Las reglas que rompimos

Capítulo 45: Lo que elegimos

Los siguientes meses fueron una guerra campal en la capital.
Como Adrián había advertido, la denuncia contra Gabriel Valmont sacudió los cimientos de Valdoria. La prensa financiera festinó con los documentos filtrados de la Constructora Elar. Las acciones del Grupo Valmont, ahora bajo el mando inestable de Damián, sufrieron una caída histórica ante el escándalo de corrupción y prácticas monopólicas del patriarca.

Gabriel fue arrestado e imputado por fraude corporativo y extorsión financiera. Durante el juicio, Adrián subió al estrado como testigo clave y co-responsable. Admitió su firma en la auditoría, explicó la mecánica de la absorción hostil y no intentó escudarse en su juventud. Asumió la culpa.
Sin embargo, su colaboración proactiva con la justicia, la entrega voluntaria de los documentos incriminatorios y la falta de dolo en su accionar de hace una década jugaron a su favor. Evitó la prisión, pero fue condenado a pagar una multa multimillonaria que diezmó sus ahorros personales y se le inhabilitó para ejercer cargos directivos en corporaciones de riesgo por cinco años.

Para la alta sociedad de Avelmont, Adrián Valmont había caído en desgracia. Era un paria, un exiliado.
Para Elena, era el hombre más valiente que había pisado la tierra.

Era una tarde de primavera en Liria. El lago Elar reflejaba un cielo despejado y azul intenso.
Elena estaba en su taller, terminando de restaurar la cubierta de cuero de un viejo códice, cuando Adrián entró a la casa. Llevaba una caja de herramientas en una mano y una bolsa de compras en la otra. Estaba manchado de aserrín.

—Logré reparar los canalones del techo del porche sur —anunció él, dejando las herramientas en el pasillo—. Y conseguí los vegetales que pediste en el mercado del centro. Aunque tuve que regatear con la señora del puesto. Al parecer, en este pueblo el precio del tomate es subjetivo.
Elena soltó una carcajada, limpiándose las manos con un trapo y caminando hacia él.
El ex CEO del Grupo Valmont, el terror de las adquisiciones corporativas, estaba quejándose del precio de las verduras en un pueblo de montaña. Y parecía absolutamente feliz haciéndolo.

Ella se acercó y le rodeó el cuello con los brazos, poniéndose de puntillas para darle un beso corto y dulce.
—El regateo es un arte, Valmont. Te falta práctica.
Adrián pasó los brazos por la cintura de ella, atrayéndola contra su pecho.
—Estoy aprendiendo. Dame tiempo.

Desde que el juicio había terminado, Adrián se había instalado permanentemente en Liria. Sin corporaciones que dirigir, había volcado su energía inagotable en reconstruir la vieja casa de los Veyra, invirtiendo sus propios ahorros restantes en modernizar la estructura sin perder su esencia. A la par, había comenzado a dar consultorías financieras independientes para pequeñas empresas locales del sur, ayudándolas a protegerse de los grandes conglomerados de la capital.
Estaba construyendo un mundo nuevo, desde los cimientos.

Adrián apoyó la frente contra la de Elena.
—Marcos me llamó esta mañana —comentó él en voz baja.
—¿Tu antiguo secretario? ¿Qué quería?
—Las acciones de Valmont cayeron otro tres por ciento hoy. Damián intentó una fusión agresiva con la naviera que yo dejé pendiente, y fracasó estrepitosamente. Los inversores están pidiendo su cabeza. Marcos dice que la junta está considerando ofrecerme el puesto de nuevo, como consultor externo, una vez que pase la inhabilitación.

Elena lo miró a los ojos, buscando cualquier rastro de ambición reprimida.
—¿Y qué le dijiste?
Adrián sonrió, una sonrisa relajada que no tenía nada de fría ni calculadora.
—Le dije que estaba muy ocupado reparando un tejado en el sur y que perdieran mi número.
Elena le devolvió la sonrisa, sintiendo que el corazón se le llenaba de una paz absoluta.
—Esa junta directiva no te merecía de todas formas.

Adrián la soltó suavemente y se metió la mano en el bolsillo del pantalón.
—A propósito de contratos y papeles que firmamos en el pasado... —dijo él, su tono volviéndose de repente un poco más serio y ceremonial.
Sacó un objeto pequeño y brillante.
Era el anillo. La alianza de platino macizo con el pequeño diamante negro en el interior. El mismo anillo que Elena le había devuelto en el penthouse de Avelmont el día que lo abandonó.

Adrián tomó la mano izquierda de Elena.
—La primera vez que te puse este anillo, fue frente a un juez comprado, rodeados de fotógrafos y buitres, bajo la amenaza de un contrato lleno de reglas estúpidas.
Él la miró a los ojos, y la profundidad de su mirada la dejó sin aliento.
—Esta vez, no hay contrato. No hay fideicomisos, no hay deudas que pagar, ni secretos en el sótano. Solo somos vos y yo.

Elena sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, pero esta vez eran lágrimas de pura felicidad.
—Adrián...
—Regla Número Cinco, Elena —susurró él, recordando la cláusula que lo había empezado todo—. No enamorarnos.
Elena soltó una pequeña risa llorosa.
—La rompimos en la primera semana. Somos un desastre siguiendo instrucciones.
—Totalmente incompetentes —coincidió él con una sonrisa.

Adrián deslizó lentamente el anillo de platino por el dedo anular de Elena, hasta que la pieza de metal encajó perfectamente en su lugar, justo donde pertenecía.
—¿Te casarías conmigo, Elena? Esta vez de verdad. Sin cláusulas de salida.
Elena miró el anillo, y luego al hombre que había renunciado al mundo entero solo para estar con ella.
—Sí —respondió, sin un ápice de duda—. Sí, Adrián. Rompamos todas las reglas que queden.




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