Para el atardecer del viernes, la fiebre finalmente se quebró. Adrián abrió los ojos lentamente. La luz del sol que se filtraba por las cortinas era de un tono anaranjado cálido. Su cuerpo se sentía como si hubiera sido atropellado por un tren de carga. Tenía la garganta seca como el papel de lija y los músculos entumecidos.
Giró la cabeza. Elena estaba sentada en un sillón de lectura en la esquina de la habitación, con las piernas cruzadas y un libro grueso en el regazo, pero no estaba leyendo. Estaba mirando hacia el ventanal, completamente perdida en sus pensamientos. —¿Qué hora es? —graznó Adrián. Su propia voz le sonó extraña.
Elena parpadeó, saliendo de su trance, y lo miró. Su expresión era ilegible. —Las seis de la tarde. Del viernes. Adrián intentó sentarse, pero un mareo violento lo obligó a volver a caer sobre las almohadas. El pánico lo asaltó al recordar las obligaciones que había abandonado. —La junta. Damián... —Damián está en su oficina lamiéndose las heridas —lo interrumpió ella, levantándose y acercándole un vaso de agua—. Marcos les dijo a los inversores que estabas rediseñando los anexos desde tu despacho privado y que las reuniones se pasaban para el lunes. Nadie hizo preguntas.
Adrián tomó el vaso con manos temblorosas y bebió con desesperación. Al terminar, la miró. —Mentiste por mí. —Protegí mi inversión —corrigió ella, con un tono neutro que no encajaba con el cuidado minucioso con el que le había cambiado las toallas toda la noche—. Si la junta te destituye, me quedo sin marido oficial antes de cumplir los doce meses. Las reglas son las reglas.
Él dejó el vaso sobre la mesa de luz. Sabía que mentía. Podía ver el cansancio en los ojos de ella, las ojeras marcadas por no haber dormido para cuidarlo. El CEO intocable había mostrado su punto más débil frente a la única persona de la que se suponía debía protegerse. —No recuerdo mucho de anoche —confesó él, pasándose una mano por el cabello—. ¿Hice o dije algo estúpido?
Elena se quedó inmóvil. El recuerdo de las palabras balbuceadas sobre la Constructora Elar le quemaba en la punta de la lengua. Podía confrontarlo ahora mismo. Pero recordó su propia promesa silenciosa. No iba a actuar sin pruebas. Si lo enfrentaba ahora, él simplemente usaría su astucia corporativa para desviar la atención, excusándolo como un delirio febril sin sentido. Necesitaba evidencias. Necesitaba llegar al archivo muerto.
—Solo te quejabas del frío —mintió ella, sosteniéndole la mirada con la misma frialdad que él usaba en los negocios—. Dormí un poco más, Adrián. El lunes vas a necesitar toda tu energía para volver a poner a tu primo en su lugar. Se dio la vuelta y salió de la habitación, dejándolo solo.
Adrián observó la puerta cerrada, sintiendo un extraño vacío en el pecho. Estaba a salvo. La empresa seguía en sus manos y Damián no había avanzado. Pero la barrera que los separaba, que había parecido derretirse durante las últimas semanas, acababa de volver a levantarse, más gruesa y más fría que nunca. Y él no tenía ni la más remota idea de qué fantasma se había despertado en su cabeza para ahuyentarla.
