El regreso a la Villa Presidencial, horas más tarde, fue el equivalente a encerrar a dos animales salvajes en una jaula de cristal.
La piel de Elena estaba tirante, ligeramente tostada por el sol y saturada de sal marina, pero lo que realmente le quemaba por dentro era la adrenalina del yate. El beso de Adrián había sido un acto de teatro corporativo, una maniobra de distracción para los inversores y para Julián Meyer. Ella lo sabía. Era la Regla Número Uno camuflada de supervivencia estratégica.
Pero su cuerpo no entendía de contratos. Su cuerpo solo recordaba la firmeza de la mano de él en su cadera y la humedad de sus labios.
Apenas se cerró la puerta corrediza de la villa, aislando el sonido del mar, Elena estalló.
Tiró el sombrero de ala ancha sobre el sofá y se giró hacia Adrián, que acababa de dejar la llave magnética sobre la mesa de entrada.
—No vuelvas a usarme de esa manera, Adrián. Nunca más.
Él se detuvo en seco, aflojándose los botones de la camisa de lino. La tensión en sus hombros evidenciaba que él tampoco había logrado regular su pulso desde el viaje en barco.
—¿Usarte? Estaba protegiendo nuestra fachada. Julián te estaba interrogando.
—¡No necesito que me protejas besándome como si fueras a devorarme frente a cincuenta personas! —le gritó ella, cruzando la sala a pasos rápidos—. ¡Estábamos a un milímetro de que te diera una bofetada en público! ¡Sos un controlador! ¡Solo te importa marcar territorio frente a otros hombres para alimentar tu ego!
Adrián acortó la distancia entre ellos con dos zancadas largas, su habitual frialdad reemplazada por una ira volcánica.
—¡No se trata de ego, maldita sea! Se trata de mantenernos a flote. Si la junta llega a dudar del matrimonio por un rumor de un idiota como Meyer, todo lo que hicimos en Liria no habrá servido de nada.
—¡Entonces redactá un guion mejor! ¡Porque cada vez que me tocás así, me cuesta horrores recordar que esto es una puta mentira!
Las palabras escaparon de la boca de Elena antes de que su cerebro pudiera frenarlas.
El silencio cayó sobre la villa como un yunque.
Adrián se detuvo a medio metro de ella. El enojo desapareció de su rostro, reemplazado por un impacto profundo. La miró a los ojos, procesando la confesión encubierta que ella acababa de arrojarle a la cara.
Le costaba recordar que era una mentira.
Porque se estaba sintiendo demasiado real.
Elena retrocedió un paso, aterrada por su propia vulnerabilidad. Se cubrió el rostro con ambas manos, intentando recuperar el aire.
—Mierda. Olvidá lo que dije. Solo estoy cansada. El sol... la gente...
Pero Adrián no se movió. No la dejó escapar de lo que acababa de decir.
Lentamente, levantó las manos y tomó las muñecas de Elena, apartándolas de su rostro con una suavidad que contrastaba brutalmente con la discusión que acababan de tener.
—A mí también me cuesta recordarlo, Elena.
El susurro de Adrián fue una fisura directa en el bloque de hielo de su disciplina.
Mantuvo el agarre en las muñecas de ella, acercándose un paso más. Estaban tan cerca que compartían el mismo oxígeno. La camisa abierta de él rozaba la seda del pareo de ella.
—Desde que firmaste ese papel, cada regla que escribí me parece una idiotez. Me paso el día entero intentando ser la máquina que mi padre espera que sea, pero cuando estoy con vos... cuando Meyer te mira, cuando te reís de mí por no saber usar una cafetera... se me olvida todo.
Elena lo miró a los ojos. Ya no había máscaras de titanio. No había CEO ni inversores. Solo un hombre exhausto luchando contra sus propios instintos.
Ella bajó la vista hacia el pecho de él. El impulso de inclinarse, de acortar los últimos centímetros y besarlo, no para un público, sino para sí misma, era abrumador.
Estaban al borde del precipicio.
Adrián soltó sus muñecas lentamente, y en lugar de alejarse, sus manos subieron hasta el rostro de ella, acunándolo.
—Si cruzamos esta línea en este momento, Elena... si lo hacemos con tanta furia, vamos a destruir el contrato. Y no sé si voy a poder volver a mi lado de la cama.
Elena cerró los ojos, sintiendo el pulgar de él acariciarle el pómulo.
El pánico a enamorarse del verdugo, el miedo a perder el control sobre sí misma, le devolvió la cordura en el último segundo posible. Ella retrocedió, rompiendo el contacto físico, sintiendo que le arrancaban una capa de piel al hacerlo.
—No podemos, Adrián. Dijimos doce meses. Dijimos supervivencia.
Él dejó caer las manos a los costados, asintiendo lentamente, tragando el fuego de regreso a su pecho.
—Supervivencia. Claro.
La noche en Elyra acababa de empezar, y aunque no se habían besado, la línea se había cruzado. El campo magnético se había alterado irreparablemente. Al irse a dormir horas después, en la misma cama de la Villa Presidencial, el abismo de tres metros de colchón ya no era una barrera, sino una agonía.
La fractura estaba hecha, y solo era cuestión de tiempo para que todo el muro se derrumbara sobre ellos.
