Las reglas que rompimos

Capítulo 18: La semilla de la duda

El cóctel de clausura al mediodía siguiente fue un evento diurno y relajado alrededor de las piscinas infinitas del resort. El sol brillaba con una intensidad implacable y el mar parecía un espejo azul.
Elena llevaba un vestido de lino blanco y gafas de sol, interpretando el papel de la esposa devota con una precisión que rozaba la perfección profesional. Adrián se mantuvo a su lado durante la primera hora, pero inevitablemente fue secuestrado por el director del banco inversor más grande de la región para discutir una fusión inminente.

Antes de alejarse, Adrián le rozó la espalda con la mano.
—No me tardo. Quedate cerca del sector VIP.
Ella asintió, agradeciendo el espacio. Se acercó a una mesa alta con sombra y pidió un agua con gas y limón. El calor era sofocante, pero la tensión de la noche anterior pesaba mucho más.

—Sobreviviste a la primera noche oficial como la señora Valmont.
Elena se giró y se encontró de frente con Damián Valmont. Llevaba una camisa azul marino desabotonada en el cuello y una sonrisa afilada que no lograba ocultar la malicia en sus ojos.
—Tuve un excelente maestro de supervivencia en Liria, Damián. Las fiestas corporativas no me asustan.
Damián se apoyó en la mesa, invadiendo su espacio personal justo lo suficiente para incomodarla sin cruzar la línea del acoso.
—Es fascinante, Elena. De verdad lo es. Mi primo, el lobo solitario, el sociópata de los negocios que nunca tuvo una relación que durara más de un ciclo de facturación mensual... de repente aparece casado con una mujer del sur que no tiene conexiones, ni fortuna, ni paciencia para soportarnos.

—El amor es misterioso —dijo ella, con el tono más plano y aburrido que pudo fingir.
Damián soltó una carcajada seca.
—El amor. Claro. Esa es la narrativa oficial. Pero vos sos una chica inteligente, Elena. No vas a ofender mi intelecto fingiendo que te casaste con él por su gran corazón. Adrián tiene un reloj suizo en el lugar donde el resto de los mortales tenemos un órgano que late.
—Lo que Adrián y yo tengamos, no es asunto de la junta directiva. Ni tuyo.
Damián inclinó la cabeza, observándola por encima de sus propias gafas de sol.
—Tal vez no sea asunto mío. Pero definitivamente es asunto tuyo saber en la cama de quién estás durmiendo.

Elena frunció el ceño. El tono de Damián había perdido la burla; ahora era peligrosamente serio.
—¿A qué te referís?
—En la cena en Avelmont fui un poco duro sacando a relucir el tema de tu padre. Te pido disculpas. Fue una tragedia lo de Alejandro Veyra. Un hombre honesto devorado por las finanzas de la capital.
—Tus disculpas no me interesan.
Damián ignoró el rechazo y se acercó un centímetro más, bajando la voz.
—Lo que me pregunto es si realmente creés que la caída de tu padre fue un accidente del mercado, Elena. O un simple error de cálculo, como vos dijiste.
El estómago de Elena se contrajo.
—¿De qué estás hablando, Damián?

Damián miró hacia el otro lado de la piscina, donde Adrián estaba enfrascado en su reunión.
—La Constructora Elar no quebró por incompetencia, Elena. Quebró porque alguien absorbió sus activos tóxicos a propósito y luego hundió la empresa para cobrar los seguros y limpiar deudas de terceros. Fue un sabotaje financiero de manual.
Elena sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
—Eso es mentira. Mi padre asumió la culpa. Los documentos lo demostraron.
—Los documentos muestran lo que el que tiene el dinero quiere que muestren —siseó Damián—. Tu padre y mi tío Gabriel hicieron muchos negocios juntos hace años, Elena. Más de los que salen en los diarios financieros. Si yo fuera vos, le preguntaría a mi flamante esposo cuánto sabía él de la historia de Alejandro Veyra antes de elegirte tan "casualmente" en esa subasta de arte.

Antes de que Elena pudiera formular una respuesta, antes de que pudiera procesar el veneno que Damián acababa de inyectar en sus venas, Adrián apareció a sus espaldas.
—Damián —dijo Adrián, y su voz cortó el aire como un látigo—. Te buscan del área de logística. Parece que hubo un problema con los traslados al aeropuerto.
Damián se enderezó de inmediato, retrocediendo con una sonrisa perfecta y fingida.
—Ya me ocupo, primo. Solo le estaba haciendo compañía a Elena. Tiene una conversación fascinante.
Damián le dedicó una última mirada cargada de intenciones a Elena y se alejó entre la multitud.

Adrián se acercó a ella, notando inmediatamente su palidez.
—¿Qué te dijo? —preguntó, con el ceño fruncido y los ojos escrutando su rostro.
Elena miró al hombre con el que se había casado. El hombre que le había salvado la casa, pero que representaba a la familia que podría haber destruido a su padre.
Recordó la tarjeta negra de presentación. Recordó lo fácil que había sido para él ubicar su taller en Liria.
*¿Me eligió porque me necesitaba... o porque yo era parte de su plan?*

—Nada importante —mintió Elena, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos y aferrando su vaso de agua con fuerza—. Solo me estaba dando la bienvenida a la familia Valmont.
Adrián la observó durante un segundo, sabiendo que mentía, pero decidió no presionar.
—El avión sale en dos horas. Volvemos a Avelmont.




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