Gabriel Valmont odiaba la debilidad. La consideraba una enfermedad infecciosa que debía ser extirpada con bisturí. Y en las últimas semanas, su hijo Adrián apestaba a debilidad.
Gabriel entró al despacho de Adrián en el piso ochenta y dos sin golpear. La lluvia golpeaba los ventanales. Adrián estaba de pie, mirando la ciudad, con un vaso de agua en la mano. Desde que Elena lo había abandonado para volver a Liria, el alcohol había dejado de tener efecto en él.
—Los márgenes de la naviera cayeron dos puntos —anunció Gabriel, arrojando un informe sobre el escritorio de cristal—. Y escuché que la niña Veyra hizo sus maletas y huyó al sur. Te dije que esa boda era un error de cálculo. Los contratos emocionales siempre tienen fugas de capital.
Adrián no se giró de inmediato. El sonido de la voz de su padre, que alguna vez le había infundido respeto y terror, ahora solo le provocaba una repulsión física profunda.
—Elena no huyó, papá. Se fue porque descubrió lo que hicimos. Lo que me obligaste a hacer hace diez años.
Gabriel soltó una carcajada seca, carente de humor. Caminó hacia el minibar y se sirvió un trago, sintiéndose el dueño absoluto del lugar.
—¿Y qué importa lo que descubrió una restauradora de libros de un pueblo perdido? —preguntó Gabriel, tomando un sorbo—. El banco liquidó los activos. Elar es nuestro. Es historia antigua. Si está resentida, firmale un cheque con ceros suficientes para que cierre la boca y presentá una demanda de divorcio confidencial por diferencias irreconciliables. Mantendrás el fideicomiso. Damián no tendrá argumentos.
Adrián giró lentamente. Sus ojos grises eran dos témpanos de hielo.
—No le voy a firmar un cheque a la mujer que amo para encubrir la basura que vos orquestaste, Gabriel.
El patriarca detuvo el vaso a medio camino de sus labios. La palabra "amo" en boca de su hijo era una anomalía que no estaba en sus cálculos.
—Estás perdiendo el juicio, Adrián. Si creés que voy a permitir que arriesgues el control del Grupo Valmont por una crisis moral tardía, estás muy equivocado. Yo construí este imperio. Yo aplasté a los idiotas como Alejandro Veyra para que vos pudieras tomar café en este piso. Si tenés que triturar a su hija para mantener el poder, lo vas a hacer. Porque sos mi sangre. Sos igual a mí.
Adrián dejó el vaso de agua sobre la mesa. Avanzó hacia su padre, superándolo en altura y presencia. La máscara del niño asustado había desaparecido para siempre.
—Me pasé toda la vida aterrorizado de no ser lo suficientemente fuerte para este imperio. Pero mirándote ahora, me doy cuenta de que la verdadera debilidad es necesitar destruir a otros para sentirte grande.
—Cuidá tu tono, muchacho —siseó Gabriel.
—No soy igual a vos. Y me voy a encargar de que todo Valdoria lo sepa.
Gabriel lo miró con furia, pero por primera vez en treinta años, vio algo en los ojos de su hijo que lo hizo retroceder un paso. Vio su propio final.
Damián Valmont no perdía el tiempo.
El miércoles por la mañana, la sala del directorio del Grupo Valmont en el piso ochenta y dos estaba cargada de una tensión eléctrica. La enorme mesa de roble ovalada estaba ocupada por doce hombres y mujeres que representaban los mayores capitales de Valdoria.
Adrián ocupaba la cabecera. Llevaba el traje azul más oscuro de su guardarropa, una armadura tejida para la guerra. No había dormido en tres días. Desde la noche en que su padre irrumpió en el penthouse, Elena había levantado un muro de hielo impenetrable. Dormían en la misma cama, respetando la mentira para los espías, pero no se dirigían la palabra. Habían vuelto a ser dos extraños atados por un contrato.
Damián, sentado a su derecha, se levantó con una sonrisa depredadora y proyectó un gráfico en la pantalla principal.
—Estimados miembros de la junta. He convocado esta asamblea extraordinaria por una cuestión de vital importancia para la transparencia de nuestra corporación. Afecta directamente al fideicomiso sucesorio y al liderazgo de nuestro actual CEO.
Un murmullo de incomodidad recorrió la sala. Adrián mantuvo la vista fija en la pantalla, con el rostro inexpresivo.
—Como todos sabemos —continuó Damián, caminando alrededor de la mesa—, Adrián cumplió recientemente con la cláusula de matrimonio impuesta por el fundador. Sin embargo, mi equipo de auditores externos ha descubierto irregularidades preocupantes en el trasfondo de esta unión.
Damián presionó un botón y la pantalla mostró documentos financieros.
—La señorita Elena Veyra estaba a setenta y dos horas de perder su propiedad familiar en el sur por ejecución hipotecaria. Casualmente, el mismo día que conoció a nuestro CEO, una serie de transferencias anónimas a través de subsidiarias *off-shore* cancelaron su deuda por completo. Tres días después, estaban casados.
Los murmullos se convirtieron en voces de alerta.
—Esto sugiere fuertemente un matrimonio simulado, un acuerdo comercial ilícito para burlar las reglas del fideicomiso, lo cual constituye fraude estatutario.
Adrián se inclinó hacia adelante, entrelazando las manos sobre la mesa de roble.
—Las finanzas de mi esposa previas al matrimonio son un asunto privado, Damián. Yo cancelé las deudas de la mujer que amo. Es un acto de protección patrimonial familiar, no un fraude.
—¡Oh, el amor! —Damián soltó una carcajada teatral—. Es un cuento precioso, Adrián. Sería creíble si no fuera por el pequeño detalle del historial familiar.
La pantalla volvió a cambiar, mostrando la foto de Alejandro Veyra y los recortes de periódicos sobre la quiebra de la Constructora Elar.
—La esposa de Adrián es la hija del hombre que nuestra empresa matriz hundió hace diez años para absorber los terrenos del sur. Una mujer cuya familia fue destruida por nuestro tío Gabriel. Y de pronto, ¿se enamora perdidamente del heredero del imperio? Esto no es amor, señores. Esto es un pago de silencio. Un contrato de conveniencia para evitar una demanda histórica que Adrián intentó ocultar bajo la alfombra del matrimonio.