A la mañana siguiente, la luz del sol se filtró por los inmensos ventanales, iluminando un panorama doméstico inédito.
Adrián estaba en la cocina, vestido solo con un pantalón de pijama, preparando café en la máquina expresso de acero inoxidable. Elena apareció minutos después, envuelta en una de las camisas de vestir blancas de Adrián, que le quedaba como un vestido por encima de las rodillas.
El silencio entre ellos ya no era estéril; era cálido, doméstico. Adrián le ofreció una taza de café y, cuando ella la tomó, él la atrajo por la cintura para darle un beso lento y profundo que sabía a mañana y a promesas nuevas.
—Podrías acostumbrarte a esto —murmuró él contra su frente.
—No cantes victoria tan rápido, Valmont. Todavía no me viste de mal humor por falta de cafeína.
Se sentaron en la isla de cuarzo. Adrián revisó su tableta, ignorando los correos del directorio para enfocarse en ella.
—La junta aprobó la expulsión temporal de Damián del comité ejecutivo por conducta perjudicial hacia los intereses de la empresa —anunció Adrián, con una nota de satisfacción—. Está acorralado. Por ahora, no tiene poder de fuego para impugnar el fideicomiso.
Elena tomó un sorbo de café, pero su mirada se oscureció levemente al mencionar a su familia.
—Ganamos tiempo, sí. Pero tu primo no mintió sobre mi padre, Adrián. Gabriel destruyó la Constructora Elar usando tácticas ilegales.
Adrián tensó la mandíbula, dejando la taza sobre la mesa con un poco más de fuerza de la necesaria.
—Lo que hizo mi padre es imperdonable, Elena. Pero el caso prescribió. Legalmente, el Grupo Valmont está blindado.
—No me importa el blindaje legal —respondió ella, dejando su propia taza a un lado—. Mi padre murió con la etiqueta de estafador y de inepto grabada en su lápida. Damián encontró las huellas del sabotaje en un fin de semana. Si los registros existen, yo también puedo encontrarlos.
Adrián sintió que el pulso se le aceleraba. El pánico frío y calculador de la junta directiva volvió a instalarse en su sistema.
—¿A qué te referís?
—Quiero limpiar el nombre de Alejandro Veyra, Adrián. Ahora que el matrimonio es "oficial", nadie me puede negar la entrada a la empresa. Quiero acceder al subsuelo de la Torre Valmont. Quiero revisar los archivos físicos de hace diez años.
La petición cayó como una bomba de tiempo en medio de la cocina perfecta.
Adrián la observó, calculando las probabilidades, las variables, el riesgo inminente. Los archivos físicos de la liquidación de Elar estaban en el nivel negativo 4 de la Torre. Millones de papeles en cajas de cartón. Agujas en un pajar. Era muy improbable que ella, sin formación contable avanzada, encontrara el anexo específico que lo vinculaba a él.
Pero la posibilidad existía.
Si le negaba el acceso, Elena sospecharía de inmediato. Reconstruiría los muros que tanto le había costado derribar. Si se lo permitía, le estaba entregando un arma cargada.
—Esos archivos son un caos, Elena. Hay millones de folios, auditorías cifradas, registros muertos de subsidiarias cerradas. No vas a encontrar una confesión firmada por mi padre diciendo "yo arruiné a Veyra".
—Soy restauradora de documentos históricos, Adrián —replicó ella, sosteniéndole la mirada con determinación férrea—. Paso mis días enteros buscando firmas borradas, patrones de tinta y hojas faltantes en libros de trescientos años de antigüedad. Leer un balance corporativo adulterado no me va a asustar. Solo necesito tu autorización de acceso.
Adrián sopesó sus opciones. Podría intentar borrar los archivos antes de que ella llegara. Podría ordenar que quemaran esa caja. Pero el sistema de seguridad de la bóveda registraba cada movimiento, y alterar evidencia lo pondría a merced de los auditores externos si Damián volvía a atacar. Estaba atrapado en su propio laberinto.
—Bien —dijo Adrián finalmente, tragando la bilis del miedo—. Le pediré a Marcos que te haga una tarjeta magnética con nivel de acceso total. El subsuelo 4 es tuyo. Pero te lo advierto, Elena... a veces, desenterrar el pasado solo sirve para ensuciarse las manos.
—Mis manos ya están sucias —respondió ella, mirando sus dedos manchados de tinta—. Pero mi conciencia está limpia. Eso es más de lo que tu familia puede decir.
