoja de cálculo. Un ejercicio de auditoría. Reducción de pasivos, proyección de quiebras, absorción de activos. No sabía quién era Alejandro Veyra. No le vi la cara. No sabía que tenía una familia.
Elena se puso de pie. Temblaba de pies a cabeza.
—¿Y cuándo lo supiste, Adrián? ¿Cuándo dejaron de ser números para convertirse en personas de carne y hueso?
Él tragó saliva. La verdad era lo único que le quedaba, aunque supiera que iba a destruirlo.
—Años después. Cuando mi padre intentó obligarme a construir un resort en los terrenos del lago Elar. Revisé el historial de adquisición. Vi el nombre de tu padre. Vi las actas de defunción. Vi lo que mi firma había desencadenado.
—Y la culpa te comió vivo —dedujo ella, con un desprecio lacerante—. Por eso mandaste a tus emisarios a Liria a comprar mi casa. Querías limpiar tu conciencia con un cheque en blanco. Y cuando yo lo rechacé, usaste la táctica de la junta directiva: me compraste a mí.
—¡Te elegí porque quería arreglarlo! —gritó Adrián, perdiendo el control por primera vez, acortando la distancia entre ambos—. No te elegí para el contrato porque te despreciara, Elena. ¡Te elegí porque cuando vi que estabas a punto de perder tu casa por la quiebra que yo había ayudado a provocar, no pude soportarlo! Necesitaba una esposa para el fideicomiso y vos necesitabas salvación financiera. Pensé que era la única forma de devolverte algo de lo que te había quitado sin que rechazaras el dinero.
—¡Me quitaste a mi padre! —El grito de Elena desgarró el silencio del penthouse. Las lágrimas finalmente se desbordaron, cayendo por sus mejillas pálidas—. ¡Me quitaste diez años de vida viendo a mi madre llorar deudas que no eran suyas! ¡Me hiciste pararme frente a doce hombres de traje para mentir bajo juramento y decirles que te amaba, defendiéndote, mientras el papel que firmaste estaba enterrado a ochenta pisos bajo mis pies!
—Elena, por favor... —Adrián extendió las manos hacia ella, rogando un contacto que sabía que no merecía—. Lo que te dije en el despacho después de la junta... lo que pasó entre nosotros anoche. Eso no fue culpa. No fue un acuerdo compensatorio. Yo te amo. Te juro por mi vida que te amo.
Elena retrocedió un paso, alejándose de sus manos como si quemaran.
—Tu amor es igual que tus contratos, Adrián. Está basado en omisiones, en cláusulas ocultas y en beneficio propio. Callaste la verdad en Liria cuando te confesé mi dolor frente a la chimenea. Preferiste acostarte conmigo antes de decirme que vos habías sido el verdugo de mi familia.
—Si te lo decía, te perdía en ese mismo instante. Estaba aterrorizado.
—Pues adiviná qué, Valmont —dijo ella, secándose las lágrimas con el dorso de la mano, reconstruyendo su armadura de orgullo—. Acabás de perderme igual.