El regreso a Avelmont el domingo por la tarde fue drásticamente diferente al viaje de ida. La hostilidad se había evaporado, reemplazada por una tensión tan espesa que empañaba los cristales del auto.
Lo que había sucedido en la pequeña habitación de Liria, bajo las pesadas mantas de lana, había cruzado todas las líneas rojas del contrato. Habían destrozado la Regla Número Uno y la Regla Número Tres en una sola noche, entregándose a una pasión desbordada que no tenía nada de fingida ni de comercial.
Cuando el ascensor los dejó en el penthouse de la Torre Valmont, la realidad de la capital los golpeó como una ráfaga helada.
El secretario ejecutivo de Adrián estaba esperándolos en el salón principal, pálido y con una carpeta de cuero negro apretada contra el pecho.
—Señor Valmont —saludó el asistente, visiblemente nervioso por la intrusión de fin de semana—. Le pido mil disculpas por esperarlo en su residencia, pero intenté comunicarme con su teléfono satelital durante veinticuatro horas.
Adrián cambió su postura de inmediato. La coraza del CEO volvió a instalarse en su rostro, tensando cada músculo. Dejó las llaves sobre la isla de la cocina.
—Estaba fuera de cobertura en los Montes de Arven, Marcos. ¿Qué es tan urgente que no puede esperar a las ocho de la mañana del lunes?
Marcos miró de reojo a Elena, dudando si hablar frente a ella.
—Hablá, Marcos. Mi esposa no es un secreto de estado.
El secretario tragó saliva y extendió la carpeta.
—Es su primo, señor. Damián convocó una asamblea extraordinaria de accionistas para este miércoles. Presentó una moción formal para revisar las auditorías de sus empresas subsidiarias. Pero eso no es lo peor.
—Ve al grano.
—Damián contrató a una firma de investigadores privados. Estuvieron haciendo preguntas en Liria todo el fin de semana. Específicamente sobre el pasado de la familia Veyra.
El ambiente en el penthouse se congeló.
Elena sintió que el estómago se le hundía. Damián había cumplido su amenaza de la cena. Había olido sangre y estaba rastreando a su presa.
Adrián tomó la carpeta de manos de Marcos con un movimiento brusco, hojeando los documentos. Su expresión era ilegible, pero la fuerza con la que apretaba el papel delataba su furia.
—¿Qué están buscando exactamente? —preguntó Adrián, con la voz mortalmente calmada.
—Buscan probar que el matrimonio es una fachada financiera, señor. Damián está convencido de que usted le pagó las deudas a la señorita Veyra a cambio del anillo para asegurar el fideicomiso. Si logra presentar pruebas concluyentes de la transacción ante la junta, el directorio anulará sus derechos de sucesión por fraude estatutario.
Adrián cerró la carpeta de golpe.
—Retírate, Marcos. Yo me encargo de mi primo mañana a primera hora.
El secretario asintió rápidamente y se marchó por el ascensor, huyendo de la explosión inminente.
Cuando las puertas se cerraron, el silencio se apoderó de la sala.
Elena caminó hacia los ventanales, mirando la ciudad iluminada a sus pies. El sueño de Liria había terminado. Volvían a estar en la guerra.
—Te lo advertí en la cena de compromiso —dijo Adrián, acercándose a ella por la espalda—. Damián no se va a detener hasta encontrar la fisura.
Elena se cruzó de brazos, sintiendo un escalofrío.
—Dejalo que investigue. No va a encontrar nada que lo ayude. Firmamos un contrato privado, no hay copias públicas, y el pago de la hipoteca se hizo a través de tres bancos distintos para ocultar el rastro. Es la palabra de él contra la nuestra.
Adrián se detuvo justo detrás de ella, sin tocarla.
—Damián no necesita encontrar el contrato físico, Elena. Solo necesita encontrar la conexión histórica entre nuestras familias para argumentar que esto es una farsa motivada por la culpa o la extorsión.
Elena se giró lentamente, frunciendo el ceño.
—¿La conexión histórica? ¿A qué te referís? Damián insinuó en la piscina de Elyra que la quiebra de mi padre no fue un error, sino un sabotaje. Yo asumí que solo intentaba asustarme.
Adrián sostuvo su mirada. La mentira por omisión que había callado la noche anterior en Liria ahora le quemaba la garganta como ácido. Debía decirle la verdad. Debía confesar que el Grupo Valmont había destruido a Alejandro Veyra, antes de que Damián lo usara como arma para separarlos.
Pero justo cuando abrió la boca para hablar, para romper la última barrera entre ellos, el teléfono de seguridad del penthouse sonó, interrumpiendo la confesión.
Era la recepción del edificio.
Adrián contestó con irritación.
—¿Qué sucede?
La voz del guardia de seguridad sonó metálica por el altavoz.
—*Señor Valmont. Su padre, el señor Gabriel, acaba de ingresar al edificio. Exige subir de inmediato.*
Adrián miró a Elena. Los fantasmas del pasado no solo estaban investigando; acababan de golpear a su puerta.
—El asedio acaba de empezar —murmuró él, colgando el auricular. La guerra corporativa había entrado oficialmente en su propio hogar, y esta vez, el daño colateral iba a ser devastador.
